Un Regalo De Navidad

1

Lucas

Odio la Navidad.

No es una exageración ni una frase lanzada por dramatismo; es un hecho tan firme como el frío que se cuela por las ventanas en diciembre. Odio las luces parpadeantes que parecen competir por atención, las canciones repetidas hasta el cansancio y esa obligación colectiva de sonreír como si el calendario tuviera el poder de arreglarlo todo.

Desde mi habitación puedo ver el jardín iluminado. Mi madre se empeñó en cubrir cada arbusto con luces doradas, como si así pudiera tapar el silencio incómodo que se instala en la casa cada año. Dice que la Navidad es para estar en familia, pero nadie menciona que algunas familias solo saben fingir que lo están.

Golpeo suavemente la ventana con los nudillos y resoplo. Falta una semana para Nochebuena y ya siento el cansancio de algo que ni siquiera ha comenzado.

—Este año será diferente —dijo mi madre esa mañana, con una sonrisa demasiado ensayada—. Vendrán los Thompson a pasar la Navidad con nosotros.

Genial. Más gente. Más ruido. Más risas forzadas.

No respondí. Nunca lo hago cuando se trata de estas fechas. Ella insiste, yo callo. Es una tradición tan vieja como el árbol artificial que guardamos en el ático y que sacan cada diciembre con la misma ilusión intacta… una ilusión que yo perdí hace tiempo, aunque no sabría decir exactamente cuándo.

Bajo las escaleras y el aroma a canela y naranja me golpea de frente. Galletas navideñas. Por supuesto. Mi madre tararea un villancico mientras mueve una bandeja caliente, y por un segundo me pregunto cómo puede estar tan convencida de que todo esto importa.

—Lucas, ¿puedes ayudarme a poner las esferas? —me pregunta sin mirarme, como si ya supiera que diré que no.

—Luego —respondo, tomando una manzana del frutero—. Tengo cosas que hacer.

No es del todo mentira. Siempre hay cosas que hacer cuando quiero evitar la Navidad.

Salgo de la casa antes de que pueda insistir. El aire frío me despeja la cabeza, aunque no lo suficiente como para borrar la sensación de fastidio que me acompaña desde que desperté. En el vecindario, las casas parecen competir por quién brilla más. Renos inflables, Papás Noel trepando balcones, coronas perfectamente colocadas en cada puerta.

Todo luce… feliz.

Camino sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y la capucha cubriéndome la cabeza. La gente pasa a mi lado cargando bolsas de regalos, riendo, deseándose “felices fiestas” como si fuera una contraseña obligatoria. Nadie pregunta si realmente lo son.

Para mí, la Navidad no es magia. Es ruido. Expectativas. Promesas que duran lo que dura el papel de regalo antes de romperse.

Recuerdo cuando era niño y todavía esperaba algo de estas fechas. Cuando creía que los regalos podían llenar espacios vacíos y que las cenas familiares significaban algo más que silencio disfrazado de cortesía. Supongo que todos dejamos de creer en algo en algún momento; yo solo dejé de creer en la Navidad.

Al volver a casa, la puerta está abierta y las risas llegan antes que las palabras. Los Thompson ya están aquí. Perfecto.

—¡Lucas! —exclama mi madre al verme—. Ven, saluda.

Lo hago por inercia. Apretón de manos, sonrisas educadas, nombres que olvidaré en cinco minutos. Y entonces la veo.

Emma.

Está sentada en el sofá, rodeada de cajas y cintas de colores, como si perteneciera naturalmente a ese caos festivo. Tiene una sonrisa fácil, de esas que no parecen forzadas, y cuando ríe lo hace con todo el cuerpo, como si la Navidad realmente fuera… lo que todos dicen que es.

Nuestros ojos se cruzan por un segundo. Ella inclina ligeramente la cabeza y me sonríe, una sonrisa genuina, sin saber —ni poder imaginar— lo poco que me gusta todo lo que nos rodea.

Aparto la mirada de inmediato.

—Este año haremos algo especial —anuncia mi madre, juntando las manos—. Un intercambio de regalos como amigos secretos.

Genial. Justo lo que necesitaba.

Siento un nudo formarse en el estómago. No por nervios, sino por resignación. La Navidad acaba de encontrar una nueva forma de involucrarme, y por primera vez en mucho tiempo, tengo la sospecha incómoda de que no será tan fácil escapar.

Vuelvo a mirar a Emma sin querer. Ella sigue sonriendo, hablando con entusiasmo sobre adornos, tradiciones y no sé cuántas cosas más. Representa todo lo que detesto de estas fechas.

Y, sin embargo, algo en mí —algo que creía congelado— se mueve apenas.

No. Niego mentalmente.

No pienso dejar que la Navidad me engañe otra vez.

Sigo de pie junto a la pared, observando la escena como si no formara parte de ella. Emma gesticula mientras habla, sus manos se mueven con entusiasmo y su voz destaca entre las demás. No sé exactamente qué dice, pero todos parecen escucharla con atención. Como si fuera imposible ignorarla.

—Lucas —dice mi madre de pronto—, siéntate con nosotros.

No es una invitación. Nunca lo es.

Me dejo caer en el sillón más alejado, cruzo los brazos y clavo la mirada en el árbol. Está cargado de adornos: estrellas, lazos rojos, pequeñas figuras que cuentan historias familiares que no me molesté en aprender. Siempre he pensado que el árbol es como la Navidad misma: demasiado decorado para ocultar lo vacío que puede estar alrededor.




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