Un refugio para su corazón

Capítulo 3: Cita previa

Daniela caminó de regreso al refugio con Valiente en brazos, Matilde trotando detrás y la tarjeta de Iker Castro ardiendo en el bolsillo trasero de sus pantalones.

No había querido cogerla.

De hecho, había estado a punto de devolvérsela a Lola con un "no gracias, prefiero que mi perro se cure solo". Sin embargo, algo la detuvo. Algo que odiaba admitir.

Era el único veterinario del pueblo.

Y ella, ahora, tenía un refugio. Con animales y que era muy probable que se enfermaran. Aparte de eso, necesitaban vacunas, revisiones, y tal vez emergencias. Y ese hombre, por mucho que le disgustara, era la única opción que tenía a menos de treinta kilómetros a la redonda.

—Mala suerte —murmuró mientras atravesaba la verja medio caída del refugio—. Mala, mala, malísima suerte.

Matilde hizo un sonido extraño, que incluso parecía estar de acuerdo con aquello.

Dejó a Valiente en una jaula improvisada, con una manta limpia y un cuenco de agua fresca. El perro movió la cola más de una vez, y luego se acurrucó en un rincón.

—Mañana te traigo comida mejor —le prometió Daniela, acariciándole la cabeza—. Y un juguete. O algo. No sé qué les gusta a los perros. Tendré que aprender.

Se incorporó y miró a su alrededor.

El refugio era un desastre. Una ruina. Había jaulas oxidadas, tejas rotas, una fuente seca llena de hojas muertas y un olor a humedad que parecía haberse instalado allí para quedarse.

—Tía Rosario, ¿cómo pudiste dejar que esto llegara tan lejos? —preguntó en voz alta, aunque sabía que nadie iba a responderle.

Fue entonces cuando vio la libreta.

Estaba en una estantería medio arruinada, al lado de una pila de facturas amarillentas y un clip con forma de patita. La cogió y la abrió. Era el diario de cuentas de su tía.

10 de marzo: Vacunas: 120€. Donativos: 45€. Estoy en números rojos otra vez.

15 de mayo: El ayuntamiento dice que la valla no cumple normativa. Que la cambie. Con qué dinero, si ellos no ayudan.

1 de agosto: Iker vino a revisar a los gatos. No quiso cobrarme. Me dijo que ya no volvería. Le duele venir aquí. Pobre chico. Algún día me contará por qué.

Daniela frunció el ceño y leyó la última anotación otra vez.

Le duele venir aquí.

—¿Por qué le dolería? —musitó.

Pero la libreta no tenía más respuestas. Solo números rojos, quejas contra el ayuntamiento y un par de recetas de magdalenas escritas en los márgenes con letra temblorosa.

Cerró la libreta y la apretó contra su pecho.

—Voy a arreglar esto, tía. Te lo prometo.

[***]

A la mañana siguiente, Daniela se levantó con el sol a todo su resplandor. No durmió bien. La litera donde se había acomodado era incómoda, Matilde se había colado en la habitación y había pasado la noche masticando la correa de su maleta, y cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Iker Castro mirándola con esa mezcla de desprecio y advertencia.

Caótica, había dicho de su tía.

Preparó café en la cocina oxidada, le dio de comer al perro (pan duro remojado en leche, porque no tenía otra cosa) y ató a Matilde a un poste del patio con la correa medio desgastada.

—Hoy no vienes conmigo —le dijo a la cabra, que la miró con ojos de ya veremos.

Daniela suspiró. Iba a necesitar más paciencia. Y más cafeína.

[***]

Volvió a la clínica veterinaria.

Esta vez no llevaba ningún animal o acudía a una emergencias. Solo ella, una agenda en la mano y la determinación de conseguir un veterinario para el refugio, aunque tuviera que tragarse su orgullo para lograrlo.

Lola la recibió con la misma sonrisa amable del día anterior.

—Hola de nuevo. ¿Ha venido a pedir cita para los otros animales?

—Sí. Tengo tres gatos y un perro más. Necesito revisión completa, vacunas y… —consultó su agenda— saber cuánto me va a costar todo.

La chica del mostrador asintió y comenzó a teclear en el ordenador.

—El jueves a las cuatro tenemos un hueco. ¿Le va bien

—Perfecto.

—Y sobre el precio… —Lola bajó la voz—. El jefe suele hacer descuento para refugios. Pero no le diga que se lo he dicho yo.

Daniela arqueó una ceja.

—¿Descuento? ¿Ese hombre hace descuentos?

—No, pero Rosario era especial para él. Y usted es su sobrina. Tal vez…

—No quiero que me haga descuentos por lastima. —La voz de Daniela se endureció—. Ni por mi tía. Pagaré lo que toca.

Lola abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo.

La puerta del fondo se abrió.

Iker apareció en el marco, con la misma bata blanca, una camisa negra y esa expresión de pocos amigos.

—¿Otra vez? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular. Pero sus ojos grises se clavaron en Daniela como dos alfileres.

—Vine a sacar una cita, la del jueves —dijo Daniela, levantando la barbilla—. No se preocupe, no pienso quedarme más tiempo del necesario.

Él soltó un bufido.

—No me preocupa. Solo quiero saber si ha dejado la cabra en casa.

—Atada a un poste.

—¿Atada?

—Con una cuerda. Ah, y con suficiente comida como para que no se aburra y empiece a masticar lo que queda del refugio.

Iker la miró en silencio durante unos segundos. Luego, de eso se giró y le dio la espalda.

—Sea puntual, no llegue tarde el jueves —dijo antes de desaparecer, pero ya estaba caminando devuelta hacia el consultorio—. Y sin animales sueltos por la recepción.

La puerta se cerró tras él.

Daniela apretó la mandíbula.

«Que hombre tan insoportable», pensó.

Lola, que seguía de pie frente al mostrador, mientras la miraba, soltó un suspiro.

—Ya le dije que es así. No se lo tome como algo personal.

—No me lo tomo —mintió Daniela—. Solo que estoy pensando en mudar el refugio a otra ciudad. Con otro veterinario.

—No hay otro veterinario en menos de cuarenta kilómetros.

Daniela cerró los ojos.

—Lo sé —murmuró—. Por eso no he tirado su tarjeta, y es por eso que regresé.




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