🎧Feral Love - Chelsea Wolfe
Arek.
La nieve seguía cayendo más allá de la ventana de mi habitación, convirtiendo el mundo en un silencioso estudio en blanco y negro. En mi mano, la fotografía de mi madre parecía vibrar con una energía residual, como si el papel conservara aún el calor de sus dedos, el peso de su mirada. La había puesto sobre el escritorio, junto al cuaderno secreto donde horas antes había jurado convertirme en fuego. Ahora, las palabras me sabían a ceniza prematura.
¿Qué sabía yo del fuego? Solo cómo te quema cuando te acercas.
El mensaje al dorso danzaba ante mis ojos cada vez que parpadeaba: ¿Heredarás su luz… o su utilidad? Chrysalis Holdings. El Arquitecto. No era una pregunta; era un diagnóstico. Una evaluación de mi materia prima, igual que el Señor Supremo debía estar evaluando la de Elisa en ese mismo instante en algún lugar frío y estéril. Nos miraban a los dos como especímenes, pronosticando si arderíamos con luz propia o si simplemente seríamos herramientas útiles en sus manos.
Un golpe seco en la puerta, dos impactos precisos de nudillo contra madera noble. No era el llamado ansioso de Nicole, ni la intrusión arrogante de Carson. Era el ritmo de mi padre.
—Entra—dije, sin levantar la voz. Sabía que la oiría.
La puerta se abrió sin ruido. Albert Ríos se detuvo en el umbral, una silueta recortada contra la luz tenue del pasillo. Llevaba todavía la chaqueta de la cena, pero se había quitado la corbata. En sus manos no traía la vara, ni documentos, ni el frío metal de una pistola. Traía algo peor: una caja pequeña, de madera oscura, desgastada en las esquinas. La sostenía como quien sostiene un corazón extraído.
—Medianoche ha pasado—dijo, su voz un eco cansado de la que usó horas antes en el estudio—. Los regalos de los niños están abiertos. Los adultos quedamos con los nuestros.
Cerró la puerta a su espalda. El clic del pestillo sonó como el cerrojo de una celda. Avanzó hacia el escritorio, sus ojos pasando del cuaderno abierto a la fotografía, y luego a mi rostro. No vi furia. Vi algo que me heló más profundamente que la nieve exterior: una especie de resignación calculada, la frialdad de un cirujano que sabe que debe amputar.
—¿Te ha conmovido?—preguntó, señalando la foto con un leve movimiento de cabeza—. La joven Amelia Ramses. Radiante. Intacta. Antes de que la idea se le metiera en la cabeza.
—¿Qué idea?—mi voz sonó ronca, defendiéndose.
—La idea de que podía cambiarlo todo—respondió, dejando la caja de madera sobre el escritorio, junto a la foto—. La idea romántica, tonta y letal de que la pureza puede vencer a la podredumbre. Es la idea más peligrosa que puede albergar una mente privilegiada. Conduce directamente al precipicio.
Abrió la caja. No había joyas, ni más fotos. Había un viejo vial de cristal ámbar, vacío, con una etiqueta manuscrita descolorida. Y debajo, un fajo de cartas atadas con una cinta desteñida. Reconocí la letra de mi madre, enérgica y fluida, en los sobres.
—Tu madre no era frágil, Arek. Eso es lo primero que debes entender. Era fuerte. Terriblemente fuerte. Y por eso fue imposible de salvar.
Tomó el vial, lo hizo girar entre sus dedos. La luz de la lámpara se refractó en el cristal, dibujando un destello amarillento sobre el techo.
—Los Ramses siempre fueron coleccionistas. Pero al principio, coleccionaban arte. Estatuas, cuadros, manuscritos. Tu madre creció entre esas maravillas. Pensó que la belleza era algo que se exhibía, que se admiraba. No entendió que, para su familia, la belleza era algo que se poseía. Y que la posesión más absoluta no es colgar un cuadro en una pared, sino poseer al artista.
Dejó el vial. Tomó la primera carta del fajo, pero no la abrió. Solo la tocó, como si pudiera leer su contenido a través del papel.
—Cuando nos conocimos, ella vio en mí… un escape. Alguien ajeno al mundo asfixiante de los Ramses. Alguien que había construido su fortuna con acero y números claros, no con susurros y transacciones en la sombra. Yo…
Hizo una pausa, y por un instante infinito, vi un destello del hombre que debió ser, un hombre que podía sentir algo más que ambición.
—Yo vi en ella la luz que mis números no podían comprar. Fue un intercambio, al principio. Luego fue algo más.
Se sentó en el borde de mi cama, frente a mí. Nunca había hecho eso. Siempre se mantenía de pie, ejerciendo altura, autoridad. Ahora estaba a mi nivel, y era más aterrador.
—Después de que nacieras, ella quiso reactivar la Fundación Ramses. Hacerla “auténtica ", dijo. Ayudar a artistas jóvenes sin explotarlos. Su tío, el patriarca de los Ramses, accedió. Pero no para ayudarla. Para usar su entusiasmo como cobertura. Empezaron a operar a través de la Fundación. El “coleccionismo” cambió de objeto. De cuadros a personas. Jóvenes prometedores, hermosos, vulnerables. Los becaban, les prometían mundos, y luego los transferían a mecenas selectos. A gente como Vance. A la red que ahora llaman Chrysalis.
Las palabras surgieron de la nada, de un lugar oscuro y olvidado de mi mente. Un susurro en el aire cargado de perfume a lavanda y óleo.
—Ella lo descubrió—continuó mi padre, su voz perdiendo todo matiz, convirtiéndose en el informe de un desastre—. No de golpe. Fue un goteo. Becados que desaparecían. Transferencias bancarias opacas. “Viajes de estudios” que nunca tenían informe final. Empezó a investigar. Y cuando tuvo pruebas suficientes, vino a mí. Corrió hacia mí, Arek, con los ojos llenos de fuego, igual que tú cuando crees que has encontrado una verdad que te hará libre.
Me clavó la mirada. Sus ojos, tan parecidos a los míos, eran pozos de hielo negro.
—Yo ya lo sabía. Su tío me había hecho la oferta. Ser parte del “círculo”. Proteger los intereses de la familia. A cambio, nuestra fortuna se multiplicaría, y nuestra posición sería inexpugnable. Lo pensé. Lo calculé. Y cuando ella vino a mí, llena de idealismo, ya había tomado mi decisión.
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Editado: 16.01.2026