Un recuerdo de la primavera

Capítulo 19: La disciplina del heredero.

🎧Bottom of the Deep Blue Sea – MISSIO

Arek.

El silencio no era la ausencia de sonido. Era una presencia física, espesa como el alquitrán, que llenaba cada rincón de la mansión y pesaba sobre mis tímpanos. Lo sentí en el instante en que crucé el umbral, dejando atrás el mundo exterior con su aire frío de noviembre. La casa estaba muerta. No se oía el runrún lejano de la televisión de los gemelos, ni el susurro de los sirvientes en la cocina. Nada. Sólo este silencio de cripta, de lugar donde algo ha sido sacrificado.

Carson, el mayordomo, me esperaba en el vestíbulo de mármol. Su rostro, siempre una máscara perfecta de deferencia profesional, mostraba una grieta apenas visible: un parpadeo demasiado lento, un leve apretón en la comisura de los labios. No me dio los buenos días. Sólo inclinó la cabeza, y en sus ojos cansados vi algo que nunca había visto antes: lástima.

—Su padre lo espera en el estudio—dijo, su voz un susurro rasposo—. Inmediatamente.

No asentí. No hacía falta. Conocía este frío en la boca del estómago, este vacío que precedía al trueno. Lo había sentido de niño, de adolescente. Era la calma previa a la tormenta de su descontento. Pero esta vez era distinto. La escala había cambiado. No se trataba de una nota mediocre o de una falta de respeto percibida. Había tocado los hilos de una red que ni siquiera entendía del todo, había desafiado el orden inmutable de su universo. Y Albert Ríos no perdonaba las transgresiones cosmológicas.

El aire del estudio olía a cuero viejo y a algo nuevo, metálico y limpio, como el alcohol de los dispensarios del hospital

El aire del estudio olía a cuero viejo y a algo nuevo, metálico y limpio, como el alcohol de los dispensarios del hospital. No había olor a brandy. Mi padre no estaba de espaldas, contemplando sus jardines nocturnos. Estaba sentado tras el inmenso escritorio de roble, iluminado solo por el círculo ámbar de la lámpara de lectura. La luz tallaba su rostro, convirtiendo sus ojos, esos ojos grises que eran un espejo maldito de los míos, en cuencas oscuras y vacías. Sobre sus rodillas, descansando con una familiaridad obscena, había un objeto largo y delgado, envuelto en un paño de lana negra.

Me detuve en el centro de la habitación, sintiendo el dibujo intrincado de la alfombra persa bajo mis suelas. Las palabras eran munición desperdiciada aquí. Sólo servían para darle más razones.

Él alzó la mirada lentamente, como si levantar los párpados le costara un esfuerzo físico. No había ira en su rostro. Sólo una decepción infinita, fría como el mármol del vestíbulo.

—Has estado muy ocupado, Arek—comenzó, su voz un rumor suave que cortaba el aire mejor que un grito—. Mientras yo aseguro los cimientos de todo lo que eres, tú juegas al detective. Al justiciero de baratillo.

Apreté la mandíbula hasta que me dolió. Cualquier defensa sería un error táctico. Esto no era un debate. Era un juicio sumario.

—Desestabilizaste una operación de recolección que llevaba meses de planificación—continuó, desglosando mis crímenes como un fiscal ante un jurado ya convencido—. Dos unidades con valor potencial, listas para una transición controlada hacia su utilidad máxima, fueron recuperadas por tu… teatralidad adolescente. El costo es incalculable.

Un hervor de rabia me subió desde el estómago. "Unidades". Maya y Theo. Se llamaban Maya y Theo.

—Asustaste a un cliente de alto valor—prosiguió, deslizando un dedo sobre la tela negra—. Vincent Vance no colecciona sellos, hijo. Es un hombre cuyos caprichos financian realidades. Tu espectáculo en el festival le recordó que la discreción es un bien perecedero. Ahora duda de la solidez de esta institución, y por extensión, de mi palabra.

Lo peor vino después. Lo dijo con una calma tan absoluta que cada palabra fue un clavo en el ataúd de los pocos buenos recuerdos que me quedaban de ella.

—Pero sobre todo—inclinó la cabeza, un gesto casi académico—, expusiste tu conocimiento. Y al hacerlo, expusiste el mío. Eras una pieza discreta, Arek. Un peón con proyección. Ahora eres un foco. Has dirigido la atención de entidades para las que ni los Morgan son más que socios menores. Te has convertido en un riesgo. En un pasivo.

Dejó que la palabra "pasivo" flotara en el aire cargado, se instalara en mis poros. Luego, sus ojos, esos ojos que eran los míos en treinta años, se endurecieron como pedernal.

—Tu madre, con toda su… flaqueza sentimental, al menos comprendía una verdad elemental: a veces, para salvar el jardín, hay que podar las rosas. Incluso las más prometedoras. Parece que heredaste su sentimentalismo, pero no su discreción. O su inteligencia.

El nombre de mi madre, usado como arma, como ejemplo de lo que no debía ser, me atravesó el pecho con más fuerza que cualquier golpe. Un temblor incontrolable me recorrió las manos. Las apreté contra los costados, clavando las uñas en las palmas.

Albert se levantó. Su movimiento fue fluido, poderoso, el de un depredador que no necesita apresurarse. El objeto envuelto ahora colgaba, inocente y ominoso, de su mano derecha.

—Quítate la chaqueta y la camisa—ordenó. Su tono no había cambiado; era el de un cirujano indicando los instrumentos—. Arrodíllate junto al sofá.

Era el ritual. Lo conocía. Lo temía. Había pasado por él antes, pero nunca con este peso, nunca con esta certeza de que no era un castigo, sino una reafirmación de jerarquía absoluta. Con movimientos torpes, los dedos entumecidos por el miedo y una rabia que me ahogaba, me desabroché la chaqueta del uniforme y la dejé caer al suelo. Los botones de la camisa blanca se resistieron; uno salió despedido y rodó sobre la alfombra silenciosa, un pequeño acto de rebeldía inútil. Finalmente, la camisa se amontonó sobre la chaqueta. El aire frío del estudio me erizó la piel del torso. Me arrodillé junto al sofá de cuero, de cara al respaldo. Apoyé los antebrazos en el asiento, hundí la cara en el hueco de mi brazo. Respiré hondo, el olor a cuero viejo llenándome los pulmones.




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