Un recuerdo de la primavera

Capítulo 18: El Festival de las máscaras

🎧All the Good Girls Go to Hell – Billie Eilish

Arek.

La mañana del festival amaneció con un cielo gris perla que prometía lluvia. Un otoño perfecto, pensé mientras me vestía con el traje que mi padre había aprobado: azul marino, corte impecable, lo suficientemente conservador para proyectar seriedad, lo suficientemente caro para recordar a todos quién era. O quién se suponía que era.

Al llegar a Aurora dos horas antes de la apertura, encontré a Rowena dormida junto a su mural terminado. Estaba acurrucada en un saco de dormir, manchas de pintura seca en sus mejillas. Algo en su postura vulnerable, defendiendo su obra incluso en sueños, me hizo detenerme. No la desperté. En su lugar, examiné el mural bajo la luz gris del amanecer.

Las figuras atrapadas en los árboles ahora eran claramente humanas, sus siluetas formando líneas que convergían hacia el árbol central vacío. Como caminos. O flechas. Rowena había descubierto algo sin saberlo, un mapa en código artístico. Tomé una foto discreta para Luther.

—¿Admirando el arte o al artista?

Me volví. Selene estaba en la puerta, impecable en un vestido verde oscuro que hacía que sus ojos parecieran esmeraldas.

—Verificando que todo esté listo—respondí.

—Mentiroso —sonrió—. Estás preocupado. Bueno. Eso significa que estás vivo.

Para las cinco de la tarde, Aurora se había transformado. El salón principal era un bosque otoñal artificial: hojas secas cubrían el suelo, luces cálidas proyectaban sombras de ramas en las paredes, y el olor a canela y manzana horneada cubría otros aromas menos poéticos. Pero bajo la fachada artística, los verdaderos colores del festival empezaban a mostrarse.

En los rincones más oscuros, cerca de las salidas de emergencia, vi los primeros frascos de licor pasar de mano en mano. En el baño de hombres, el olor dulzón de la marihuana se filtraba bajo la puerta. Y en la pista de baile, los cuerpos se movían con una libertad que solo el alcohol temprano y la promesa de anonimato en la multitud podían dar.

Claude, con Claris a su lado, monitoreaba la entrada con expresión de desaprobación profesional. Cuando me acerqué, arqueó una ceja.

—Conté tres menores con evidente intoxicación etílica en los primeros cuarenta minutos—dijo—. Y eso solo los evidentes.

—Es un festival, Claude—respondí—. No un seminario.

—Es un riesgo calculado que preferiría no calcular—replicó, pero una sonrisa casi imperceptible jugueteaba en sus labios cuando Claris le tomó la mano.

Vi a Dayna atravesando la multitud, radiante en un vestido que parecía hecho de otoño mismo. No estaba sola. Alan Díaz caminaba a su lado tomados de la mano, su usual torpeza transformada en una especie de encanto nervioso. Llevaba un traje que claramente no era suyo, las mangas le quedaban un poco cortas, pero cuando Dayna se rió de algo que dijo, él se iluminó de una manera que me tomó por sorpresa. No era la sonrisa calculada de Elián o la seguridad fría de Benjamín. Era genuina, desarmada. Y de repente un beso lleno de amor puro y verdadero los llenó, de cierta forma me sentía vacío porque sabía que nunca sentiría esa chispa.

—Parece que la sinergia social está funcionando—comentó Elián, apareciendo a mi lado con una copa de jugo de manzana—. Dayna y Alan muestran una compatibilidad del ochenta y seis por ciento en intereses y valores. Estadísticamente, tienen altas probabilidades de no solo ser novios sino que...

—Déjalos ser, Elián—lo interrumpí—. No todo necesita un porcentaje.

Él pareció considerar esto, luego asintió.

—Quizás tengas razón. Rowena dice que el arte no puede cuantificarse. Tal vez algunas... conexiones humanas tampoco.

Hablando de Rowena, la vi cerca del mural, hablando con un hombre que no reconocía. Alto, de cabello plateado cuidadosamente desarreglado, vestido con una elegancia que gritaba dinero viejo. Selene se deslizó a mi lado.

—Alexander Vance—susurró—. Coleccionista. De arte, vinos, y según mis fuentes, experiencias. Tiene una galería privada en Suiza. Solo invita personal.

—¿Qué quiere con Rowena?

—Su talento—respondió Selene—. O ella. A veces es difícil distinguir.

Me acerqué lo suficiente para escuchar.

—... tu uso del espacio negativo es excepcional—decía Vance—. Ese árbol vacío en el centro. No es ausencia. Es expectativa. Como si estuvieras esperando a que algo lo llene.

—O a que alguien se libere—respondió Rowena, su voz más firme de lo que esperaba.

Vance sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos azules pálidos.

—Exactamente. Ese tipo de visión... es raro. Valioso. Yo patrocino a jóvenes artistas con perspectivas únicas. Un año en mi residencia en Zurich, tutelaje personal, exposición en circuitos donde importa.

—Suena... generoso.

—El verdadero talento merece verdaderos recursos—dijo Vance, extendiendo una tarjeta de negocios que parecía hecha de algo más pesado que el papel—. Piensa en ello. Pero no pienses demasiado. Las oportunidades como estas... son como las hojas en otoño. Caen, y si no las atrapas, se desintegran.

Se alejó, fusionándose con la multitud. Rowena miró la tarjeta, luego me vio. Sus ojos decían todo: esto era lo que habíamos estado buscando. Un coleccionista. Aquí. Ahora.

Mi teléfono vibró. Luther.

"Los feeds están activos. Marcando objetivos. Sala de control. Ahora."

Encontré a Luther en un closet convertido en centro de operaciones improvisado. Tres pantallas mostraban las tomas de las cámaras ocultas. En cada una, algoritmos marcaban rostros con cuadros verdes, amarillos o rojos.

—Verde: bajo riesgo—explicó Luther—. Amarillo: factores de vulnerabilidad presentes. Rojo objetivo ideal.

Señaló una pantalla donde Valeria aparecía con un marco rojo brillante.

Valeria estaba cerca del bar de ponche, hablando con un hombre de traje gris. No era estudiante. Ni profesor. Luther amplió la imagen.




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