El jueves llegó antes de lo que Daniela esperaba.
Había dedicado los días previos a limpiar jaulas, arreglar la verja con antiguos cuadros hallados en el cobertizo y aprender a preparar magdalenas. Las primeras le salieron quemadas por fuera y crudas por dentro. Las segundas, directamente, parecían piedras. Las terceras… bueno, las terceras al menos tenían forma de magdalena, aunque el sabor dejaba mucho que desear.
—Esto es más difícil de lo que parecía —murmuró, mirando la bandeja humeante con desilusión.
Matilde, que la había seguido hasta la cocina, metió el hocico en una de las magdalenas y la escupió inmediatamente.
—Ni tú te las comes —dijo Daniela—. Voy a tener que mejorar mucho antes del domingo.
Porque los domingos, según la carta de su tía, había que llevar magdalenas. A quién, no especificaba. Pero Daniela supuso que a todo el pueblo. O a nadie. O tal vez solo a ella misma para no sentirse sola.
Echó las magdalenas a la basura y se preparó un café.
A las cuatro en punto, estaba frente a la Clínica Veterinaria San Roque. Esta vez estaba ahí con una carpeta llena de papeles que había encontrado en el despacho de su tía: facturas, informes del ayuntamiento, una carta de donación de 2019 y un par de fotografías de Rosario con un gato naranja en brazos.
Entró.
Lola la recibió con un saludo alegre.
—¡Justo a tiempo! El jefe está en la consulta. Le quedan diez minutos. Siéntese, por favor.
Daniela se sentó en la misma silla de la semana anterior. Esta vez no había cabra masticando carteles, pero la espera se le hizo igual de larga.
A los doce minutos, la puerta del fondo se abrió.
Iker salió con las mangas de la bata remangadas y un perro salchicha en brazos. Detrás de él venía una mujer mayor que no paraba de darle las gracias.
—No se preocupe, doña Pilar. Solo es una alergia. Cambie la comida y en una semana estará como nuevo.
La mujer salió con el perro en brazos, lanzándole una última mirada de agradecimiento. Iker la despidió con un gesto seco y luego volvió sus ojos grises hacia Daniela.
—Pase.
No era una invitación. Era una orden.
Daniela se levantó, cogió su carpeta y lo siguió al fondo del pasillo. El consultorio era pequeño pero ordenado. Percibió un aroma a desinfectante y algo similar a la lavanda. “Igual que el refugio”, pensó ella.
—Siéntese —dijo Iker, indicando una silla de plástico situada frente a su escritorio.
Él no se sentó. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, apoyado en la esquina de la mesa.
—Dígame —soltó, sin preámbulos.
Daniela se sentó, colocó la carpeta sobre sus rodillas y respiró hondo. «No voy a permitir que me intimide».
—Necesito un veterinario para el refugio. Revisión completa de los animales que tengo, vacunas, desparasitaciones y una revisión general de las instalaciones para ver si cumplen con las normativas sanitarias.
—Eso cuesta dinero —dijo él.
—Ya lo sé.
—Y usted no tiene.
El golpe fue directo. Daniela apretó los dientes.
—Tengo algo de ahorros. Y mi tía dejó una cuenta del refugio. No es mucho, pero…
—No es suficiente —la interrumpió él—. Lo sé porque yo mismo le llevaba las cuentas a Rosario. Y sé que ese refugio lleva años en números rojos. Si no aparece un milagro, en tres meses tendrá que cerrar.
Daniela sintió cómo se le encogía el estómago.
—¿Tres meses?
—Tres, si aprieta el cinturón. Dos, si la cabra se come otra valla.
«¿Qué traía en contra de la pobre Matilde?», se preguntó.
El silencio entre ellos se hizo denso.
Daniela bajó la vista a sus manos. Las tenía apretadas sobre la carpeta, los nudillos blancos.
—No cerraré el refugio —declaró, manteniendo una voz firme a pesar del miedo interno—. Encontré la forma.
Iker arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa forma milagrosa?
—Una feria benéfica.
El silencio que siguió fue casi cómico. Iker la miró como si acabara de decir que iba a entrenar cabras para volar.
—¿Una feria? —repitió, manteniendo un tono tan suave que podría haber estado discutiendo sobre la predicción del tiempo.
—Sí. Habrá tómbola, puestos de comida, actuaciones, donaciones voluntarias…
—¿Y quién va a organizar todo eso? —la interrumpió—. ¿Usted? ¿Con cero experiencia en organización de eventos, cero contactos en el pueblo y cero presupuesto?
Ni siquiera la conocía, ¿cómo podía juzgarla a la primera? No obstante, ella no se inmuto.
—Aprenderé —respondió Daniela, levantando la barbilla—. Y para eso necesito ayuda.
Iker soltó un bufido.
—No cuente con la mía.
—No se la estoy pidiendo —mintió Daniela. En realidad, sí. Pero no iba a ceder tan fácilmente—. Solo necesito que atienda a los animales. Eso es todo. Lo demás lo haré yo.
Él la estudió durante unos segundos. Luego, sin decir nada, se dio la vuelta, tomó un bloc de notas y empezó a escribir.
Daniela lo miró, confundida.
—¿Qué hace?
—La lista de lo que necesita el refugio. Vacunas, antiparasitarios, material de curas, pienso… —No levantó la vista del papel—. Todo cuesta dinero. Y usted no tiene.
—Ya lo sé. Por eso he venido a pedirle presupuesto.
Él dejó de escribir y la miró fijamente. Esta vez, sus ojos grises no mostraban desprecio. Mostraban algo peor: advertencia.
—Le propongo un acuerdo, señorita Méndez.
Daniela se enderezó en la silla.
—¿Un acuerdo?
—Yo atiendo a los animales del refugio. Vacunas, revisiones, urgencias. Todo lo que necesiten. A precio de costo, sin ganancia.
Daniela abrió los ojos. Eso era mucho más de lo que esperaba de ese hombre.
—¿Y qué quiere a cambio? —preguntó, desconfiada. Nadie da algo por nada. Y menos un hombre como él.
Iker dejó el bloc sobre la mesa.
—Quiero que no me vuelva a pedir nada más. Que no me llame para donativos, que no me pida que vaya al refugio, que no me pida que ayude en la feria, tampoco me pida que sea amable con nadie y, mucho menos, que salga en fotografías. ¿Entendido?