Un recuerdo de la primavera

Capítulo 27.1: Un color atrapado en el hielo.

Queridos lectores, este spin off esta destinado a revelar el pasado del padre y madre de nuestro protagonista Arek. Leerlo es importante para el desarrollo de futuros conflictos que tendrá que superar nuestro protagonista. Disfruten :D

Capítulo 1: Lo que el jardín esconde

🎧The Curse - Agnes Obel

Albert.

El mármol del vestíbulo estaba tan pulido que podía ver mi reflejo distorsionado en él, como un fantasma pálido atrapado entre las vetas grises. A mis diecisiete años, ya conocía el peso exacto de un esmoquin de lana fina, la presión correcta para un apretón de manos, el ángulo preciso para una sonrisa que no comprometiera nada. Esta noche, como todas las noches desde que tengo memoria, era una función. Y yo era el actor principal, entrenado desde la cuna para recitar líneas que no había escrito.

-El alcalde estará junto al cuadro de los puentes-dijo mi padre, su voz un susurro metálico que cortaba el murmullo de la galería-. Primero a él. Luego a los Ramses. Mantén la conversación sobre los desarrollos urbanísticos. No sobre esto.

Su gesto abarcó la sala con un desdén apenas velado. "Esto" eran los cuadros, las esculturas, el supuesto arte que colgaba de las paredes como decoración costosa para una transacción que ocurriría entre bastidores. Lo entendí perfectamente. Mi mente, esa máquina que había aprendido a catalogar el mundo en columnas de beneficios y riesgos, ya estaba procesando:

Análisis de la exposición "Jóvenes Promesas del Arte Contemporano":
1. Objetivo declarado: promover el talento local.
2. Objetivo real: lavado de imagen del ayuntamiento tras el escándalo de licitaciones.
3. Método: asociación con la Fundación Ramses.
4. Beneficio para Ríos | Firma Legal : acceso preferente al proyecto del distrito cultural.

Circulé entre la gente como un buque fantasma. Los apretones de manos, las sonrisas, las miradas de evaluación. Todo era ruido blanco, estática en una frecuencia que había aprendido a ignorar. Hasta que llegué a la pared del fondo.

Allí colgaba una anomalía.

No era grande, pero violentaba el espacio. Un lienzo negro y azul noche destrozado por pinceladas gruesas, blancas como huesos, rojas como heridas abiertas, y en el centro, un grito amarillo. Un grito. No sabía por qué esa palabra se formó en mi mente. El título, en letra temblorosa, decía "Eutierria". Amelia Ramses.

No me gustó. Era caótico, ineficiente, emocionalmente derrochador. Pero era la única cosa en toda la sala que no mentía. Me detuve, olvidando por un instante al alcalde, a mi padre, al cálculo. Solo estudié el algoritmo del dolor en el lienzo.

-Una blasfemia, ¿no le parece?

La voz era untuosa, condescendiente. Lucius Varn, el crítico de arte. Sus palabras eran huecas, ataques a la procedencia, a la edad, a la emoción. Nada de sustancia. Pura retórica barata.

Algo se tensó dentro de mí. Un fallo en mi programación. Detesto la incompetencia, incluso en la estupidez.

-Interesante análisis-dije, y mi voz sonó más clara de lo que pretendía-. Sin embargo, me pregunto qué criterios técnicos específicos fallan.

Y procedí a desmontarlo. Composición, color, textura. Citando a Kandinsky como si fuera un informe trimestral. No defendía el cuadro. Defendía el rigor. La lógica frente a la falacia. Fue un acto puramente intelectual, una corrección de un error en el sistema.

Hasta que ella salió de entre la sombra.

Amelia.

El aire en la galería olía a dinero perfumado y ambición disfrazada de cultura. A polvo de mármol y mentiras bien planchadas. Me escondía detrás de una columna, observando a la gente desfilar frente a "Eutierria" con miradas de confusión o desdén. Mi tío Tiberio había insistido en que lo expusiera. "Hay que mostrar que la Fundación apoya todas las expresiones, querida. Incluso las... viscerales." Su sonrisa no llegaba a los ojos.

Mi cuadro no era visceral. Era un lamento. El lamento de la tierra cuando le echan cemento encima. El jardín de los frailes, con sus hierbas silvestres y su viejo manzano, ahora era un esqueleto de acero y vidrio. Lo pinté con las uñas llenas de tierra, llorando de rabia. El negro era el asfalto. El blanco, los cimientos. El rojo, las raíces cortadas. El amarillo... el último suspiro de sol antes de que lo tapara el hormigón.

Entonces lo vi. El chico del esmoquin perfecto. Alto, recto como una columna, con una postura que parecía dolorosa. Tenía el rostro de una estatua griega joven, pero fría, sin historia. Y estaba desmontando a Lucius Varn con una precisión quirúrgica.

Y estaba desmontando a Lucius Varn con una precisión quirúrgica

No defendía mi cuadro. Defendía... las reglas del debate. Era tan absurdo que casi me río. Escuché sus palabras, citando a Kandinsky como si leyera un manual de instrucciones. Y algo dentro de mí, ese impulso que siempre me mete en problemas, saltó.

-¿Kandinsky?-dije, saliendo de mi escondite-. Lo citas bien. Pero ¿sabes? Kandinsky también decía que el color es un poder que influye directamente en el alma.

Se volvió. Sus ojos eran del color del bosque justo antes de una tormenta de granizo. Vacíos de todo excepto de un análisis frío. Me miró como si yo fuera otro problema que resolver.

-No estaba analizando el contenido emocional-respondió-. Solo la validez de los argumentos en su contra.

¡Por todos los santos! Era como hablar con una calculadora muy bien vestida.




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