Capítulo 8: Libertad bajo el manto de invierno.
🎧Breathe Me – Sia
Amelia.
La claridad llegó como un rayo de luna atravesando el vidrio opaco de la digoxina. No fue gradual. Fue un despertar violento a las 2:47 AM, el corazón latiendo con una regularidad que no sentía desde hacía meses, la mente despejada de la niebla dulzona que Tiberio llamaba "estabilización". Sabía, con la certeza con la que conocía los puntos de fuga en un lienzo, que era el último respiro. El veneno se retiraba para darme una última hora de lucidez, como un verdugo que ofrece un cigarrillo final al condenado.
Me levanté de la cama sin hacer ruido. Albert dormía de espaldas, su respiración era un metrónomo perfecto en la oscuridad. Lo observé, este hombre que había sido mi experimento, mi amor, mi carcelero. La ira había muerto hacía semanas. Solo quedaba una tristeza tan vasta que ya no dolía, pesaba. Cómo llevar el mar en los pulmones.
En el baño, bajo la luz fría del espejo, me vi. Los ojos hundidos, la piel pálida como papel de arroz, las manos que una vez sostuvieron martillos y pinceles con igual firmeza, ahora temblaban ligeramente. Me toqué el cuello donde el médico dijo que el "desequilibrio hormonal" había causado esa pérdida de peso. Mentiras. Todo mentiras.
El estudio olía a mí todavía. A trementina y a óleo rancio, a la tierra seca de las macetas donde durante meses había vertido el té envenenado cuando Albert no miraba. En el cajón de pinceles, en el fondo falso que él nunca revisaría (demasiado desordenado para su mente ordenada), encontré lo que buscaba: el frasco de pastillas blancas que el Dr. Vance llamaba "suplementos nutricionales". Digitalis purificada. Un corazón artificial en forma de píldora.
Tomé diez. No por efectividad, sino por simbolismo. Ocho años desde que nació Arek. Dos años desde que el jardín empezó a secarse.
Luego me senté en el viejo taburete de madera, el mismo del experimento del martillo, y saqué tres sobres de papel de acuarela que había escondido entre las telas.
Para Arek (sobre azul, el color de sus ojos cuando era bebé):
"Mi querido sol,
Si lees esto, he elegido convertirme en semilla. Los jardineros creen que controlan todo, pero se olvidan que hasta la semilla más pequeña puede partir el cemento.
Te amo más que a todos los colores del mundo juntos. Más que al azul cobalto de tus ojos que vi por primera vez al verte llegar a este mundo, más que al amarillo del sol que pintabas en tus dibujos. Por favor, nunca creas que esto fue por ti. Fue por ti, pero no por culpa tuya.
Tu padre vive en una torre de números y deberes. Ámalo, pero no sigas su camino. Él cree que los muros protegen. No ve que también se ahoga.
Recuerda siempre:
1. El sol nunca debe estar enjaulado.
2. Las raíces fuertes a veces crecen en tierra envenenada.
3. Rompe algo alguna vez, solo para ver qué hay dentro.
Te dejo mi corazón en cada semilla que plantes.
Con todo el amor del universo,
Mamá."
Para Albert (sobre gris, el color de sus trajes):
"Albert,
¿Recuerdas el sonido de la roca al partirse? Ese crujido seco, satisfactorio, de algo que se rompe para revelar su verdad. Ese fue el sonido de mi corazón rompiéndose hoy.
No te odio. Te lamento. Lamento al joven del martillo, al hombre que podría haber sido fuego y eligió ser hielo. Lamento que hayas creído que podrías podar mi alma como se podan las ramas muertas.
El té con digitalis. Las mentiras sobre mis 'nervios'. El cuaderno que robaste. Lo sé todo. Y lo perdoné todo, hasta que el perdón empezó a envenenarme también.
Cuida a nuestro hijo. No lo conviertas en otro guardián de jardines ajenos. Déjalo ser tierra, o fuego, o incluso maleza. Pero no otro jardinero.
Te amé hasta que el amor se volvió veneno. Perdóname por elegir mi libertad.
Adiós, mi jardinero fallido.
Amelia"
Para Selene (sobre rojo oscuro, el color de las amapolas):
"Selene,
Eres la niña más vieja que he conocido. Por eso te escribo como a una igual.
La promesa que me hiciste es ahora tu responsabilidad. Arek será brillante, lógico y profundamente solo. Será como su padre, pero con una grieta que tú conoces: la grieta que dejó su madre.
No lo protejas encerrándolo. Protégelo dándole herramientas para romper sus propias cadenas. El martillo que te di está en el jardín, bajo la tercera piedra a la izquierda del manzano. Dáselo cuando tenga edad de entender.
Y cuídate tú también, niña sombra. No dejes que el deber eclipse tu humanidad.
Amelia"
Firmé las cartas con el mismo lápiz de grafito que usaba para mis bocetos. Luego me quité las alianzas: la de boda, la que Albert me dio cuando nació Arek. Las puse sobre la carta de él. En mi cuello, me coloqué la pulsera del sol enjaulado que había hecho para Selene. Una copia. Un símbolo.
Miré el reloj de péndulo del estudio: 3:17 AM. La hora del experimento. La hora en que, años atrás, un joven llamado Albert Ríos había llegado puntual a mi taller a romper una roca.
Tomé las sábanas de seda que Albert me había regalado en nuestra luna de miel en los Alpes. Seda blanca, inmaculada, carísima. Las que él insistía en usar porque "lo ordinario es ineficiente". Con manos que ya empezaban a entumecerse (las pastillas haciendo efecto), las anudé. Un nudo que aprendí de mi abuelo marinero. Fuerte. Definitivo.
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Editado: 16.01.2026