🎧All Is Soft Inside – AURORA
Capítulo 6: La luz que penetra la grieta.
Amelia.
El polvo del archivo de Tiberio olía a mentiras viejas. Un año había pasado desde la noche en que encontré la roca manchada en el estudio de Albert. Un año de sonrisas tensas, de abrazos que ya no calaban hasta los huesos, de vigilar el crecimiento de Arek como si cada nuevo centímetro fuera una batalla ganada contra un enemigo invisible. Yo era una centinela en mi propia casa, protegiendo a mi hijo de una sombra cuyo nombre aún no conocía.
Tiberio me había pedido, con su sonrisa de serpiente cansada, que le ayudara a organizar unos “archivos históricos” de la Fundación. “Eres de la familia, Amelia. Y tienes ese ojo artístico para el orden.” Sabía que era una trampa, una forma de tenerme cerca, vigilada. Pero también era una oportunidad. Asentí.
Fue en la oscura biblioteca de la mansión Ramses, entre legajos de los años 90, donde el suelo se abrió bajo mis pies. La carpeta cayó, esparciendo papeles como hojas muertas. Y entre ellas, como una víbora dormida, estaba esa hoja. Papel moderno, brillante. Una lista.
Mis ojos, entrenados para capturar detalles, reconocieron las fotos al instante. Mateo. Su sonrisa amplia, congelada en un recuadro de 3x4. Junto a su nombre, su especialidad: “Escultor”. Y luego, la columna que heló mi sangre: “C.H.-47 – Transferido: 15/06/XXXX”. La fecha de su “beca en Sudáfrica”. Un poco más abajo, Sofía Mendez – Soprano – C.H.-52. Y otros tres nombres, rostros que había visto en inauguraciones, jóvenes llenos de luz que, según Tiberio, “habían volado a mayores oportunidades”.
Pero no era una lista de becas. Era un inventario. El encabezado lo confirmaba, con un logotipo elegante y siniestro: un reloj de arena estilizado, donde la arena que caía tenía la forma de una mariposa con las alas desplegadas. “Chrysalis Holdings – Inventario de Activos, Sector Arte y Desarrollo.”
Activos. No artistas. Desarrollo. No educación.
Las manos me temblaron tanto que casi arruino la foto que tomé con el teléfono, escondiéndome entre los estantes. El sonido del obturador fue un disparo en el silencio polvoriento. Guardé el papel donde estaba, con el cuidado con que se maneja un explosivo.
Esa noche, en el santuario de mi baño, con la puerta cerrada y el agua del grifo corriendo para ahogar el sonido, busqué “Chrysalis Holdings”. Mi laptop, un regalo de Albert con firewalls que de repente me parecieron jaulas, mostró poco. Una firma de inversión fantasma. Foros oscuros, leyendas urbanas de internet sobre élites que coleccionaban cosas más valiosas que el arte… coleccionaban personas. Talentos únicos, belleza, juventud. “Tráfico de élite”, decían. “Los Invernaderos”. “El Arquitecto”. Palabras de pesadilla.
Miré a Albert, que dormía a mi lado, su perfil sereno contra la almohada. ¿Lo sabía? ¿Era posible que mi marido, el padre de mi hijo, el hombre que me protegía con feroz devoción, estuviera conectado con esto? No. No podía ser. Quizás era solo Tiberio. Quizás Albert era ajeno, otra víctima del monstruo que era su suegro.
Pero una semilla de duda, venenosa y tenaz, había echado raíces. Empecé a escuchar sus llamadas de negocios no con el oído de una esposa, sino con el de una espía. Notaba cómo se ponía tenso cuando mencionaban a “los socios de Oriente” o “las transferencias a las Caimán”. Vi cómo su amabilidad con Tiberio tenía el filo de una navaja bien escondida. No eran aliados. Eran cómplices.
Y yo, en medio, era la ingenua a la que había que mantener en la oscuridad. O la posesión que había que controlar.
Amelia.
Amelia estaba cambiando. No era algo dramático. Era una sutil opacidad en su mirada, una distancia en sus sonrisas. La había encontrado varias veces, quieta, mirando por la ventana del jardín como si buscara una salida que no existía.
El incidente del archivo en casa de Tiberio fue un error de mi parte. Debería haber revisado todo lo que pasaba por sus manos. Larsen me informó que había estado manipulando papeles viejos, que parecía alterada. Cuando regresó a casa, la abracé, oliendo en su pelo el polvo de los secretos de mi familia.
—¿Todo bien, mi vida?—pregunté, besando su frente.
—Solo cansada—murmuró, acostándose en mi pecho, pero su cuerpo no se abandonaba como antes. Estaba rígida.
Esa noche, revisé las cámaras de la biblioteca de Tiberio (sí, las tengo ahí también). La vi encontrar la lista. La vi tomar la foto. El pánico fue un puñal de hielo. Chrysalis. Ella no debería saber ese nombre. Nunca.
No la confronté. En cambio, reforcé la burbuja. Aumenté los “paseos” familiares a lugares aislados y seguros. Contraté a una nueva instructora de yoga para que viniera a casa, para distraerla. Le compré un caballete nuevo, de una marca exquisita y carísima, esperando que el arte la absorbiera de nuevo, la mantuviera en su mundo de colores y no en el mío de sombras.
Pero cada vez que la veía abrazar a Arek, con esa ferocidad amorosa que me daba envidia y paz a la vez, sabía que estaba perdiendo terreno. Su amor por él era el único faro en su creciente confusión, y también su punto más vulnerable. Si ella llegaba a creer que yo era una amenaza para Arek… No. No podía permitir que esa idea germinara.
Amelia.
Arek, a sus seis años, era un pequeño detective. Su mente lógica, cultivada por Albert, se aplicaba ahora a descifrar los misterios de la casa. Fue él quien, jugando, encontró el dispositivo.
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Editado: 16.01.2026