Un refugio para su corazón

Capítulo 7: El primer favor no pedido

Daniela llevaba dos días pegando carteles por todo el pueblo.

La feria "Patitas al rescate" estaba a diez días, y aún no tenía confirmación del veterinario. Iker Castro no aparecía por ningún lado. No respondía al teléfono (ella había llamado tres veces, todas al contestador). Y Lola, en la última visita, le había dicho entre dientes: "Está de obra en su casa. No quiere que le molesten."

Así que Daniela decidió molestarle.

ncontró la dirección en el listín telefónico del ayuntamiento (sí, todavía existían esas cosas en Villaflores). Era una casa de piedra a las afueras, con un jardín descuidado y un coche viejo aparcado en la entrada. El mismo coche que, según Lola, Iker había comprado después de vender el suyo para pagar las facturas del refugio.

Daniela aparcó su bicicleta (la única forma de moverse por el pueblo sin gastar gasolina) y tocó el timbre.

Nadie abrió.

Tocó otra vez. Nada.

—Está en el jardín trasero —dijo una voz a sus espaldas.

Era una vecina mayor, con un delantal de flores y un gato en brazos.

—Lleva toda la mañana arreglando la valla. Pero no se acerque mucho que está de un humor... —La vecina hizo un gesto con la mano que significaba explosivo.

Daniela la agradeció y rodeó la casa.

El jardín trasero era un caos ordenado: herramientas esparcidas, tablones de madera, un martillo sobre una escalera. Y en medio de todo, estaba Iker, con unos jeans viejos manchados de pintura y una camiseta gris que llevaba un agujero en el hombro.

Estaba de espaldas, clavando un clavo en la valla. No la oyó llegar.

—Buenos días —dijo Daniela, desde una distancia prudencial.

Iker se giró como si le hubieran disparado. El martillo se le escapó de la mano y cayó al suelo con un golpe sordo.

—¿Qué demonios haces aquí? —su voz era un rugido contenido.

—He llamado a la clínica y no respondías. También me enteré que no habías ido hoy. Así que he preguntado tu dirección en el ayuntamiento.

—El ayuntamiento no debería dar direcciones sin permiso.

—Al parecer la secretaria era amiga de mi tía.

Iker apretó la mandíbula. Tomó el martillo del suelo y lo dejó sobre un tablón, con cuidado de no mirarla.

—¿Qué quieres?

—Hablar de la feria. Necesito que estés presente.

—De ninguna manera.

—Aún no he dicho de qué se trata.

—Me da igual. La respuesta es no. Ya te lo dije en la clínica. Y en el teléfono. Y en el contestador que dejaste tres veces.

Daniela se acercó un paso. Él retrocedió medio. Como si ella fuera un animal peligroso.

—He pensado que no tienes que estar todo el día. Solo una hora. A la hora de la comida, cuando la gente está más relajada. Respondes preguntas, das algún consejo, y te vas.

—No.

—¿Ni siquiera lo harías por los animales? Sabes que si la feria sale bien, el refugio puede sobrevivir. Si no, cierra. Y los animales se van al centro provincial.

Iker se quedó callado. Sus manos, apoyadas en los tablones, se tensaron.

—Manipulación barata —dijo al fin.

—Pero efectiva, por lo que veo.

Él la miró fijamente. El sol de mediodía le daba de lleno en la cara, y Daniela pudo verle las arrugas alrededor de los ojos. Pequeñas y profundas. De no reírse en años.

—Una hora —dijo, con una voz que parecía costarle un esfuerzo físico—. Una hora, y no pienso sonreír ni una sola vez para mostrarme empático con la gente.

—No te pido que lo seas sino quieres. Me conformo con que estés ahí.

—Y no pienso contestar preguntas personales.

Ella lo miró con una ceja alzada.

—¿Como cuáles?

—No sé. Las típicas. "¿Y usted por qué está soltero?" "¿Le gustan los animales más que las personas?". Ese tipo de tonterías.

Daniela no pudo evitar sonreír.

—De acuerdo. Solo preguntas sobre animales.

—Tambien sin animales sueltos por allí corriendo.

—Si, eso ya lo sé. No le agrandan los animales sueltos, cómo Matilde.

—Y sin…

—Iker —le cortó ella—. Una hora. Sin sonrisas, sin preguntas personales, sin animales sueltos. ¿Algo más?

Él abrió la boca, la cerró, y luego soltó un resoplido.

—Que te pongas crema solar. Se te está quemando la nariz.

Daniela se llevó la mano a la cara. Efectivamente, la nariz le ardía.

¿Acaso él se estaba preocupado por ella?

—Eso no es una condición —dijo.

—Es un consejo. Tómalo o déjalo.

Se giró, cogió el martillo y volvió a clavar el clavo que había dejado a medio camino. Esta vez con más fuerza. Como si cada golpe fuera una palabra que no quería decir.

Daniela se quedó un momento mirándolo. La camiseta gris, ajustada a los hombros, el agujero en el costado que dejaba ver un trozo de piel morena. El pelo revuelto, las manos fuertes agarrando el martillo, los brazos marcándose con cada movimiento. El sudor brillando en su nuca.

«Ay, Dios, pensó ella, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con el sol de mediodía».

Ya lo había notado el primer día, en la clínica. A pesar de su actitud de perro guardián enfadado, el hombre era atractivo. Muy atractivo. Pero allí, con aquella luz, vestido de forma tan informal… era peligrosamente atractivo.

No era el veterinario impecable de la bata blanca y la camisa negra. Era un hombre que arreglaba su propia valla con las manos, que se manchaba de pintura, que tenía un agujero en la camiseta y no le importaba. Y eso, para su desgracia, lo hacía aún más difícil de ignorar.

Concéntrate, Dani. Es un idiota. Un idiota atractivo, pero idiota.

Se obligó a mirar hacia otro lado.

—¿Cómo es que no te alcanza? —preguntó, sin pensarlo—. Un hombre con un negocio propio…

Él dejó de golpear y la miró con el ceño fruncido.

—¿El qué?

—El dinero. Para arreglar la valla, digo. Para pagar a un albañil.

Iker no respondió. Solo apretó los labios y volvió a clavar.

Pero Daniela ya había recordado. Había vendido su coche para pagar las facturas del refugio. Para salvar a los animales de su tía. Ese hombre, que se negaba a ayudarla con la feria, que la trataba como una molestia, que ponía pegas a todo… había vendido su propio coche por un lugar que ni siquiera era suyo.




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