Pasaron diez días antes de que Daniela volviera a ver a Iker Castro.
Diez días de papeleo, limpieza, llamadas al ayuntamiento y magdalenas cada vez más decentes. Las últimas habían salido esponjosas, doradas, casi perfectas. Matilde se las comió sin rechistar. Daniela lo consideró un triunfo.
El refugio seguía estando muy desordenado, pero ya no parecía un basurero. Las jaulas estaban limpias, la verja estaba sujeta (con alambre y mucha fe) y la fuente seca había sido vaciada de hojas muertas. Solo quedaba una cosa pendiente: la inspección del ayuntamiento.
Llegó el miércoles por la mañana, sin avisar.
Daniela estaba en el patio, cepillando a Valiente (que ya movía la cola con más confianza y ladraba cuando alguien se acercaba a la verja), cuando vio aparecer un coche oficial con el escudo de Villaflores.
—No puede ser —murmuró.
Del coche bajaron dos hombres. Uno mayor, de bigote poblado y expresión de pocas bromas. Otro más joven, con una carpeta en la mano y una cara de aburrimiento.
—¿Señorita Méndez? —preguntó el mayor—. Soy Torres, del Departamento de Urbanismo. Venimos a hacer la inspección anual del refugio.
—No estaba avisada —dijo Daniela, levantándose y dejando el cepillo en una silla.
—No tenemos obligación de avisar. Es una inspección sorpresa.
—Me imagino.
Respiró hondo. No estaba preparada. La valla seguía siendo ilegal, el tejado tenía tejas sueltas y el sistema de ventilación de las jaulas era, básicamente, abrir las ventanas cuando hacía buen tiempo.
Pero no iba a rendirse sin pelear.
—Adelante —señaló el interior dejándolos pasar—. Les enseño yo misma.
El recorrido duró veinte minutos. Torres anotaba todo en una libreta. El joven tomaba fotografías. Daniela respondía cada pregunta con la calma que no sentía.
—La valla no respeta las regulaciones —concluyó Torres al final—. El tejado necesita reparación urgente. Y la zona de cuarentena para animales enfermos no existe.
—Estoy trabajando en ello —dijo Daniela, apretando la mandíbula.
—¿Dispone del presupuesto? Porque sabemos…
Esa fue la pregunta que le atravesó el pecho; sin embargo, no los dejó continuar.
—Con mis ahorros —mintió—. Y con ayuda del pueblo.
Torres la miró por encima de sus gafas de lectura.
—Tiene quince días para presentar un plan de adecuación. Si no cumple los requisitos mínimos, el refugio será clausurado.
—Lo entiendo.
—Si es clausurado —añadió Torres, cerrando su libreta—, los animales pasarán a manos del centro de acogida provincial. Ninguno será sacrificado, pero tampoco podrá usted quedarse con ellos.
Daniela asintió sin decir nada. Las palabras “centro de acogida provincial” sonaron en su cabeza como una sentencia de muerte.
Cuando los dos hombres se fueron, se quedó en medio del patio, con Valiente pegando el hocico a su pierna y Matilde mirándola desde la puerta del cobertizo.
—Quince días —susurró—. Dos semanas para lograr un milagro. Tal como él lo dijo.
[***]
Esa misma tarde, Daniela se presentó en la clínica veterinaria sin cita previa.
Una vez más, llevaba la carpeta llena de papeles y una fuerte decisión que le ardía por dentro.
Lola levantó la vista del mostrador y abrió la boca para saludarla, pero Daniela se le adelantó.
—Necesito hablar con él. Ahora.
—Está en consulta, no puede…
—Es urgente.
Lola la miró un instante, luego asintió y desapareció por el pasillo. Al minuto volvió.
—Pase. Pero no diga que no se lo advertí.
Entró en la consulta. Iker estaba de espaldas, limpiando una bandeja de instrumental. Llevaba la bata blanca manchada de algo que parecía sangre seca y el pelo más revuelto de lo habitual.
—No tiene cita —dijo él, sin volverse—. Y no atiendo sin cita.
—Eso también ya me lo dejó claro. Pero esto es una emergencia.
Se produjo un silencio.
—Es acerca del refugio —prosiguió ella cuando se percató de que no iba a convencerlo.
Él se giró entonces. La observó de pies a cabeza: las manchas de barro en los jeans, el rostro fatigado, las ojeras de alguien que no descansa bien.
—Supongo que es por la inspección, ya me enteré. El pueblo es pequeño y Torres no sabe callarse.
Daniela parpadeó.
—¿Ya lo sabe? ¿Él se lo contó?
—Fui a tomar un café en la cafetería de don Emilio. Él llegó allí después de la inspección. Eso sin mencionar que el dueño de ese sitio tiene la lengua más larga de la región. Así que sí. Lo sé.
—Entonces también sabe que tengo quince días para arreglar el desastre.
—También sé sobre eso.
—Y quince días no son nada.
—Tampoco es mi problema.
La frase fue clara y al grano. Igual que el día del trato.
Daniela apretó los dientes.
—No le estoy pidiendo que me ayude. Le estoy pidiendo que me dé un presupuesto para adecuar la zona de cuarentena. Para eso sí necesito un veterinario, ¿o también se va a escudar en que no es su problema?
Iker la miró sin pestañear.
—¿Has traído los planos del refugio?
—¿Los qué?
—Los planos. Las medidas de las habitaciones. El número de animales. Cualquier cosa que sirva para calcular lo que necesitas.
Daniela abrió la boca y luego la cerró otra vez. No había traído nada de eso. Solo la carpeta con las facturas viejas y el informe del ayuntamiento.
—No lo pensé antes —admitió, sintiendo cómo le subía la sangre a las mejillas.
—Pues empieza por ahí —dijo Iker, volviéndose a su bandeja de instrumental—. No se puede hacer un presupuesto sin saber qué se debe incluir. Aparenta ser el primero de la carrera, pero personas como tú siempre lo olvidan.
—¿Gente como yo? —Daniela sintió que la indignación le hervía por dentro.
—Urbanitas que creen que salvar el mundo se hace con buenas intenciones y poco más. La realidad es difícil de aceptar, señorita Méndez. Los animales necesitan comida, no buenos deseos. El refugio necesita dinero, no magdalenas. Y usted necesita organizarse, no aparecer aquí sin papeles esperando que yo resuelva sus problemas.