Capítulo 7: Digitalis purpúrea.
🎧Breathe No More - Evanescence
Amelia.
El primer mareo me sorprendió mientras mezclaba azul cobalto con blanco titanio. No fue el típico vahído de cansancio. Fue una desconexión violenta, como si alguien hubiera desconectado por un segundo la corriente eléctrica de mi cerebro. El pincel se me escapó de los dedos, manchando de azul el overol que ya no me ponía en el estudio limpio y ordenado, sino en el pequeño rincón que Albert me permitía en la sala de sol.
-¿Amelia?
La voz de Albert llegó desde la puerta, precisa, alerta. Siempre alerta.
-Nada. Me levanté muy rápido-mentí, recuperando el pincel con una mano que noté extrañamente torpe.
Él no se acercó. Solo observó, sus ojos cafes recorriendo mi rostro, mi postura, el temblor apenas perceptible de mis muñecas. Los ojos de un clínico evaluando un síntoma.
-Te traje té-dijo finalmente, dejando la bandeja de porcelana sobre una mesa auxiliar-. La nueva infusión que recomendó el médico de la familia. Para los nervios.
El líquido era de un color ámbar sospechoso, con un aroma dulzón que me recordaba a las flores marchitas del jardín de los frailes. Lo olí. Digitalis. Conocía ese olor. Mi abuela cultivaba dedaleras junto a la tapia de su casa en el campo. "Bellas y mortales, Amelia", me decía. "Un poco cura el corazón cansado. Demasiado lo detiene para siempre."
Bebí. Porque negarme habría sido confirmar sus sospechas. Porque, en ese momento, aún guardaba la esperanza diminuta y terca de que me equivocaba.
Albert.
El primer informe del Dr. Vance llegó codificado, como todos los relacionados con el Proyecto Aurora. "Paciente A.R. muestra marcada mejoría en estados de agitación. Protocolo de estabilización emocional avanza según lo planeado. Dosificación actual: 0.1 mg diarios de digoxina, administrada vía infusiones herbales. Efectos secundarios observados: mareos ocasionales, leve desorientación temporal."
Digitalis purpúrea. Extracto de dedalera. Elegante. Natural. Fácil de atribuir a un desequilibrio nervioso hereditario, especialmente en una mujer de familia artística como los Ramses. Tiberio lo sugirió durante una cena, mientras cortaba su filete con precisión quirúrgica.
-Tu madre, hacia el final, también sufría de... sobreexcitación neuronal-dijo, sin mirarme-. La medicina moderna puede hacer maravillas. Suavizar los bordes afilados, permitir que la mente descanse en lugar de luchar contra corrientes que no puede cambiar.
No era una sugerencia. Era un plan ya en marcha. Y yo, Albert Ríos, que había calculado cada variable para proteger mi jardín, me encontré ante una ecuación sin solución limpia. Opción A: permitir que Tiberio "estabilizara" a Amelia con sus métodos, que cada día fuera un poco más dócil, un poco más lejana, pero viva y a salvo dentro de nuestros muros. Opción B: enfrentarme a él, exponer el juego, y arriesgarme a que "el Arquitecto" decidiera que una Amelia inquisitiva era un activo defectuoso que requería retirada permanente.
La noche después de que Amelia hablara con Selene Benson, revisé las grabaciones. No captaron el audio, pero el lenguaje corporal era claro: una transferencia de responsabilidad. Una madre desesperada pasando el cetro de la protección a una niña de ocho años. El cuaderno que encontré bajo la tabla del suelo confirmó lo peor. No eran anotaciones paranoicas. Era un archivo meticuloso. Nombres, fechas, patrones de desaparición, esquemas de flujo de dinero hacia cuentas en las Islas Caimán y Suiza. Y en la última página, un dibujo: un reloj de arena donde la arena superior eran rostros jóvenes, y la inferior, mariposas con las alas rotas.
Confronté a Amelia. No con rabia, sino con la frialdad de un abogado presentando evidencia irrefutable.
-¿Qué pretendías hacer con esto?-pregunté, sosteniendo el cuaderno abierto.
Ella, de pie en medio de nuestro dormitorio, con la luz de la luna bañando su rostro ya un poco más delgado, me miró con una tristeza que era un veredicto.
-Darte una última oportunidad, Albert-dijo, su voz sorprendentemente firme-. La oportunidad de ser el hombre del martillo y la roca, no el hombre del veneno y la mentira. De romper este sistema desde dentro conmigo, no de ser su carcelero jefe.
-Estás enferma, Amelia-respondí, recurriendo al guión que Tiberio y yo habíamos escrito-. Estas ideas... son producto del estrés, de la sobrecarga. Los médicos...
-¡Los médicos que tú pagas!-estalló entonces, y fue la primera vez en años que alzaba la voz contra mí-. ¡El té "para los nervios" que huele a digitalis! ¡Las becas que son subastas! ¡Los "viajes de estudios" de donde nadie vuelve! ¿Crees que no sé? ¿Crees que no he visto la mirada de Tiberio cuando habla de "reubicaciones"?
Su perspicacia me dejó sin aire. No era paranoia. Era observación pura, el mismo don que la hacía capturar la esencia de un rostro en un lienzo. Había conectado los puntos mejor que muchos de mis investigadores.
-Todo lo que hago-dije, y mi voz sonó hueca incluso para mí-. Es proteger este jardín. A ti. A Arek.
-¡Este no es un jardín, Albert, es un invernadero de la Fundación Ramses!-gritó, las lágrimas rompiendo finalmente la presa-. Y nosotros no somos las flores. Somos los guardianes podridos que riegan con veneno para que los verdaderos coleccionistas elijan sus trofeos. Tú elegiste ser el jardinero. Yo no elegí ser la rosa envenenada.
La pelea duró horas. Recriminaciones, verdades a medias, confesiones veladas. Le hablé del peso de la herencia Ríos, de la red de poder que nos estrangulaba si nos movíamos, de la necesidad de mantener las apariencias para que algún día, tal vez, Arek pudiera ser libre con las herramientas que le dábamos.
-¿Herramientas?-ella rió, un sonido amargo y quebrado-. Le estás dando las llaves de una prisión y llamándolas un reino. Le enseñas a podar, no a crecer.
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Editado: 16.01.2026