🎧If I Had a Heart - Fever Ray
Arek.
El incienso me sabe a cenizas.
Cada bocanada del pesado aroma que llena la Catedral de San Miguel se me atasca en la garganta, mezclándose con el sabor metálico de mi propia sumisión. Estoy arrodillado en el banco de roble pulido, las manos entrelazadas con una precisión que no siento, la cabeza ligeramente inclinada en un gesto de piedad que es la mentira más elaborada que he ejecutado en mi vida.
A mi izquierda, mi padre. Albert Ríos es una estatua de mármol caro y voluntad férrea. Reza con los ojos abiertos, escaneando el altar, los feligreses, el obispo, como un general evaluando un campo de batalla. Esta misa de Nochebuena no es un acto de fe; es un movimiento estratégico más. Una demostración pública de que los Ríos siguen siendo el bastión de tradición y poder que siempre han sido, a pesar de los “incidentes” recientes del heredero.
A mi derecha, Isabella.
Su brazo está enlazado al mío, una ligera presión a través de la gruesa lana de mi abrigo. Lleva un vestido de terciopelo burdeos oscuro, tan modesto como costoso, y un velo corto que apenas oculta su rostro. Es la perfecta prometida de altar: serena, recatada, radiante de una pureza de catálogo. Ha sido aleccionada durante semanas por su padre, el alcalde Rossi, y sin duda por el mío. “Sonríe, inclina la cabeza, susurra las respuestas, pero nunca le mires directamente a los ojos a menos que sea para una foto. Sé el adorno perfecto.”
Pero yo conozco los ojos de Isabella. Los he estudiado en la biblioteca, cuando hablábamos de Giotto y la luz parecía encenderlos desde dentro. Ahora, de reojo, los veo fijos en el Cristo crucificado sobre el altar. No hay devoción en esa mirada. Hay un océano de resignación silenciosa. Y algo más, algo que me agarra por dentro con pinzas de hielo: un destello de terror animal, bien escondido bajo capas de adiestramiento, pero ahí, latente. No me tiene miedo a mí. Teme la jaula en la que ambos estamos a punto de ser encerrados.
El sermón del obispo es un río de palabras huecas sobre paz, amor familiar y esperanza. Cada sílaba resuena falsa contra las bóvedas góticas. Miro las manos de Isabella, enguantadas en encaje blanco, aferradas a un misal. Tiemblan. Un temblor casi imperceptible, pero constante. Es la única parte de ella que se rebela.
Y entonces, la siento.
No es un perfume, ni un sonido. Es una presencia. Una alteración en la presión del aire a mi espalda, como si una puerta al infierno se hubiera entreabierto discretamente en el rincón más sagrado.
No me vuelvo. No hace falta. Sé que es Selene.
La percibo deslizarse por el pasillo lateral, su figura esbelta y elegante como una daga envainada en negro. No se dirige a la salida. Camina directamente hacia nuestro banco, desafiando cada protocolo no escrito, cada mirada de reproche. Mi padre, al notar el movimiento, endurece la mandíbula. Isabella se queda inmóvil, conteniendo la respiración.
Selene se detiene justo frente a mí. Ignora a mi padre, ignora a Isabella. Su sonrisa es un arco perfecto y triste, la de una virgen doliente en un cuadro renacentista. Pero sus ojos… sus ojos son de obsidiana pulida, reflectantes e impenetrables. Me clava esa mirada y susurra, con una voz tan baja que es solo un roce de aire contra mi oreja:
—Arek. Qué escenario tan conmovedor. La familia perfecta. La promesa perfecta.
Hace una pausa, infinitesimal, letal.
—Larsen reporta cada palabra. Cada suspiro. Cada mirada que no deberías dar.
Un escalofrío visceral me recorre la espina dorsal. Larsen. El tutor. El espía está en mi propia celda. Lo sabía, lo intuía, pero oírlo confirmado por ella, aquí, en este lugar… es como si me quitaran la última capa de piel.
Selene no se detiene. Su mano, enguantada también, se mueve con elegancia felina. No hacia mí. Saca un sobre pequeño, blanco, impecable, y lo extiende hacia mi padre. Albert lo toma con dedos que no titubean, pero que aprietan el papel hasta arrugarlo.
—Para usted, señor Ríos—dice Selene, y su tono es de una deferencia que es un insulto—. Un recordatorio de que algunas deudas vencen incluso en Nochebuena.
Mi padre no responde. Guarda el sobre dentro de su abrigo, su rostro un máscara de granito. Selene, entonces, vuelve a inclinarse hacia mí. Esta vez, su aliento es cálido, cargado con el perfume de gardenias blancas y algo más profundo, metálico, como la sangre vieja.
—El jardinero—susurra, y la palabra cae en mi oído como una gota de veneno. Pide una muestra de tu docilidad. Esta puesta en escena es buena. Pero quiere algo tangible. Algo que pruebe que el halcón no solo tiene las alas cortadas, sino que ha olvidado cómo eran.
Se endereza, sus ojos me atrapan, me diseccionan.
—Cuidado con el regalo de medianoche, mi amigo. A veces, los regalos más hermosos… están llenos de cuchillas.
Da media vuelta y se aleja, desvaneciéndose entre las sombras de las columnas como el espectro que siempre ha sido para mí. Isabella exhala un tembloroso suspiro que había estado conteniendo. Mi padre exhala por la nariz, un sonido corto y furioso.
La misa continúa, pero para mí ha terminado. Las palabras del obispo son estática. El incienso, gas venenoso. Selene acaba de entregar múltiples mensajes, cada uno una losa sobre mi pecho:
Uno: Mi padre no es el dios todopoderoso que creía. Él también tiene acreedores, y Larsen es el cobrador.
Dos:“El jardinero” –Chrysalis, el Arquitecto– está observando. Esta noche no es solo para las apariencias públicas; es una prueba de mi sumisión.
Tres:Hay un “regalo” esperando. Y los regalos de esa gente nunca son lo que parecen.
Miro a Isabella. Ella me mira de reojo, y por un instante, detrás del velo de resignación, veo un destello de solidaridad desesperada. Ella también es un peón en este tablero. Ella también tiene miedo.
Aprieto los puños sobre mis rodillas, sintiendo el fantasma del “Fénix”, el grabador de Luther, que no llevo puesto esta noche. Me siento desnudo, expuesto. La partida ha escalado otra vez, y ahora juego en la oscuridad total, con un enemigo que ni siquiera se molesta en mostrarse, solo en enviar mensajeros elegantes y regalos envenenados.
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Editado: 16.01.2026