🎧 To Build A Home - The Cinematic Orchestra
Capítulo 2: El experimento del martillo
Albert.
La semana siguiente a la galería fue un ejercicio de interferencia cognitiva. Los números en las pantallas de mi computadora bailaban, las palabras de mis profesores se convertían en ruido blanco, y el plan quinquenal de expansión de Ríos | Firma Legal que mi padre me hizo analizar parecía escrito en un idioma muerto. Mi mente, esa máquina de precisión, había encontrado un proceso caso consumiendo el 73% de sus recursos.
La anomalía tenía nombre: Amelia Ramses.
La anomalía tenía una pregunta:¿Nunca has roto algo solo para ver cómo era por dentro?
Había realizado la consulta. Propiedades físicas de la piedra caliza: carbonato de calcio, dureza 3 en la escala de Mohs, fractura concoidea. Punto de fractura: variable, dependiente de inclusiones y tensiones internas. Cristalización interna: posible formación de calcita, aragonito, fósiles. Datos fríos, predecibles. Pero los datos no explicaban el pulso acelerado al recordar sus ojos verdes desafiando el orden del universo, ni la sensación de asfixia en el pecho cuando pensaba en el caos organizado de su probable taller.
El jueves, un paquete llegó a mi dirección en el colegio. No había remitente. Era una caja cuadrada, pequeña, de cartón sin marcar. Dentro, sobre un lecho de virutas de madera, había un fragmento irregular de roca de color beige grisáceo. Piedra caliza. Y pegado a ella con cinta washi de color amarillo chillón, un trozo de papel pergamino.
Mis dedos, siempre estables, temblaron ligeramente al desplegarlo.
El mensaje estaba escrito con tinta china negra, en una caligrafía inclinada y energética que parecía querer escapar del papel:
"Análisis de muestra N°1: 'Ineficiencia'.
Propongo un experimento empírico.
Objetivo: verificar hipótesis sobre contenido interno vs. apariencia externa.
Lugar: Taller Ramses (coordenadas adjuntas).
Fecha: Sábado, 15:00 hrs.
Variable controlada: una roca.
Variable independiente: un martillo.
RSVP no requerido. Asistencia será dato en sí mismo.
- A.R."
Debajo, un pequeño mapa dibujado a mano mostraba la ruta a una calle del antiguo barrio bohemio, con una "X" marcando lo que parecía un cobertizo junto a una casa grande.
Me quedé inmóvil, sosteniendo la roca. Era fría, áspera. Pesaba unos 300 gramos. Común. Insignificante. Pero era un desafío lógico formalizado. No era una invitación sentimental; era un protocolo de investigación. Tenía objetivo, método, variables, lugar y hora. Era, en esencia, un problema científico. Y mi mente, programada para resolver problemas, se aferró a él con el alivio de un náufrago a una tabla.
Asistir no sería una desviación emocional. Sería recolección de datos. Sería completar una ecuación.
Inventé la excusa para mi padre durante la cena del viernes. Los cubiertos de plata golpeaban los platos de porcelana con un sonido que me taladraba los oídos.
-Tiberio Ramses sugiere una aproximación más... integrada al proyecto del distrito cultural-dije, manteniendo la voz en el tono neutral de un informe-. Su sobrina, la que pinta, está desarrollando una instalación sobre la interacción entre materiales industriales y orgánicos. Geometría aplicada. Me ha invitado a observar su proceso el sábado. Podría darnos información valiosa sobre cómo enmarcar nuestra contribución.
Mi padre, Gerald, masticó lento, sus ojos de halcón escudriñándome.
-Tiberio es un zorro viejo. Usa a la chica como carnada para cosas más grandes. No te dejes distraer por el arte-dijo, escupiendo la palabra como si tuviera mal sabor-. Pero si puedes sacar ventaja de su sentimentalismo, hazlo. Informa.
-Por supuesto-asentí, cortando un trozo de carne que no tenía sabor.
Había cruzado el primer puente. Con una mentira que sonaba a verdad.
Amelia.
El taller olía a posibilidad. A óleo fresco, a tierra de las macetas donde intentaba que creciera albahaca entre los tarros de pinceles, a la madera vieja de las vigas. El sábado por la mañana lo limpié, pero no demasiado. Quería que fuera auténtico. Que él viera el desorden del que nacían las cosas. Dejé el lienzo de la "fortaleza con enredadera" a la vista, pero de espaldas. No estaba lista para esa confesión.
La roca que elegí era perfecta. Un trozo que recogí de lo que fue el jardín de los frailes, antes de que lo convirtieran en polvo. Mi tío Tiberio había preguntado por mis planes.
-¿Un experimento? Qué curioso, querida-dijo, con esa sonrisa que nunca calentaba sus ojos-. Albert Ríos es una pieza clave en el tablero. Trátalo con cuidado. No lo asustes con tus... explosiones creativas. Recuerda, los Ríos son socios potenciales muy valiosos.
-Solo vamos a romper una piedra, tío-respondí, sintiendo cómo se me cerraba el estómago. Odio cuando habla de la gente como "piezas" o "socios".
-Exactamente-dijo él, poniendo una mano en mi hombro-. Asegúrate de que la piedra correcta se rompa de la manera correcta.
No entendí del todo lo que quiso decir, pero me dejó un mal sabor. Hoy, sin embargo, no dejaría que nada empañara esto. Era mi experimento. Mi manera de ver qué había dentro del Príncipe de Hielo. Si es que había algo.
A las 14:55, mi corazón era un pájaro enjaulado golpeando mis costillas. Me puse el overol más manchado, el que tenía salpicaduras de todos los colores. Me despeiné a propósito. Quería ser lo opuesto a su mundo pulido.
A las 15:00 en punto, oí los pasos en el sendero de gravilla. Precisos, medidos. Como un metrónomo.
Albert.
Las coordenadas eran exactas. La casa de la familia Ramses era una estructura antigua, grande, con un jardín que era un delirio controlado de vegetación. El "taller" era un cobertizo de ladrillo y cristal adosado a un lateral. El aire olía a humedad de tierra y a algo químico y dulzón: trementina.
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Editado: 16.01.2026