Un recuerdo de la primavera

Capítulo 23: La deuda del precipicio.

🎧I Know the End – Phoebe Bridgers

Arek.

El tiempo se fracturó en el puente.

No eran segundos, eran latidos. Cada latido de mi corazón era un martillazo en mis sienes, un recordatorio de que el esfuerzo me desgarraba los músculos del hombro, del brazo, de la espalda ya marcada. Elisa colgaba de mi mano, un peso frágil y terrible sobre el río negro que lamía el aire helado unos metros más abajo. Su mano en la mía era de un frío cadavérico, y resbalaba, centímetro a centímetro, entre el sudor y el hielo.

—¡Suéltame!—su voz subía desde el abismo, no un grito, sino un susurro roto, cargado de una fatiga infinita—. Es lo único mío… el derecho a elegir el final.

La furia que me consumió no fue por ella. Fue por todo. Por el peso de la chaqueta de esmoquin, por el eco de los aplausos al anuncio de mi compromiso, por los ojos evaluadores de Vance, por la sombra de mi padre que incluso aquí, en este puente oxidado, me parecía sentir sobre el cuello.

—¡CÁLLATE!—rugí, y el sonido se me quebró en la garganta por el esfuerzo—. ¿Crees que tienes el monopolio del infierno?

Jadeé, buscando un mejor agarre en la barandilla de hierro que me quemaba las palmas a través de los guantes finos. Mi brazo temblaba de una manera aterradora.

—¡Acabo de vender mi futuro hace una hora!—escupí las palabras hacia la oscuridad, hacia ella—. Lo firmaron con champán y sonrisas. He vivido en una tumba de lujo desde que tengo memoria, respirando polvo y obediencia. ¿Y tú? ¿Tú saltas al primer abismo que se te presenta, como si fuera una salida digna?

Ella alzó la mirada. La luz de una farola lejana capturó sus ojos por un instante. No vi miedo. Vi un vacío tan absoluto, tan consumido, que por un segundo me paralizó. Era el mismo vacío que a veces veía en el espejo a las tres de la mañana. Pero en ella estaba hecho carne, era su única verdad. Y luego, en las profundidades de ese vacío, algo chispeó. No era esperanza. Era rabia. Una rabia antigua, familiar.

—El río—continué, jadeando, sintiendo cómo mi fuerza comenzaba a ceder—. Es la salida de los que se rinden. Y tú… tú que escribías sobre soles y cartas, que tenías el coraje de soñar en medio de todo tu desastre… eres demasiado testaruda para rendirte así.

Un sonido extraño subió desde abajo. Un sollozo seco, áspero, que sonó más a náusea que a llanto. La mano fría en la mía se movió. No para soltarse. Sus dedos, flacos y helados, se cerraron con una fuerza desesperada, convulsiva, alrededor de mi muñeca. No era un agarre fuerte, pero era deliberado. Era un no a la gravedad. Un no instintivo, animal, a la nada que había estado llamándola.

Con un gruñido que salió de lo más profundo de mi ser, usando el último resto de fuerza que me quedaba y el impulso de ese agarre renacido, tiré. No fue heroico. Fue violento, torpe. Ella chocó contra la barandilla, y entre los dos, forcejeando contra el entumecimiento y el pánico, logramos que su otro brazo se enganchara en el hierro. Durante unos segundos interminables, los dos estuvimos colgados de la barandilla, jadeando como bestias heridas. Luego, con un último esfuerzo conjunto que no fue planeado, simplemente sucedió, ella rodó sobre el borde y cayó pesadamente sobre la plataforma del puente, y yo me desplomé a su lado.

Nos quedamos allí, separados por menos de un metro, nuestras espaldas contra la fría barandilla, nuestros cuerpos sacudidos por temblores incontrolables. El aire helado me quemaba los pulmones. Mis manos, sin los guantes ahora, estaban en carne viva. A mi lado, Elisa respiraba con un sonido áspero y entrecortado, abrazándose a sí misma. Se había envuelto instintivamente en los jirones de su vestido vaporoso, inadecuado para el invierno. La chaqueta de mi esmoquin, rasgada en el hombro, yacía entre nosotros como un testigo mutilado.

El silencio que siguió era más elocuente que cualquier palabra. Estaba cargado del eco de mi grito, del fantasma de su caída detenida, y del peso abrumador de nuestros respectivos infiernos, que ahora, de alguna manera retorcida, se habían entrelazado aquí, en este puente de la nada.

Fui yo quien rompió el silencio, mi voz sonaba ronca, gastada.

—¿Estás herida?

Ella no respondió de inmediato. Alzó la cabeza lentamente, y por primera vez en más de un año, nuestros ojos se encontraron directamente, sin una multitud de por medio, sin un aula entre nosotros. Y lo que vi me dejó sin aliento.

No era la Elisa que recordaba. La chica de ojos verdes brillantes, obstinados, llenos de sueños de tinta y papel, había desaparecido. En su lugar había una pálida imitación. Una figura demacrada, con pómulos marcados y ojeras profundas que parecían talladas a cuchillo. Su cabello, oscuro y rebelde, estaba lacio y sin vida. Pero eran sus ojos lo más impactante. El verde estaba ahí, pero apagado, cubierto por una película de ausencia. Era la mirada de alguien que ya no vivía dentro de su propio cuerpo. Y, sin embargo, en sus profundidades, un rescoldo de esa terquedad antigua aún titilaba, avivado por la furia de momentos antes. Mi mente se nublaba al tratar de recordar otros ojos verdes iguales a los de ella.

—¿Por qué?—susurró ella. Su voz era diferente. Más grave, rasposa, como si hubiera gritado durante semanas. No había lágrimas. Solo una perplejidad absoluta, teñida de desconfianza—. ¿Viniste a ver el espectáculo final de la ‘Princesa Wattpad’? ¿A asegurarte de que el trabajo estaba bien hecho?

Cada palabra fue un alfilerazo. Merecidas. Totalmente merecidas. No me defendí.

—Huía—dije, la simple verdad saliendo sin filtro—. De mi propia ejecución pública. Mi padre acaba de anunciar mi compromiso con Isabella Rossi. Un trato sellado. Mi futuro, intercambiado por un puerto, o una licitación, o el capricho de un político. Así que no, no vine por ti. Vine a ahogar mi propia sentencia. Pero el río ya tenía una ocupante.

Ella parpadeó, lentamente, procesando la información. Vi cómo sus ojos escaneaban mi ropa: el esmoquin caro y ahora arruinado, la camisa manchada de óxido y sudor. Una mueca extraña, algo que no era una sonrisa, torció sus labios pálidos.




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