Un recuerdo de la primavera

Capítulo 22: Caída al vacio.

🎧Fine Line - Harry Styles

Arek.

El día había llegado. Con cada hora que pasaba mi corazón no paraba de latir sin control. El día parecía lento a comparación de estos últimos meses.

La llegada a un destino imposible habia comenzado. El aire dentro de la mansión Volkov olía a una mezcla sofocante: perfume caro, cera de abejas pulida, flores de invernadero y el aroma dulzón de la hipocresía. Cada cristal de la araña principal era un reflector que amplificaba la falsedad de cada sonrisa, cada apretón de manos. Yo me movía entre la multitud como un náufrago entre témpanos de hielo, el esmoquin una segunda piel que me constreñía, el botón "Fénix" contra mi estómago un recordatorio punzante de mi verdadero propósito allí.

Había saludado a Adeline Volkov, cuyo aplomo era tan perfecto que resultaba inquietante. Había intercambiado unas palabras tensas con Benjamín el primo de James, y a su lado James morgan quien estaba a la sombra de su padre, Francis Morgan. El hombre era una versión más antigua y gastada de James, con la misma frialdad pero sin el destello de conflicto que a veces asomaba en los ojos de su hijo. Su mirada me evaluó, me catalogó y me archivó en menos de tres segundos. Un rival neutralizado, un chico jugando a la guerra. Me desechó mentalmente y volvió a su conversación.

Vincent Vance, desde el otro lado de la sala, era el único que no me desestimaba. Sus ojos azules pálidos me seguían entre la multitud, no con amenaza, sino con la curiosidad aviesa de un coleccionista que ve un ejemplar raro pero dañado, preguntándose si vale la pena el esfuerzo de restaurarlo.

La música de cuerda sonaba, elegante y vacía. Me serví una copa de champán que no tocaría. Isabella Rossi estaba a unos metros, rodeada de otras hijas de la élite. Lucía un vestido azul pálido y parecía una flor temblorosa en un invernadero. Nuestras miradas se encontraron brevemente. En sus ojos había nerviosismo, una esperanza tímida y un miedo evidente. Me aparté. Era cruel, pero cada interacción era un riesgo, un gasto de energía que necesitaba conservar.

Fue entonces cuando el alcalde Rossi, con el rostro sonrosado por el alcohol y la vanidad satisfecha, subió al pequeño podio junto a la chimenea monumental. Golpeó su copa con una cuchara. La conversación decayó a un murmullo educado.

—Queridos amigos—comenzó, su voz un trueno amable—, En esta noche de unión y celebración, no puedo sino pensar en el futuro que estamos construyendo juntos para nuestra maravillosa ciudad. Un futuro de progreso, de alianzas sólidas… y de familias fuertes.

Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura de la sala. Mi padre, de pie cerca del podio, asentía con una sonrisa serena, sus manos cruzadas tras la espalda. La mirada que me lanzó fue una orden silenciosa: «Párate derecho. Sonríe.»

—Y qué mejor símbolo de esa unión—prosiguió el alcalde, hinchándose como un pavo real—. Que el vínculo entre las próximas generaciones. Es con un corazón lleno de alegría y con la bendición de mi gran amigo Albert, que me complace anunciar, ante todos ustedes, testigos de nuestra comunidad… el compromiso de mi dulce hija, Isabella…

El tiempo se ralentizó. Vi la boca del alcalde moviéndose, las palabras formándose en el aire como cristales venenosos. Vi a Isabella llevarse una mano a la boca, sus ojos abriéndose con sorpresa y una chispa de esperanza perdida. Vi las sonrisas congeladas de los invitados, los ojos que se volvían hacia mí, calculando, aprobando, codiciando.

—… con el prometedor heredero de los Ríos, Arek.

El aplauso estalló. Educado, mesurado, el aplauso de quienes ven una fusión de empresas, no de personas. Un murmullo de felicitaciones recorrió la sala. Albert se acercó al alcalde y le dio un apretón de hombro, una imagen de camaradería patriarcal. Isabella estaba siendo abrazada por su madre, su rostro rojo como el de un tomate pero aun lleno de confusión. Sus ojos me buscaron, y en ellos solo vi pánico y una súplica muda: «Esto no fue idea mía. Lo siento.»

Me quedé petrificado. No era la idea de estar con Isabella lo que me paralizaba. Era la evidencia absoluta, pública, irrevocable, de que mi vida no era mía. Mi padre no solo podía castigarme, aislarme, amenazar a los que amaba. Podía venderme. Podía firmar mi futuro en un brindis, canjear mi autonomía por una licitación municipal o un favor político. Yo era un activo en su balance, y acababa de ser negociado.

El aire se volvió irrespirable. El peso del esmoquin me aplastaba. El "Fénix" en mi estómago ardía como un hierro al rojo. Sentí una oleada de náusea, de claustrofobia pura. Necesitaba salir. Necesitaba…

Mi mirada, desesperada, barrió la sala. Y entonces los vi. Vincent Vance, con una inclinación de cabeza casi imperceptible, se separaba de un grupo. Francis Morgan hizo lo mismo. Los siguieron la baronesa de Salzburgo, con su porte de garza real, y Kaito Tanaka, el magnate asiático de mirada impasible. Un guardaespaldas discreto abrió una puerta disimulada en el panel de madera de la pared este. El grupo se deslizó a través de ella. La puerta se cerró.

La reunión privada. La subasta de almas. La razón por la que estaba allí.

El conflicto me desgarró por dentro. Ir. Era mi misión. Era la oportunidad de conseguir una prueba, de acercarme un paso a Elisa, de golpear el sistema que acababa de sellarme en un contrato nupcial. Quedarme. Significaba aceptar el papel de prometido, de hijo obediente, de pieza bien colocada en el tablero de mi padre.

La opción no era una opción. Quedarme era la muerte. Una muerte lenta, elegante, dorada, pero muerte al fin.

Sin una palabra, sin mirar a mi padre, a Isabella, a nadie, me di la vuelta. Caminé hacia la entrada principal, mis pasos firmes sobre el parqué bruñido. Oí un murmullo de sorpresa a mis espaldas. Tal vez alguien dijo mi nombre. No me detuve. El mayordomo, con expresión perpleja, abrió la pesada puerta de roble. La noche de diciembre me golpeó en el rostro, un látigo de aire gélido y puro que me limpió los pulmones del aire viciado de la fiesta.




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