Lucas
Desperté con el sonido distante de las campanas del reloj de la casa. El sol de la mañana entraba tímido por las cortinas, iluminando la habitación de forma que me hizo entrecerrar los ojos. El frío aún se sentía afuera, y por un segundo tuve la tentación de quedarme bajo las mantas. Pero algo me decía que la casa ya estaba activa.
Bajé las escaleras, caminando con los pies descalzos sobre la madera fría. La cocina estaba llena de gente: mi madre, los Thompson y algunos familiares que habían llegado temprano. Todos parecían ocupados, charlando y sirviendo desayuno. Pero un detalle me hizo fruncir el ceño: Emma no estaba allí.
—¿Dónde está Emma? —pregunté, con un dejo de curiosidad mezclado con ligera preocupación.
Mi madre levantó la vista mientras mezclaba el café.
—Está… bueno, se quedó un poco más abrigada en su habitación. Dijo que no se sentía muy bien.
Fruncí el ceño. No esperaba que estuviera enferma. La recuerdo ayer, llena de energía, caminando bajo la nieve, riendo…
Y entonces la vi aparecer.
Cruzó la puerta de la cocina envuelta en un abrigo grueso, bufanda ajustada alrededor del cuello, y con la nariz y las mejillas completamente rojas. Su cabello estaba un poco despeinado y su paso era lento, casi cansado. Estornudó apenas entró, cubriéndose la boca con un pañuelo.
—¡Achís! —dijo, con voz débil pero aún dulce.
La observé más de cerca. Su mirada era firme, pero había un brillo de incomodidad en ella, mezcla de fiebre leve y malestar.
—Vaya… —murmuré, cruzando los brazos y acercándome un poco—. ¿Qué te pasó?
—Nada importante —respondió, tratando de sonreír—. Solo estoy un poco resfriada. Debe ser el frío de ayer por la noche… y tal vez no me abrigué lo suficiente.
No pude evitar sentir un pequeño impulso protector.
—Pareces un muñeco de nieve —comenté, tratando de sonar indiferente pero fallando por completo.
Emma negó con la cabeza y soltó una risa débil.
—Gracias… supongo —dijo, frotándose la nariz—. Pero no es nada grave. Solo quería bajar para desayunar un poco antes de salir de compras con tu mamá.
Asentí, aunque no dije nada más. La miré mientras se sentaba en la silla frente a mí. Su expresión estaba un poco apagada, pero seguía intentando mantener su energía habitual.
—Deberías descansar más —le advertí, medio en serio, medio molesto—. No quiero que termines más enferma de lo que ya estás.
Ella me miró con un brillo travieso en los ojos.
—Lucas… no soy tan frágil como parezco —susurró, casi desafiándome, y yo no pude evitar sonreír ante su intento de mantener la compostura.
Por primera vez esa mañana, sentí que la Navidad no solo estaba alrededor de nosotros en luces y adornos… sino en este pequeño momento, en su mirada y en la manera en que lograba que todo lo demás pareciera menos importante.
Y aunque aún no lo admitiría en voz alta, estaba empezando a preocuparme más de ella de lo que me gustaría.
Mientras desayunaba, no pude evitar fijarme en Emma. Cada pocos segundos, estornudaba, cubierta apenas por un pañuelo. Su nariz roja y sus mejillas sonrojadas por el frío y el resfriado me hicieron fruncir el ceño. No estaba bien.
—¡Achís! —sonó de nuevo, más fuerte esta vez.
Vi cómo se levantaba de la mesa con cuidado, abrigándose el cuello con la bufanda, y comenzaba a subir las escaleras hacia su habitación. No pude quedarme sentado.
—Emma —llamé, levantándome de inmediato—. Espera.
La seguí silencioso por el pasillo, mis pasos resonando ligeramente sobre la madera. La encontré llegando a su puerta y apoyándose en el marco mientras se frotaba la nariz.
—¿Todavía piensas ir de compras con mi madre y con la tuya? —pregunté, cruzando los brazos, tratando de sonar firme, pero preocupado al mismo tiempo.
—Sí —respondió, apenas sonriendo—. No quiero perderme la mañana… aunque no me sienta del todo bien.
Negué con la cabeza y me acerqué un paso más.
—Entonces irás… pero yo te acompañaré —dije—. No confío en que realmente estés bien para salir sola.
Sus ojos se abrieron como platos, y una sonrisa enorme iluminó su rostro a pesar de la fiebre leve. Antes de que pudiera reaccionar, saltó hacia mí y me dio un beso rápido en la mejilla.
—¡Gracias, Lucas! —exclamó, con una alegría contagiosa—. Eres lo mejor.
Yo la miré en silencio, sorprendida por su entusiasmo, hasta que escuché una voz débil:
—M-me mareé…
Emma se apoyó ligeramente en mí, y me aseguré de rodearla con el brazo mientras intentaba mantenerla firme.
—Está bien —dije con suavidad—. No te preocupes. Solo respira despacio.
Su respiración se estabilizó después de unos segundos, y aunque aún lucía débil, sus ojos brillaban de emoción.
—Vale… entonces saldremos juntas, pero… contigo cerca —dijo, intentando sonar divertida.