🎧In the Woods Somewhere – Hozier
Arek.
El primer día de diciembre amaneció con una helada que escarchó los cristales de mi ventana, dibujando paisajes efímeros y frágiles. Me vestí con un traje sencillo, no era formal pero tampoco llegaba a ser informal. Los movimientos aún rígidos, la memoria del dolor en mi espalda convertida en un eco sordo, un recordatorio perpetuo de los límites que mi padre había redefinido con vara y fuego. El espejo me devolvió la imagen de un extraño: más delgado, palidez de enclaustramiento, ojos que habían perdido el último vestigio de la arrogancia escolar y ahora solo reflejaban una vigilancia plana, de animal acosado. Ya no era el rey de Aurora. Era un espectro al que se le permitía caminar entre los vivos, bajo condiciones estrictas.
Carson condujo en silencio. El trayecto a la escuela fue un túnel gris. Al cruzar las puertas de Aurora, el aire cambió. No era el aire cargado de desafíos y rumores que conocía. Era un aire de… suspensión. Como si el mundo hubiera seguido girando en mi ausencia, pero dejando un vacío con mi forma, y ahora ese molde hueco se rellenaba con mi regreso, incómodo, discordante.
La primera parada fue la oficina del director. Una reunión breve, cargada de ficciones educadas.
—Ríos—dijo el director, sin levantarse de su silla—. Nos complace verlo recuperado. La mononucleosis puede ser… debilitante. Esperamos que retome sus actividades con la diligencia habitual. El consejo estudiantil ha funcionado adecuadamente en su ausencia.
Mononucleosis. La versión oficial. Un telón de humosa clínica para tapar el encierro, el látigo, la humillación. Asentí.
—Gracias, director. Estoy listo para reintegrarme.
Al salir al pasillo principal, sentí las primeras miradas. No eran las miradas de antes de desafío, envidia o miedo reverencial. Eran miradas de reconocimiento de un fenómeno. Un rumor hecho carne. ¿Viste? Volvió. Dicen que estuvo en un sanatorio suizo. Dicen que tuvo una crisis. Dicen que su padre lo mandó lejos por algo grave. Los susurros eran como insectos a mis espaldas. Yo no era el tirano; era el espectro impredecible, y eso, en cierto modo, infundía un temor más profundo.
Fue entonces cuando la vi acercarse. Selene. Llevaba un suéter de cuello alto color vino, y su rostro, normalmente imperturbable, mostraba las huellas de una tensión contenida. Sus ojos buscaron los míos, y en ellos vi un alivio rápido, seguido de algo más complejo: culpa, temor, una súplica silenciosa.
—Arek—dijo, su voz más suave de lo habitual—. Me alegro de verte. De verdad.
Me detuve, pero no la miré directamente. Contemplé un cartel en la pared que anunciaba un torneo de debate.
—Selene—respondí, el nombre salió frío y plano de mis labios.
—Tenemos que habla —insistió, bajando la voz—. Lo que pasó… no fue como crees. Todo lo que hice…
—Lo que hiciste—la interrumpí, volviéndome por fin hacia ella—. Fue trazar una línea muy clara, Selene. Entre mi confianza y tu lealtad a mi padre. Entre lo que creí que era nuestra… complicidad, y la realidad de ser su informante. No hay “nosotros" que debatir. Considera que estás del otro lado de esa línea. Definitivamente.
Palideció. Un temblor casi imperceptible le recorrió el labio inferior. La había visto fría, calculadora, protectora, incluso peligrosa. Pero nunca la había visto herida. Fue un espectáculo breve. Su máscara se recomponió, el acero volvió a sus ojos, pero ahora teñido de algo nuevo: una determinación fría y resentida.
—Como quieras, Arek—dijo, enderezándose—. Pero los enemigos que tienes ahora son mucho peores que yo. Y cuando te des cuenta, espero que no sea demasiado tarde para pedir ayuda.
Se dio la vuelta y se marchó, dejando un rastro de su perfume caro y un vacío extraño donde antes había una certeza, por tóxica que fuera. La había quemado. Era necesario. Pero el fuego también deja cenizas.
El verdadero trabajo comenzó al día siguiente. Luther me había dejado una nota en mi casillero, cifrada con un código de reemplazo de números por letras que solo nosotros dos conocíamos: "Archivos. 16:30. Trae el oído."
A la hora señalada, me deslicé hacia la sección de archivos viejos de la biblioteca, un laberinto de estanterías polvorientas. Allí, entre montañas de anuarios escolares olvidados, estaban Claude, Luther y, para mi sorpresa, Benjamín. Claude, con su "cara de malo" más profesional que nunca, me lanzó una mirada de advertencia. Luther, absorto en su tablet, ni siquiera alzó la vista. Benjamín, apoyado contra una estantería, parecía tan fuera de lugar como un zorro en un corral de gallinas, pero su expresión era de una calma vigilante.
—Tuve que venderle mi alma a Claude para que me dejara venir—dijo Benjamín, con su media sonrisa de depredador—. O al menos, prometerle un análisis de los flujos de caja oscuros de la banda de jazz del año pasado. Tu contable es… persuasivo.
—Necesitábamos su perspectiva—aclaró Claude, ajustándose las gafas—. Tiene información que nosotros, en nuestro limitado mundo de estudiantes ejemplares, no podemos obtener. El riesgo es alto, pero el valor también.
Luther tomó la palabra, su voz un murmullo eficiente.
—Estado de la situación. Primero: Rowena. Elián Reyes ha implementado una estrategia de aislamiento social protector. La tiene involucrada en tres proyectos artísticos colaborativos, todos con plazos ajustados y supervisión constante. Ha creado una burbuja a su alrededor. Está a salvo, pero no feliz.
Rowena, a salvo. Un peso menor se alivió en mi conciencia.
—Segundo: Valeria Molina. Su situación es estable pero precaria. James Morgan mantiene contacto discreto. La deuda familiar con los intereses de mi padre.
Benjamín aclaró el «mi padre» con un gesto desdeñoso.
—Está en punto muerto. James la está protegiendo, pero es una tregua frágil.
—Tercero: los datos del pendrive de Santino—continuó Luther, acercando la tablet—. «El Invernadero» no es una ubicación geográfica. Es un protocolo. Fase dos del proceso: aclimatación y poda psicológica. Donde se eliminan los vínculos con el pasado y se… cultiva la obediencia. Creemos que hay varios nodos que ejecutan este protocolo, dispersos.
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Editado: 16.01.2026