Un refugio para su corazón

Capítulo 2: El veterinario malhumorado

Con un suspiro empujó la puerta de cristal y entró.

El recibidor era pequeño y limpio. Una chica joven con coleta y bata azul la miró desde el mostrador.

—Hola, ¿tiene cita? —preguntó la joven.

—No —dijo Daniela, mostrando a Tornado—. Es una emergencia. Se ha lastimado la pata y…

—¿Y esa cabra? —La joven señaló a Matilde, que acababa de colarse por la puerta como si fuera la dueña del local.

—Ah, ella se acaba de convertir en mi apoyo emocional —improvisó Daniela; ni siquiera se había dado cuenta de que el animalito la había seguido hasta allí.

—Aquí no admitimos cabras sueltas.

—No está suelta. Ella viene conmigo.

La joven arqueó una ceja. Luego suspiró y miró hacia el fondo del pasillo.

—Voy a avisar al jefe. Pero le advierto: está de mal humor. Bueno, siempre está de mal humor, pero hoy más.

Desapareció detrás de una puerta. Daniela aprovechó para sentarse en la única silla de la sala, con Tornado acurrucado en su regazo y Matilde masticando el borde de un cartel de “Prohibido fumar”.

—Por favor —susurró al perro—, que sea amable y que haga bien su trabajo.

La puerta se abrió y apareció el veterinario.

Era un hombre alto y moreno. Tenía una barba de dos días que en cualquier otro hombre sería descuido y en él parecía estudiada; de hecho le quedaba y le hacía ver más atractivo, y con esos ojos grises. Llevaba una bata blanca impecable sobre una camisa negra que hacía juego con la expresión de su rostro. “No te acerques porque no estoy de buenas”.

—Usted es la del refugio —dijo. No era una pregunta, era casi una acusación.

«Vaya, qué forma extraña de presentación», pensó Daniela.

—¿Nos conocemos? —preguntó, aunque ya sospechaba que no. Pero quería ver si al menos se presentaba como un ser humano normal.

—No. Pero me han llegado rumores de que ha llegado al pueblo una urbanita. La cual Rosario dejó a cargo del refugio para que lo salve, aunque lo dudo… —La miró de arriba abajo, deteniéndose en la mancha de barro de su rodilla, la cabra que ahora mordía la pata de la silla y el perro tembloroso en sus brazos—. Supongo que quiere que le arregle esto.

Señaló a Tornado con un gesto tan brusco que el pobre animal escondió aún más la cabeza.

Daniela sintió cómo subía la sangre a las mejillas; no era vergüenza, sino por algo diferente.

«Pero… ¿quién se cree que es este tipo?»

—Mire, no sé quién es usted ni por qué tiene tanta prisa por atenderme para echarme mientras me juzga —dijo, notando que su voz temblaba ligeramente por la indignación—, pero este perro tiene la pata hinchada y necesita ayuda. Si no quiere atenderlo como es debido, dígalo ahora mismo y buscaré otro veterinario. Aunque tenga que irme a la ciudad.

El hombre le sostuvo la mirada. Cinco segundos, o hasta más, sin parpadear.

«Idiota», pensó ella. «Engreído y soberbio. Seguramente también mal veterinario.» Luego, sin decir palabra, se acercó, le arrancó a Tornado de los brazos, sin miramientos, como si ella no existiera, y se lo llevó a la sala de observación. Allí lo depositó en la mesa de exploración con una brusquedad que hizo que Daniela contuviera el aliento.

—¿Nombre? —preguntó, mientras palpaba la pata con dedos expertos. Daniela lo había seguido hasta ahí. —Daniela Méndez.

—Del perro —dijo, sin levantar la vista.

—Ah. Tornado.

Él levantó una ceja. Pero no dijo nada, solo el gesto que dejaba claro que le parecía ridículo el nombre.

—Lo sé, tal vez suena raro —añadió ella, aunque no tenía por qué justificarse, y menos darle explicaciones a un completo desconocido. Él no respondió. Siguió palpando en silencio. El perro gimió bajito.

—Está quieto, Valiente —dijo Daniela sin pensar.

—¿Valiente? —Él la miró con el ceño fruncido—. ¿No había dicho Tornado hace un momento? —Lo he cambiado. Ahora es Valiente. Porque, viéndolo bien ahora, me doy cuenta de que tiene mucha valentía, a pesar de tener miedo. Y eso sin contar por todo lo que seguro ha pasado solito.

Él soltó un bufido. No era una risa. Era más bien qué tontería. Pero guardó silencio mientras revisaba al animalito. Después de unos minutos, le informó.

—Es una torcedura. Ocupará reposo, un antiinflamatorio y que no corra. —Le lanzó una mirada—. Aunque, por la pinta, este perro no ha corrido en su vida.

—¿Cuánto le debo? —preguntó Daniela, sacando su cartera. Quería largarse de allí cuanto antes.

—Nada. Es la primera vez. La próxima, saque cita previa y ahí Lola le cobrará —señaló hacia la recepción. —¿Y cuando sea una emergencia? —Las emergencias se pagan el doble. «¿El doble?» Daniela apretó la mandíbula. «Menudo aprovechado.»

Daniela abrió la boca para responder con algo ácido, pero en ese momento Matilde decidió que ya había masticado suficiente cartelería y se coló por el pasillo hacia la zona privada.

—¡La cabra! —gritó Lola desde el mostrador.

—Ahora me encargo de ella —dijo Daniela, aunque no tenía ni idea de cómo iba a hacer que la obedeciera.

El veterinario cerró los ojos, inspiró hondo y contó hasta tres. Cuando los abrió, la miró como si ella fuera la causa de todos sus males.

—La próxima vez que venga, deje la cabra en casa. Y llame antes. ¿Lo ha entendido?

—No prometo nada —respondió Daniela, más por orgullo que por convicción.

Se acercó a la mesa para tomar de nuevo a Valiente. Lo abrazó contra su pecho y, antes de irse, añadió:

—Por cierto, soy sobrina de Rosario, Daniela Méndez. No sé si era cercano a ella.

El hombre se quedó inmóvil. Sus dedos, que estaban guardando una jeringa, se detuvieron en el aire.

—¿Tú eres la sobrina de Rosario? —Su voz había cambiado. No era más amable, pero sí más intensa.

—Sí. Muchos me dicen Dani. Fue a mí a quien le dejó su vida, así solía llamar al refugio.

Él la miró como si la viera por primera vez. Pero no era calidez lo que asomaba en sus ojos. Era algo más parecido a la advertencia.




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