Un recuerdo de la primavera

Capítulo 25: Coordenadas en la niebla.

🎧Take Me to Church – Hozier

Arek.

La grabación de la voz de mi madre seguía ardiendo en mis oídos como ácido en un circuito abierto. "El Arquitecto". No un rival corporativo, ni un coleccionista excéntrico. Un jardinero de almas. Y mi padre… ¿su cómplice, su negociador, o su próxima víctima? La línea entre carcelero y aliado, entre protector y depredador, se había disuelto en la estática de ese archivo de audio. Ya no sabía qué era peor: que Albert Ríos fuera un monstruo consciente, o un hombre tan devorado por su propia obsesión que había terminado sirviendo a la misma bestia que mató a su esposa.

El frío de la madrugada del 22 de diciembre se había instalado en mis huesos, un compañero más permanente que la propia sangre. Me desperté en la misma habitación-celda, pero el mundo había cambiado. Ya no era solo un prisionero rebelde. Era un soldado detrás de las líneas enemigas, con órdenes de una comandante fantasma que llevaba dieciocho meses muerta.

El régimen comenzó a las siete en punto con el suave y pertinaz golpe en la puerta de Larsen. El tutor entró, su rostro una máscara de profesionalidad neutra. Llevaba su portátil y una carpeta abultada.

—Buenos días, Arek. Comenzaremos con un repaso exhaustivo de los principios de macroeconomía, seguido de análisis literario del modernismo europeo. Su padre ha sido muy específico sobre las áreas a cubrir.

Asentí, la sumisión una segunda piel que me ponía con la misma facilidad con la que antes me ponía la corbata. Mis ojos, sin embargo, no se apartaron de él. Lo observé como un entomólogo observa un insecto nuevo. ¿Era solo un profesor bien pagado? ¿O sus ojos, de un gris turbio, escaneaban algo más que mis respuestas académicas? ¿Evaluaban mi estabilidad, mi rendimiento, mi valor?

—Por supuesto, profesor Larsen—dije, mi voz plana, educada, el perfecto eco de lo que se esperaba de mí.

Mientras Larsen desplegaba gráficos de oferta y demanda, mi mente trabajaba en un canal diferente. El código. Tengo que enviar el código. Nicole me había susurrado al pasar junto a mi puerta al amanecer: “La limpieza de la biblioteca es los jueves por la mañana. Carson supervisa, pero siempre va por café a las diez y cuarto. Son siete minutos.”

Eran las nueve y cuarenta y tres.

La sesión fue un suplicio de concentración dividida. Asentía, respondía, incluso hice una pregunta perspicaz sobre la política fiscal keynesiana que hizo que Larsen parpadeara, satisfecho. Por dentro, cada neurona estaba dedicada a calcular los movimientos. La biblioteca de la casa no era un refugio; era un campo minado de recuerdos y, ahora, una potencial estación de comunicaciones.

A las diez y doce, Larsen hizo una pausa.

—Necesito unos documentos de referencia. Su padre me ha dado acceso a la colección de tratados económicos del ala este. Regreso en quince minutos.

Fue demasiado conveniente. ¿Una prueba? ¿Una trampa? No importaba. Era la única ventana.

En cuanto la puerta se cerró, me levanté. No corrí. Caminé con la calma deliberada de quien tiene todo el derecho a estar donde está. Salí al pasillo. Vacío. Bajé la escalera principal. El sonido de la aspiradora venía del salón principal. Me deslicé hacia la biblioteca.

El aire olía a madera de cedro y a papel viejo, al polvo de siglos de poder acumulado en estantes. Me dirigí no a las secciones de economía, sino a un rincón apartado, cerca del ventanal que daba al jardín de rosas muertas de invierno. Allí, en un estante bajo, estaba una colección de atlas geográficos del siglo XIX. Volúmenes enormes, forrados en piel, que nadie había abierto en décadas. Luther y yo, en una de nuestras primeras y paranoicas conversaciones sobre escondites, habíamos ideado un sistema. “Lo obvio es invisible para quien busca complejidad,” había dicho él.

El atlas de Asia y el Pacífico Sur, 1897. Lo saqué. Pesaba como un ladrillo. Lo abrí por la página 43, un mapa detallado de las islas Fiyi. Con un bolígrafo de tinta borrable que llevaba escondido en el dobladillo del pantalón, escribí en el margen inferior derecho, con letra minúscula y clara, el mensaje codificado:

Código activo: SOL PUSO. Necesito: 1) Todo sobre el símbolo RELOJ ARENA + MARIPOSA. 2) Estado objetivo R (Rowena). 3) Canal seguro de respuesta. Prioridad máxima. – A.

Cerré el atlas, lo coloqué exactamente como estaba, un milímetro fuera de su alineación perfecta para que Luther, si llegaba, notara el cambio. Mi corazón latía con un ritmo de tambor de guerra. Había tirado el dado.

Regresé a mi habitación justo cuando Larsen subía las escaleras con un par de libros viejos. Nuestras miradas se encontraron. Yo di un leve asentimiento. Él continuó.

—Encontré un ejemplar fascinante de Adam Smith—dijo al entrar.

—Espero con interés la lectura—mentí, y la partida continuó.

Narradora.

Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en la celda compartida del ala de integración de la clínica Éter, Elisa despertaba de un sueño poblado por puentes y manos que se resbalaban. La realidad era un golpe más suave, pero más persistente: el olor a desinfectante, la textura áspera de las sábanas, el sonido de la respiración calmada de Irene en la cama de al lado.

Irene ya estaba despierta, haciendo flexiones en el suelo con una fluidez felina. Sin mirarla, habló:

—Soñaste con él. El niño rico del puente

—¿Cómo lo sabes?—preguntó Elisa, su voz aún ronca por el sueño.

—Tu respiración cambia. Se acelera, luego se detiene, como si estuvieras cayendo. Luego jadeas, como si alguien te agarrara. Es el patrón del rescate, no el de la caída libre. —Irene se incorporó, secándose el sudor de la frente con el brazo. —¿Sigues segura de que no es una fantasía de redención? Los hombres como él no cambian, Elisa. Se adaptan. Y una adaptación es más peligrosa que una maldad declarada.

Elisa se sentó en la cama, abrazando sus rodillas. La enorme chaqueta de esmoquin de Arek, ahora lavada y escondida bajo el colchón, parecía un talismán absurdo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.