Un recuerdo de la primavera

Capítulo 24: Raíces envenenadas

🎧Bruises – Lewis Capaldi

Arek.

El frío de la madrugada se me había incrustado en los huesos, un compañero más fiel que cualquier ser humano. Cada paso hacia la mansión Ríos era una sentencia. La elegancia forzada del esmoquin era ahora una burla: manchado de óxido del puente, rasgado en el hombro donde Elisa se aferró a mí, empapado del sudor helado del miedo y el esfuerzo. Olía a río, a desesperación y a la mentira perfumada de la fiesta de la que había huido.

Carson abrió la puerta principal antes de que yo tocara. Su rostro, una máscara profesional cincelada por décadas de servicio, mostró la más mínima de las grietas: un parpadeo demasiado lento, una línea de tensión alrededor de la boca. No dijo "Bienvenido a casa, joven señor". Su silencio era más elocuente.

—Su padre lo espera en el estudio—anunció, su voz un susurro rasposo en el vestíbulo de mármol, tan frío y muerto como una tumba—. Ha estado esperando.

Asentí, un movimiento mecánico. No había escape. Subí la escalera principal, mis pasos resonando en el silencio opresivo. Cada cuadro de antepasados severos parecía juzgarme desde las paredes. En el rellano, me detuve un instante frente al único retrato que no inspiraba temor: el de mi madre, Amelia. Pintado años antes de que la enfermedad la consumiera, la mostraba sonriente, con un ramo de rosas blancas en las manos. Sus ojos, de un verde vibrante que yo no heredé, parecían seguirme. "¿Lo estoy haciendo bien, madre?", pensé, pero la imagen no respondía. Solo sonreía, atrapada para siempre en un tiempo antes de que las sombras entraran en su jardín.

El estudio de mi padre olía a brandy caro y a ira contenida. No estaba de espaldas a la ventana. Estaba sentado tras su inmenso escritorio, la luz de la lámpara de lectura creando un círculo de claridad brutal en la penumbra. No levantó la vista cuando entré. Siguió revisando unos documentos, el susurro del papel siendo el único sonido.

Me quedé de pie en el centro de la habitación, sintiendo las marcas en mi espalda arder bajo la camisa sudada, como si sus ojos pudieran verlas a través de la tela. El tiempo se estiró. Un minuto. Dos. Era una tortura calculada, diseñada para que cada latido de mi corazón sonara como un tambor de condena en mis oídos.

Finalmente, dejó los papeles. Alzó la mirada. Y lo que vi en sus ojos no fue la furia explosiva que esperaba. Fue algo peor: una decepción glacial, tan profunda y absoluta que parecía capaz de congelar el aire que respiraba.

—Has defecado en el plato de oro, Arek—dijo, su voz serena, casi conversacional—. Y no solo en el tuyo. Has manchado el nombre que llevas en una noche donde debía brillar con el lustre de una alianza estratégica.

—El compromiso—comencé, pero él alzó una mano, cortándome.

—El compromiso era una formalidad. Un símbolo público de una transacción privada ya acordada. Lo que importaba esta noche no era Isabella Rossi. Era la percepción. La proyección de fuerza, de estabilidad, de continuidad. Vincent Vance no invierte en empresas inestables. No confía en herederos que huyen de sus propias responsabilidades como niños asustados.

Pronunció el nombre "Vance" como si fuera un santo y seña, una prueba. Quería ver si reaccionaba. Mantuve mi rostro impasible, aunque el corazón me dio un vuelco. Él lo notó. Una ceja se arqueó levemente.

—Vance se fue temprano. Molesto. Curiosamente, poco después de que tú desaparecieras.

Hizo una pausa, dejando que la implicación flotara en el aire cargado.

—Su hombre, ese tal Santino, también ha dejado de reportar desde la escuela. Coincidencias interesantes.

—No sé nada de Santino—dije, y era la verdad, al menos de su paradero actual.

—No me importa lo que sepas—replicó, su tono se afiló un grado—. Me importa lo que proyectas. Y esta noche proyectaste debilidad, impulsividad y una falta de control patética. Justo cuando más necesitábamos mostrar lo contrario.

Se levantó y caminó lentamente hacia la ventana, mirando los jardines nocturnos, perfectos y muertos bajo la luna.

—Tu madre—dijo de repente, y la mención fue tan inesperada que contuve la respiración—. Tu madre tenía una luz… una creencia ingenua en la bondad de las personas. Creía que el arte, la belleza, podían redimir cualquier cosa. Sus tíos, los Ramses, supieron aprovechar esa luz. La dirigieron. La usaron para dar una fachada de filantropía a sus… colecciones.

Giró para mirarme. Sus ojos, tan oscuros como un tronco y fríos como los míos, brillaban con una amargura antigua.

—Ellos la criaron tras la muerte de sus padres. Le dieron todo: educación, refinamiento, una posición. Y a cambio, usaron su nombre, su galería, su fondo para jóvenes artistas, como un filtro. Como un cazatalentos para sus clientes de gustos más… especializados. Amelia nunca lo supo del todo. O no quiso saberlo. Prefirió creer que estaba ayudando.

Sentí un nudo en el estómago. Luther tenía piezas, pero no este contexto. Mi madre, una marioneta en manos de sus propios tutores.

—¿Y tú?—pregunté, la voz me salió ronca—. ¿Lo sabías?

Una sombra cruzó su rostro. Por un instante, vi algo que no era cálculo, sino dolor. Dolor y culpa.

—Al principio, no. Cuando lo descubrí, ya era tarde. Estábamos enredados. Los Ramses tenían… influencia. Amenazaron con arruinarnos, con hacerla parecer cómplice si exponía su operación. Y Amelia… ella era frágil. Su corazón, su mente. La idea de que su obra de caridad hubiera sido una farsa, de que había sido usada para hacer daño… la habría destruido.

Caminó hacia mí, despacio, hasta quedar a un metro de distancia. Su presencia era una losa.

—Yo la amaba, Arek. Con una devoción que tú, en tu egoísmo adolescente, no puedes ni imaginar. La protegí. Negocié con los demonios para mantenerla a salvo, para mantener su ilusión intacta. Le dije que cerrara la fundación, que se alejara. Pero el daño estaba hecho. Habían puesto sus ojos en nosotros. En nuestra familia. En nuestro mundo.




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