🎧Numb – Meg Myers
Arek.
Los días del 11 al 19 de diciembre se desplegaron ante mí como un estrecho pasillo oscuro, al final del cual brillaba, no una salida, sino la fría luz de los candelabros de la mansión Volkov. Cada día era un peldaño más hacia ese escenario, un entrenamiento silencioso para una obra cuyo guión solo conocía en parte.
El 11 de diciembre, Luther me citó en el taller de tecnología después de clases, un lugar que olía a metal caliente y a soldadura. Claude ya estaba allí, su expresión más adusta de lo habitual. Luther, sin preámbulos, abrió una pequeña caja de herramientas de precisión y extrajo lo que parecía un botón de camisa de esmoquin corriente, de nácar negro.
—El “Fénix”—anunció, colocándolo con pinzas sobre un paño de gamuza—. Grabador de estado sólido. Alcance efectivo de cinco metros si no hay interferencias metálicas masivas. Capacidad: diez minutos de audio de alta fidelidad. Se activa con presión sostenida de dos segundos aquí s
Señaló un punto casi invisible en el borde.
—Una luz LED minúscula, solo visible desde ángulos extremos, parpadeará en rojo cuando grabe, en verde cuando esté en espera.
Claude tomó la palabra, su voz el sonido de la razón pura enfrentada al absurdo.
—El factor de riesgo más alto es la activación accidental o la detección. Para lo primero, práctica. Para lo segundo…
Hizo una pausa, mirándome directamente.
—El dispositivo tiene dos contramedidas. Primera: un escudo de aleación que lo hace opaco a escáneres de metales no militares. Parecerá solo un botón. Segunda: si detecta un escáner de frecuencias dirigido o un intento de apertura forzada, se autodestruye. Una pequeña celda química lo chamusca por dentro, dejando solo carbón y plástico fundido. Inutilizable y no rastreable.
—Y si todo sale mal—añadió Luther, con una calma siniestra—. Hay un transmisor GPS de un solo uso. Si presionas el botón dos veces rápidamente, envía una señal de coordenadas a un servidor que he preparado. Es… tu último recurso. Tu botón de pánico.
Tomé el botón. Pesaba menos de lo esperado. Un objeto tan pequeño, destinado a contener voces que podían confirmar un infierno.
—¿Cómo lo llevo?
—Es un reemplazo—dijo Luther—. Esta noche, en tu casa, cambiarás el botón inferior de la camisa de esmoquin por este. El más cercano al cinturón. Es una posición natural para apoyar una mano, para “pensar”. La activación debe parecer un gesto nervioso, no una acción deliberada.
El 12 de diciembre, en un aula de música vacía durante la hora del almuerzo, realizamos un simulacro. Claude hizo de Vance, desplegando una solemnidad tan exagerada que resultaba cómica y aterradora a la vez. Luther, desde un rincón con una tablet, monitoreaba una réplica del «Fénix» conectada a sus auriculares.
—”La textura del óleo sobre el lienzo del siglo XVII, querido muchacho, no es solo pintura; es tiempo solidificado”—declamó Claude, imitando la voz melosa de Vance.
Yo, de pie, debía escuchar, asentir, y en un momento dado, activar el dispositivo. El gesto, llevar la mano al bajo vientre, los dedos rozando el botón, presionar ligeramente mientras fingía considerar sus palabras, me resultó torpe, falso.
—Muy forzado—criticó Luther, sin mirarme—. Tus hombros se tensan medio centímetro. En una sala llena de depredadores, ese medio centímetro es un grito.
Practicamos hasta que el movimiento se volvió automático, un tic aprendido. Hasta que el gesto de activar una grabación que podía costarme todo se sintió tan mundano como ajustarme el nudo de la corbata.
Esa tarde, Benjamín nos encontró en la biblioteca. Sin saludar, deslizó un papel doblado hacia mí. Era una fotocopia de una hoja de membrete elegante. La lista.
—La lista de la “reunión de apreciación”—dijo, su voz baja—. Mi padre la dejó sobre su escritorio. Un descuido calculado, estoy seguro. Para probarme o tentarme.
Mis ojos recorrieron los nombres. Vance. Francis Morgan. Luego, dos nuevos: Genevieve von Hausen, Baronesa de Salzburg. Y Kaito Tanaka, CEO de Synex Dynamics. Notas al margen, en la letra pulcra de Benjamín, añadían lo que sabía: “Coleccionista de jóvenes virtuosos del violín y el piano” y “Intereses en biotecnología y neuro-estética. Patrocina ‘retiros’ para talentos prodigio”.
No eran hombres de negocios. Eran custodios de talentos humanos. La confirmación me dejó la boca seca.
—Tu entrada está asegurada—dijo Benjamín—. Pero la reunión privada es a puerta cerrada, con guardias discretos. No puedes irrumpir. Solo puedes entrar si eres invitado expresamente. Y para eso, necesitas impresionar a Vance antes de la medianoche.
El 13 de diciembre, la presión tomó un rostro familiar. Isabella Rossi me encontró junto a los casilleros, sus manos entrelazando y destrenzando los extremos de su bufanda. Su sonrisa era tímida, esperanzada.
—Arek—dijo, y su voz tembló un poco—. Ya falta menos para la fiesta. Mi padre… mi padre dice que será muy formal. Pero habrá música. De cámara. Pensé… quizás, si no estás muy ocupado con tus obligaciones, podríamos…
No pudo terminar. Sus mejillas se sonrojaron. Me miraba con esa admiración transparente que me hacía sentir como un fraude viviente. La había usado. Había fingido un interés por el arte que, aunque no era completamente falso, había estado al servicio de un cálculo. Y ahora, su afecto genuino era un obstáculo más, una complicación emocional que no podía permitirme.
—Isabella—dije, y mi voz sonó más fría de lo que pretendía, la voz del Arek que era antes, el de la eficiencia cruel—. La fiesta será una sucesión de compromisos. Mi padre, el alcalde, los Volkov… estaremos ocupados. No será el lugar para… conversaciones privadas.
Vi cómo la luz se apagaba en sus ojos. Como un cristal que se empaña. Ella asintió, rápida, tragando saliva.
—Claro. Lo entiendo. Son… compromisos. —
Hizo una pausa, luchando por mantener la compostura.
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Editado: 16.01.2026