Un recuerdo de la primavera

Capítulo 27.4: Un color atrapado en el hielo.

🎧Mariners Apartment Complex – Lana Del Rey

Capítulo 4: Los cimientos del nido

Albert.

La llave de latón estaba caliente en mi mano, como si hubiera absorbido todo el calor de la bóveda subterránea de “Ríos | Firma Legal” y ahora lo irradiara, quemándome la palma. Era un objeto de poder puro. Abría las escrituras de propiedades, los testamentos encriptados, las acciones fantasmas de empresas tapadera. Mi padre la llevaba en una cadena alrededor del cuello, como un símbolo fálico. Yo la guardaba en un estuche de terciopelo.

Pero ahora, en el silencio del pequeño departamento que alquilé para nosotros, lejos de las miradas de Tiberio, pesaba como una estrella de neutrones. Amelia acababa de contarme, con los ojos brillando como dos fragmentos del sol de su cuadro, que una galería independiente quería exponer su serie “Raíces”. Estaba eufórica. Libre.

Y yo sentí pánico.

Esa libertad era una ilusión. Fuera de este cuarto, de mi vigilancia, era un riesgo. Tiberio tenía ojos en todas partes. Y ahora, ella llamaría más la atención. Artistas hablan con otros artistas. Periodistas. Críticos. Gente que hace preguntas. Gente como Mateo, que había tenido que ser “reasignado”.

—¿Y si todo sale bien?—decía ella, mordisqueando un pedazo de pan, manchándose los dedos de aceite de oliva—. ¿Y si mi arte puede mantenerme sola algún día?

Su sonrisa era un cuchillo en mi costado. No, quería gritar. No quiero que te mantengas sola. Quiero que dependas de mí, que seas mía, que estés a salvo dentro de los muros que estoy construyendo. Tu arte es para ti, para nosotros, no para ese mundo que te devorará.

—Tu arte ya te mantiene—dije, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía

—Tu arte ya te mantiene—dije, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Tomé su mano, manchada de pintura y ahora de aceite, y la apreté.

Era real, tangible, mía.

—Te mantiene viva, me mantiene a mí vivo. El dinero… eso ya lo tengo cubierto.

Ella rió, un sonido que limpiaba por un segundo la suciedad que cargaba en el alma.

—¿Oh, sí? ¿Y qué pasa cuando te canses de mantener a una artista bohemia?

Nunca. La palabra estalló en mi cerebro con la fuerza de un dogma. Me levanté. El movimiento fue brusco, y vi un destello de sorpresa en sus ojos. Fui a mi mochila, al bolsillo interior donde guardaba lo más preciado. No el teléfono cifrado que usaba con Tiberio. No la agenda con los nombres de los “clientes especiales”. Saqué el estuche de terciopelo negro.

—Nunca—repetí en voz alta, colocando el estuche frente a ella en la mesa de madera rústica—. Eres el único proyecto a largo plazo que me importa. El único caso que no tiene fecha de cierre.

Ella abrió el estuche. Allí, sobre el terciopelo gastado, descansaba la llave de latón. No brillaba. Era opaca, pesada, llena de muescas. Un objeto de utilidad, no de adorno.

—Es la llave de la bóveda principal de la firma—expliqué, mientras observaba cada microexpresión de su rostro: curiosidad, confusión, un asomo de inquietud—. Allí está el poder real. Testamentos, títulos, acciones. La única copia era mía. Hasta ahora.

Hice una pausa, tragando saliva. Este era el movimiento más arriesgado, el más calculado. Un acto de amor genuino y de posesión estratégica.

—Quiero que tengas la otra—dije, y la voz me tembló, no por actuación, sino por la enormidad de lo que hacía—. Quiero que sepas que todo lo que soy, todo lo que tengo, es tuyo. No ahora, porque aún somos jóvenes y tenemos que terminar lo que empezamos. Pero cuando te gradúes, cuando ese cuadro tuyo cuelgue en un museo de verdad… quiero que esa llave abra también la puerta de mi casa. Para siempre.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas de alegría simple, eran de una comprensión profunda, errónea. Ella vio un acto de entrega total, de confianza absoluta. Vio al Príncipe de Hielo derritiendo sus últimas defensas y ofreciéndole el núcleo de su reino.

Vio al Príncipe de Hielo derritiendo sus últimas defensas y ofreciéndole el núcleo de su reino

Lo que no vio fue la cadena invisible que ataba esa llave a mi muñeca. Al dársela, la ataba a mí de una manera irrevocable, legal, simbólica. Era un contrato de unión en el lenguaje que yo dominaba. Y era una forma de asegurarme de que, si alguna vez sentía que se alejaba, si alguna “influencia externa” intentaba separarnos, yo tendría un derecho sobre su vida que nadie podría cuestionar. Todo lo mío era suyo, sí. Pero en mi mente retorcida por el miedo, eso también significaba que ella era mía.

—Albert…—susurró, y una lágrima corrió por su mejilla, limpiando un rastro de pintura azul.

—Shhh —dije, arrodillándome frente a su silla, tomando su rostro entre mis manos—. No digas nada. Solo acéptalo. Acéptame. Para siempre.

Ella asintió, incapaz de hablar, y se inclinó para besarme. El sabor a sal y aceite de oliva, a Amelia, me invadió. Esa noche, nuestro amor dio un giro. Ya no era solo pasión o compañerismo. Era una fusión. Yo me había asegurado de ello.

Amelia.

La llave era fea. Pesada. Fría. Pero cuando Albert me la dio, con esa solemnidad desgarradora, se convirtió en el objeto más hermoso del mundo. No era un anillo de compromiso. Era algo más profundo. Era la esencia de él, el núcleo de su mundo frío y ordenado, puesto en mis manos sucias de pintura. Era su manera de decirme: “No hay puerta entre tú y yo. Mi reino es tu reino.”




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