Un refugio para su corazón

Capítulo 6: Cuentas claras, cara amargada

El fin de semana llegó envuelto en lluvia fina y un frío que se colaba por las rendijas del refugio.

Daniela pasó el sábado ordenando el pequeño despacho de su tía. Había papeles por todas partes: facturas amarillentas, recibos de donativos, una carta de un proveedor que pensó ya no existía y tres agendas llenas de apuntes incomprensibles.

Matilde la observaba desde la puerta, masticando una esquina de la cortina.

—Eso no se come —le dijo Daniela, sin mucha esperanza.

Valiente, que ya se atrevía a seguirla a todas partes, se tumbó a sus pies con un suspiro de satisfacción.

Fue entonces cuando encontró el sobre.

Estaba en el cajón inferior, debajo de una pila de revistas de animales. Era de color marrón, sin remite, y tenía el sello de una clínica veterinaria. Pero no la de Iker. Una de la ciudad.

Lo abrió.

Dentro había una factura pagada. Fecha: tres meses atrás. Concepto: cirugía de urgencias para una perra atropellada. Importe: 1.200 euros. Pagado al contado.

Daniela frunció el ceño.

Buscó en los recibos de ese mes. No aparecía ningún ingreso que cubriera esa cantidad. Rosario apenas tenía 300 euros en la cuenta del refugio.

—¿Quién pagó esto? —preguntó en voz alta.

La cabra la vio medio raro, pero no hizo ningún sonido.

Siguió rebuscando y encontró más sobres similares. Facturas de vacunas, de consultas, de medicamentos. Todas pagadas. Todas sin remite. Todas con la misma letra pequeña en el margen: "No hace falta que me lo devuelvas. Cuida a los animales."

—No puede ser —murmuró, con una expresión incrédula.

La última de las facturas llevaba la fecha más reciente: una semana antes de que Rosario muriera. También estaba pagada.

Daniela se quedó mirando el montón de papeles, con el corazón encogido.

Alguien había estado financiando el refugio en secreto. Alguien que no quería dar la cara, porque al parecer no había un nombre escrito.

Pero ese alguien, pensó mientras guardaba las facturas en una carpeta nueva, no podía ser muy difícil de identificar. En Villaflores no había muchas personas con dinero para gastar miles de euros en un refugio sin ánimo de lucro.

—¿Iker Castro? —susurró.

Sin embargo, no tenía pruebas. Solo corazonadas.

[***]

El domingo por la mañana, Daniela se armó de valor y fue al restaurante-cafetería de Don Emilio.

Necesitaba hablar con alguien que conociera el pueblo. Y Don Emilio, según Lola, lo sabía todo de todos.

El lugar era pequeño, con mesas de madera desgastadas y un olor a café recién hecho que invitaba a quedarse. El dueño, un hombre de pelo cano y barba prominente, la recibió con una sonrisa.

—Tú eres la sobrina de Rosario, ¿verdad?

—Sí, ¿cómo adivino? Soy Daniela.

Le tendió la mano en modo de saludo.

—Ya me lo imaginaba, aparte de que tienes un parecido a Rosario —respondió mientras le regresaba el saludo—. Tienes sus mismos ojos. Y su misma manía de morderte el labio cuando estás nerviosa.

Daniela se obligó a relajar la boca cuando oyó eso.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Claro, hija. Siéntate.

Pidió un café y se sentó en la mesa de la esquina. Don Emilio la acompañó con su propia taza.

—¿Conocía bien a mi tía?

—De toda la vida. Era como una hermana para mí. Y para muchos otros también.

—¿Sabía que alguien pagaba sus facturas?

Emilio arqueó una ceja.

—¿Facturas?

—Del refugio. He encontrado facturas pagadas que no aparecen en sus cuentas. Alguien las pagó en efectivo, sin dejar nombre.

El hombre guardó silencio durante un largo rato. Bebió un sorbo de su café, tamborileó los dedos sobre la mesa.

—Rosario nunca hablaba de dinero —dijo al fin—. Pero sé que al final le costaba llegar a fin de mes. No me imagino quién pudo haberla ayudado. Tal vez alguien del pueblo. O quizás… —Se encogió de hombros—. Tal vez prefieras no saberlo.

—Pero entonces si sabe algo.

Don Emilio la miró con una mezcla de cariño y advertencia.

—Hay cosas que es mejor dejar quietas, Daniela. No todo lo que brilla es oro. Y no toda la ayuda viene de quien parece.

Daniela no insistió. Pero guardó aquellas palabras en un rincón de su memoria.

[***]

El lunes por la tarde, Daniela volvió a la clínica. Llevaba los planos, medidas y un censo de animales actualizado.

Iker la recibió con el mismo ceño fruncido de siempre.

—Veo que aprendiste la lección —dijo, hojeando los papeles.

—No me gusta perder el tiempo.

—Ni a mí.

Se sentaron en la consulta. Iker repasó los planos con rapidez, señalando aquí y allá las zonas que necesitaban reformas.

—La zona de cuarentena tiene que estar separada del resto. Una habitación aparte, con su propio sistema de ventilación. Eso puede costar mucho dinero.

—¿Cuánto?

—Depende de si sabes hacer las cosas tú misma o tienes que contratar a alguien.

—Puedo aprender.

Él levantó la vista.

—¿Sabes poner una ventana?

—No.

—¿Sabes instalar un extractor?

—Tampoco.

—Pues entonces tendrás que contratar a alguien.

Daniela suspiró y anotó en su libreta.

—¿Algo más?

—El suelo. Tiene que ser de material lavable. Nada de cemento poroso.

—Eso también lo apunto.

Estuvieron así casi una hora. Iker dictaba requisitos; Daniela escribía. No había conversación de nada más que de datos. Números y presupuestos imposibles.

Cuando terminaron, Daniela tenía la libreta llena de anotaciones y la cabeza hecha un lío.

—Gracias —dijo, guardando todo en su mochila.

—No me des las gracias. Es parte de mi trabajo.

—Lo sé. Pero aun así te lo agradezco.

Se levantó y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Iker, ¿usted pagaba las facturas de mi tía?

En ese instante, el silencio se hizo pesado. Él dejó de escribir.

—¿Qué?

—He encontrado facturas pagadas en el despacho. Facturas de clínicas, de medicamentos y de cirugías. Todo pagado al contado. Pero sin un remite. La única persona que conozco que tiene dinero para eso y que conocía muy bien a mi tía eres tú.




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