Narrado por Emma
Siempre he creído que la Navidad revela quiénes somos en realidad.
Hay personas que se vuelven más amables, otras más nostálgicas… y luego está Lucas.
No necesitaba que dijera que odiaba la Navidad para notarlo. Lo supe desde el momento en que entró a la sala: la forma en que evitó las luces, cómo se sentó lejos de todos, como si el ambiente festivo fuera algo contagioso que debía mantener a raya. Era como una sombra en medio de tanto brillo.
Y, aun así, no pude dejar de mirarlo.
No porque fuera especialmente amable —no lo era—, sino porque había algo en su silencio que me intrigaba. Todos hablaban, reían, compartían recuerdos, y él parecía estar en otro lugar, uno donde la Navidad no existía o, peor aún, donde había dejado una marca demasiado profunda.
Cuando le pregunté si le gustaba la Navidad, esperaba una respuesta evasiva. Un “no mucho” o un encogimiento de hombros. Pero fue directo. Frío. Honesto.
No.
No me molestó. Me sorprendió.
La mayoría finge por educación. Lucas no.
Mientras los adultos hablaban del intercambio de regalos, yo jugueteaba con una cinta dorada entre los dedos, observándolo de reojo. No parecía incómodo por estar rodeado de gente, sino cansado. Como si llevara años soportando algo que nunca pidió.
Tal vez solo no has tenido una buena Navidad, le dije.
No para provocarlo. Lo pensé de verdad.
Su risa breve, sin humor, me confirmó que había tocado algo sensible.
Durante la cena, el ambiente fue cálido, lleno de historias y platos que solo se preparan una vez al año. Yo estaba feliz, como siempre. Me gustaba esa sensación de pausa, de saber que por unas horas el mundo podía sentirse un poco más amable.
Lucas apenas habló.
En algún momento nuestras miradas se cruzaron desde lados opuestos de la mesa. No apartó la vista de inmediato esta vez. Sus ojos eran oscuros, profundos, y había en ellos una tristeza que no combinaba con la fecha… ni con su edad.
Sentí un impulso extraño.
No de acercarme por curiosidad, sino por intuición.
Cuando anunciaron oficialmente el intercambio de regalos, vi cómo tensó la mandíbula. Como si aquello fuera una carga más que añadir a su lista. Yo, en cambio, estaba emocionada. Siempre me han gustado los regalos con significado, los que dicen pensé en ti incluso sin palabras.
No sabía, por supuesto, que su nombre había salido junto al mío.
Más tarde, mientras ayudaba a mi madre a recoger la mesa, lo vi solo otra vez, de pie junto a la ventana. Las luces del jardín se reflejaban en el cristal, rodeándolo de destellos dorados que él parecía ignorar por completo.
Me acerqué despacio.
—No tienes que fingir —le dije, rompiendo el silencio.
Lucas giró la cabeza, sorprendido.
—¿Fingir qué?
—Que te gusta estar aquí —respondí con suavidad—. Se nota cuando alguien no quiere estar en un lugar.
Por un segundo pensé que se molestaría. En lugar de eso, suspiró.
—No me gusta mentir.
Sonreí.
—Eso es bueno. —Hice una pausa—. Pero tampoco tienes que estar solo todo el tiempo.
No respondió. Pero tampoco se fue.
Para mí, eso ya era algo.
Cuando regresé a mi habitación esa noche, saqué el papelito del intercambio que había guardado en mi bolso desde la tarde. Lo abrí con cuidado, como si fuera un pequeño secreto.
Lucas.
Leí su nombre dos veces.
No supe por qué, pero mi corazón dio un salto extraño, distinto al entusiasmo habitual. No era nerviosismo. Era… expectativa.
Me senté en la cama y miré por la ventana. La nieve comenzaba a caer suavemente, cubriendo todo de blanco.
—Está bien —murmuré para mí misma—. Si no crees en la Navidad… haré que al menos la recuerdes.
Porque algunos corazones no odian la Navidad.
Solo han olvidado cómo sentirse parte de ella.
Y yo estaba dispuesta a recordárselo.
La casa estaba en silencio cuando desperté.
No era un silencio incómodo, sino uno suave, interrumpido solo por el leve crujido de la madera y el tic-tac distante de un reloj. Miré la hora en mi teléfono: medianoche. Afuera, la nieve seguía cayendo, lenta, paciente, como si el mundo entero hubiera decidido ir más despacio.
No podía dormir.
Tal vez era el lugar nuevo. O tal vez era él.
Me puse un suéter grueso y salí de la habitación con cuidado, cerrando la puerta sin hacer ruido. La casa de los padres de Lucas era grande, elegante, pero a esa hora se sentía distinta, más humana, menos perfecta. Bajé los escalones despacio, sosteniéndome del pasamanos frío, cuando una luz tenue llamó mi atención.
La cocina.
Dudé un segundo… y luego seguí caminando.
Lucas estaba allí.
De espaldas a mí, apoyado contra la encimera, con una taza entre las manos. Llevaba una sudadera oscura y el cabello algo desordenado, como si tampoco hubiera logrado dormir. La luz cálida de la cocina suavizaba sus rasgos, haciéndolo parecer menos distante, menos cerrado que durante el día.
No sé por qué, pero mi corazón empezó a latir más rápido.
—No sabía que había fantasmas en esta casa —dije en voz baja, rompiendo el silencio.
Lucas se giró de inmediato. Por un segundo pareció tenso, hasta que me reconoció.
—No podía dormir —respondió—. ¿Tú tampoco?
Negué con la cabeza y di un paso dentro de la cocina. El suelo estaba frío bajo mis pies, pero no me importó.
—Supongo que es difícil cuando no estás en tu casa —dije.
Él alzó una ceja.
—O cuando estás en una casa llena de Navidad.
Sonreí apenas.
Me acerqué un poco más, lo suficiente para notar el aroma del café… y algo más familiar, algo que no supe identificar pero que me hizo sentir cómoda.
—¿Siempre te quedas despierto a esta hora? —pregunté.
—Cuando puedo —respondió—. Es el único momento en el que todo se calla.