🎧Playground (from the series Arcane League of Legends) - Beatles Miller, Arcane, League of Legends.
Arek.
La advertencia de Nicole resonaba en mi mente mientras observaba el salón principal transformarse para el festival. "Los que coleccionan almas jóvenes..." Cada estudiante que pasaba, cada risa, cada mirada inocente. ¿Cuántos eran vulnerables? ¿Cuántos estaban a un paso de convertirse en "coleccionables"?
Mi equipo había comenzado su trabajo en silencio. Claude y Luther se reunían después de clases, sus cabezas juntas sobre pantallas y documentos. Elián analizaba datos con esa intensidad cerebral que lo caracterizaba. Rowena... Rowena trabajaba, pero mantenía esa distancia cuidadosa. Era una colaboración profesional, nada más. Y quizás era mejor así.
Una semana después de mi infiltración en el club, los primeros hallazgos llegaron.
Claude me encontró en la biblioteca, su "cara de malo" más marcada que nunca.
—Las finanzas—dijo sin preámbulos, abriendo su carpeta—. Hay un patrón. Tres donaciones anuales a Aurora desde la "Fundación Fenix". Siempre la misma cantidad: cincuenta mil dólares. Siempre la misma fecha: el quince de octubre.
—¿Y?—pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—El diez de abril de este año—continuó Claude, sus dedos señalando la fecha en el documento.
—Fue dos días después de que Elisa Sevilla cambiara a modalidad virtual. Desapareció, esencialmente.
El aire en la biblioteca pareció volverse más frío.
—¿Qué más?
—La fundación—intervino Luther desde su laptop— es un cascarón. Oficina virtual en las Islas Caimán. Directores fantasmas. Pero el dinero... el dinero viene de cuentas que eventualmente se rastrean a holdings en Europa. Holdings con... conexiones cuestionables.
—"Coleccionistas"—murmuré, recordando las palabras de Nicole.
Claude asintió.
—Parece que tu padre no es el único financiando esta escuela. Y estos otros patrocinadores parecen tener... intereses específicos.
Elián llegó con sus propios hallazgos. Sus datos siempre venían con gráficos y porcentajes, pero hoy, hasta sus estadísticas parecían siniestras.
—Deserciones no explicadas—anunció, mostrando una tablet—. Promedio de tres punto dos estudiantes por año en los últimos cinco años. Todos con perfiles similares: alto potencial artístico o académico, situaciones familiares disfuncionales, crisis personales documentadas.
Hizo una pausa.
—Elisa Sevilla encaja perfectamente en el perfil.
—¿Adónde van?—pregunté.
—Esa es la pregunta —respondió Elián—. Oficialmente, transferencias a otras escuelas, programas especiales en el extranjero, educación en casa... pero cuando buscas corroboración, encuentras silencio. Direcciones que no existen. Números de teléfono desconectados.
Rowena fue la última en reportar. La encontré en el taller de arte, cubierta de pintura, trabajando en el mural central. Su obra era desgarradoramente hermosa, árboles desnudos contra un cielo crepuscular, pero en las ramas, si mirabas con atención, había siluetas casi imperceptibles de figuras humanas atrapadas.
—Hablé con gente—dijo sin mirarme, aplicando pinceladas precisas de color ocre—. Artistas, músicos, poetas. El mundo subterráneo.
Hizo una pausa, limpiando su pincel.
—Hay rumores. Casas para "jóvenes talentos en crisis". Programas de "patrocinio" para artistas prometedores. Suenan bien. Demasiado bien.
—¿Dónde?—pregunté.
—No lugares específicos. Más bien... redes. Personas que conocen a personas. Un pintor que desapareció por seis meses y volvió con un estilo completamente nuevo, pero los ojos vacíos. Una cantante que perdió su voz después de un "retiro de perfeccionamiento".
Finalmente me miró.
—Tu madre, Arek. Era mecenas de artistas, ¿verdad?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí. Antes de... antes. Tenía un fondo para jóvenes artistas. Tengo algunos recuerdos cuando era niño.
—¿Y después de su muerte?
—El fondo se disolvió. Mi padre... no continuó con sus proyectos.
Rowena asintió lentamente.
—Quizás alguien más sí.
Benjamín se convirtió en una presencia constante pero discreta. Ya no con esa sonrisa de depredador, sino con la calma alerta de un observador que sabe demasiado. Un día me encontró revisando los planos de seguridad del festival.
—Vas por buen camino—dijo, sus ojos grises escaneando los diagramas—. Pero te faltan piezas.
—¿Y tú las tienes? —pregunté, sin dejar de mirar los planos.
—Algunas. Mi primo James... hizo preguntas. Demasiadas. Sobre ciertas "donaciones" familiares. Sobre "favores" que mi padre concedía a ciertos... clientes. James creía que podía salvar a alguien de ese mundo. Casi lo logra.
—¿A quién?—pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—A Valeria. Su familia tenía deudas con los nuestros. Mi padre ofreció... arreglos alternativos. James se interpuso.
Benjamín miró hacia el pasillo vacío.
—Por eso mi padre lo envió lejos. No solo por el desorden en la escuela. Porque empezaba a tener principios. Y en nuestra línea de trabajo, los principios son un lujo mortal.
—¿Y tú? —pregunté, mirándolo directamente—. ¿Tienes principios?
—Tengo interés en sobrevivir—respondió—. Y en este momento, sobrevivir significa asegurarse de que lo que sea que esté pasando aquí no explote y me lleve a mí con todo. Por eso te ayudo.
Era pragmatismo puro. Quizás el único tipo de alianza en la que podía confiar.
El festival se acercaba, y con él, la presión de mi padre aumentaba. Me convocó a su estudio dos días antes del evento. Nicole estaba allí también, sentada discretamente en un rincón, tejiendo algo que nunca terminaba.
—El festival—dijo mi padre sin preámbulos— es más que un evento escolar. Es una demostración. De organización. De control. De... presentabilidad.
—Lo sé—respondí—. Está todo bajo control.
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Editado: 16.01.2026