Un Regalo De Navidad

5

Lucas

El centro comercial era exactamente como lo recordaba.

Demasiado ruido.
Demasiadas luces.
Demasiada Navidad.

Apenas cruzamos la entrada, sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Guirnaldas colgando del techo, árboles gigantes decorados hasta el último centímetro, villancicos sonando desde todos lados. Mi primer impulso fue claro y contundente: salir corriendo.

De verdad.

Mis pasos se frenaron en seco y mis hombros se tensaron. Sentí esa presión conocida en el pecho, esa mezcla de molestia y rechazo que siempre me provocaba este lugar en diciembre.

—Mala idea… —murmuré entre dientes.

Estuve a punto de dar media vuelta.

Entonces la miré.

Emma caminaba apenas unos pasos delante de mí. Sus ojos brillaban al observar cada adorno, cada vitrina iluminada. Sonreía como si el mundo fuera un lugar seguro, como si nada malo pudiera esconderse detrás de tanto color y luz.

Y por alguna razón… esa sonrisa me detuvo.

No estaba fingiendo.
No estaba exagerando.
Simplemente estaba feliz.

Respiré hondo.

Es solo decoración, me dije. No va a hacerte daño.

—¿Todo bien? —preguntó Emma, girándose hacia mí al notar que me había quedado atrás.

Asentí, aunque no estaba del todo convencido.

—Sí… solo que olvidé lo intenso que puede ser esto —respondí.

Ella se acercó un poco más y entrelazó sus dedos con los míos, como si fuera el gesto más natural del mundo. Sentí su mano cálida y firme, anclándome al suelo.

—Si te abruma, me dices —dijo con suavidad—. No tenemos que quedarnos si no quieres.

La miré.
Y por primera vez, no quise huir.

—No —dije—. Estoy bien. Vamos.

Emma sonrió aún más, y esa sonrisa volvió a golpearme directo en el pecho. Caminamos juntos entre las tiendas, y aunque mi mente seguía criticando cada reno luminoso y cada canción navideña, algo había cambiado.

Porque esta vez no estaba solo.
Y porque verla feliz hacía que, por primera vez, la Navidad no se sintiera como un enemigo… sino como algo que estaba dispuesto a intentar entender.

Tal vez no por las luces.
Ni por los regalos.

Sino por ella.

Caminamos despacio entre la gente. Demasiado despacio para mi gusto… pero Emma parecía disfrutar cada segundo. Se detenía frente a las vitrinas, señalaba adornos, reía cuando veía cosas exageradamente navideñas. Yo solo negaba con la cabeza.

—Esto debería ser ilegal —murmuré al pasar junto a un muñeco de nieve gigante con bufanda roja.

Emma soltó una carcajada y me miró de lado.
—Admite que es lindo.

—No —respondí de inmediato—. Es aterrador.

Ella me empujó suavemente con el hombro, aún riendo.
—Eres imposible, Lucas.

—Y tú exageradamente navideña —contesté.

Entramos a una tienda llena de adornos. Había esferas, luces, estrellas, renos, todo brillando al mismo tiempo. Sentí otra vez esa necesidad de escapar, pero respiré hondo. Emma tomó una esfera roja entre sus manos y la observó como si fuera algo valioso.

—Mira esta —dijo—. Es sencilla… pero bonita.

La observé a ella, no al adorno. Sus mejillas seguían un poco rosadas por el frío, su sonrisa era suave, auténtica. Y sin darme cuenta, pensé que así era Emma: sencilla, pero increíblemente bonita.

—Te queda —dije sin pensar.

Ella parpadeó.
—¿Qué?

—La esfera —aclaré rápido—. Digo… el color. Te queda bien.

Emma sonrió, bajando un poco la mirada.
—Gracias.

Seguimos caminando y, sin darme cuenta, mi brazo volvió a rodear sus hombros. Ella no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más. No se sentía incómodo. Se sentía… correcto.

—Lucas —dijo de pronto—. Gracias por venir.

—No lo hice por la Navidad —respondí—. Lo hice por ti.

Se detuvo y me miró, sorprendida. Yo también me detuve, sintiéndome extraño por haberlo dicho en voz alta, pero no me arrepentí.

—Eso… significa mucho para mí —susurró.

No dije nada más. Solo apreté un poco más mi brazo alrededor de ella y seguimos caminando entre luces y decoraciones que, por primera vez en años, no me parecían tan insoportables.

Porque tal vez —solo tal vez— la Navidad no era el problema.
Tal vez siempre fue la soledad.

Y ahora… Emma estaba aquí.

Terminamos entrando a una tienda pequeña, menos ruidosa, con luces cálidas y música suave. Fue un alivio inmediato. Emma pareció notarlo, porque apretó un poco mi mano.

—Aquí es mejor, ¿no? —dijo con una sonrisa cómplice.

—Mucho —admití.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.