Un Regalo De Navidad

4

Emma

Me desperté con una sensación extraña: ligera, casi flotando. El resfriado que me había tenido atrapada la noche anterior parecía haberse ido por completo. Me incorporé en la cama y respiré hondo, disfrutando del aire fresco que entraba por la ventana. Por primera vez en días, me sentí llena de energía.

Decidí salir de mi habitación y darme una vuelta por la casa antes de que todos empezaran a desayunar. Caminé por el pasillo, todavía abrigada con mi suéter y bufanda ligera, y al doblar la esquina me encontré con Lucas.

Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, mirando el jardín nevado. Su expresión era seria, como siempre, y sin duda ocupada en sus propios pensamientos.

—¡Feliz Navidad! —exclamé alegremente, saltando un poco para llamar su atención—.

Lucas frunció la nariz inmediatamente y giró la cabeza hacia mí.

—No es Navidad —dijo con firmeza, arrugando la frente—. Faltan días para eso. Y… recuerda que no me gusta.

Sonreí divertida ante su reacción. Era imposible no hacerlo. Él siempre reaccionaba así ante cualquier demostración de entusiasmo navideño.

—Ya sé —dije, aún sonriendo—. Pero no pude evitarlo. Me siento tan bien hoy que quería desearte algo bonito… aunque falten unos días.

Lucas suspiró y negó con la cabeza, pero no pudo ocultar una leve sonrisa que se asomaba en sus labios. Suspiré, divertida, mientras me acercaba un poco más a él.

—Vamos —dije con suavidad—. Hoy me siento increíble. No pienso quedarme encerrada en la habitación.

Él me miró de arriba abajo, evaluando, como siempre, y luego murmuró:

—Increíble o peligrosa… nunca sé cuál.

—Quizá un poco de las dos cosas —respondí con un guiño—.

Lucas negó con la cabeza, como resignado, y se giró para seguirme. Por primera vez, esa mañana, sentí que la Navidad no solo estaba en las luces o en los adornos… sino en el simple hecho de poder caminar junto a él, sin necesidad de esconder la emoción que me invadía.

Y aunque él no lo admitiera, podía sentir que algo dentro de él empezaba a cambiar… justo como el día que finalmente me animé a despertar con toda mi energía, lista para enfrentar la Navidad a mi manera.

Caminábamos por el pasillo hacia la cocina, y mi energía parecía multiplicarse a cada paso. No podía dejar de sonreír, sintiéndome completamente bien, libre de la fiebre y del resfriado que me había tenido atrapada.

—Oye —dije, inclinándome un poco hacia él mientras caminábamos—. ¿Dónde están nuestras madres?

Lucas frunció levemente el ceño, pensativo.

—Salieron a comprar —dijo con tono neutral—. Sepa Dios qué cosas irán a buscar.

Asentí, comprendiendo que tendrían sus pequeñas aventuras navideñas. Luego, un pensamiento me vino a la mente, y no pude evitar mencionarlo.

—Gracias por acostarme en la cama anoche cuando me quedé dormida… —le dije con suavidad—. Realmente lo aprecié.

Lucas negó con la cabeza, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—No pasa nada —respondió, casi en un susurro.

Lo miré fijamente, queriendo profundizar un poco más, y decidí arriesgarme.

—Lucas… dime algo —dije con cuidado—. ¿Por qué no te gusta la Navidad? Cuando éramos niños, recuerdo que te emocionabas un poco… al menos un poco.

Su expresión cambió de inmediato, y sentí que un muro se levantaba ante mí, pero esta vez no insistí. Él suspiró profundamente antes de responder, con un tono que sonaba pesado y lleno de recuerdos que no quería traer a la luz.

—Odio la Navidad desde que tenía quince años —comenzó, mirándome de reojo—. Ese año encontré a mi padre con otra mujer… en la cama.

Se hizo un silencio entre nosotros. Su voz temblaba apenas, pero mantenía la firmeza. Yo apenas respiraba, escuchando cada palabra, comprendiendo que había más detrás de su odio de lo que jamás imaginé.

—Esa noche… mi padre le dio un regalo a mi madre —continuó—. Como si nada hubiera pasado. Y yo entendí… entendí que la Navidad no es más que hipocresía. Falsa felicidad, mentiras envueltas en papel brillante. Desde entonces… la Navidad solo me recuerda lo que no quiero recordar.

Suspiré suavemente, con el corazón encogido por lo que me contaba.

—¿Tu mamá… sabía? —pregunté en voz baja, con cuidado.

—Nunca lo sabrá —dijo Lucas, con un dejo de amargura—. O quizás lo supo y decidió no hacer nada. No lo sé. No me importa ya.

Lo miré, queriendo abrazarlo, pero no dije nada. Comprendí que para él, la Navidad no era solo luces ni villancicos… era memoria, dolor y desilusión.

Y en ese instante, entendí que no sería fácil cambiarle la opinión. Pero tampoco me importaba. Si había algo que podía hacer, aunque fuera mínimo, era mostrarle que no todo era mentira ni superficialidad. Que aún podía existir algo verdadero… incluso en Navidad.

Y mientras caminábamos hacia la cocina, sentí que, por primera vez, la distancia entre nosotros no era solo física, sino también emocional, y que quizá estaba empezando a acercarme a lo que él guardaba tan celosamente.




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