Lucas
El aire frío de la mañana me golpeaba el rostro mientras corría. Necesitaba eso: movimiento, silencio, ordenar la cabeza. Últimamente pensaba demasiado en Emma… y no de una forma que quisiera frenar.
Cuando regresé a casa, el sol apenas empezaba a subir. Entré aún respirando agitado, con el sudor frío en la piel. Dejé las zapatillas en la entrada y avancé hacia la sala.
Y entonces lo vi.
Edgar.
Mi primo Edgar.
Estaba de pie, demasiado cerca de Emma. Demasiado. Ella reía, sentada en el sillón, mientras él se inclinaba hacia ella apoyando una mano en el respaldo, invadiendo su espacio como si tuviera todo el derecho del mundo.
Algo se tensó en mi pecho al instante.
—¿Qué pasa aquí? —pregunté, con voz más dura de lo que pretendía.
Ambos se giraron. Emma fue la primera en verme y su sonrisa cambió de inmediato.
—Lucas —dijo—. Ya volviste.
Edgar, en cambio, sonrió con esa expresión confiada que siempre me había molestado.
—Primo —saludó—. No sabía que salías a correr tan temprano.
Lo miré sin responder de inmediato. Mis ojos volvieron a Emma. Ella se levantó del sillón y dio un pequeño paso hacia mí, como si ese gesto lo dijera todo.
—Estábamos hablando —aclaró ella—. Nada más.
Asentí, aunque mi cuerpo seguía tenso.
—¿Sí? —miré a Edgar—. Porque desde donde estaba parecía otra cosa.
Edgar soltó una risa baja.
—Tranquilo, Lucas. Solo estaba siendo amable.
No me gustó su tono. Ni su cercanía. Ni la forma en que había invadido el espacio de Emma.
—No hace falta —respondí—. Yo me encargo.
Emma me miró, sorprendida, pero no incómoda. Al contrario… sonrió apenas.
Edgar levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. No quise incomodar a nadie.
—No lo hagas —dije sin rodeos.
El silencio que siguió fue pesado. Edgar murmuró algo sobre ir a buscar un café y se alejó hacia la cocina. En cuanto desapareció de la sala, solté el aire que llevaba contenido.
Emma se acercó un poco más.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
La miré. De cerca. Muy cerca.
—Sí —respondí—. Solo… no me gustó verlo tan cerca de ti.
Sus mejillas se sonrojaron levemente.
—No tienes por qué preocuparte —dijo—. Yo sé con quién quiero estar.
Ese comentario me calmó… y al mismo tiempo encendió algo más fuerte dentro de mí.
Tal vez no era solo la Navidad lo que estaba aprendiendo a enfrentar.
Tal vez también estaba aprendiendo a sentir sin huir.
Emma me miró un segundo más, como si midiera mis palabras, y de pronto dio un paso hacia mí. Sin decir nada, rodeó mi cuello con sus brazos. El gesto fue tan natural que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente; mis manos fueron directo a su cintura.
—No me gusta verte así de serio —dijo en voz baja, muy cerca de mis labios.
Apoyé mi frente en la suya, respirando hondo.
—No me gusta verlo cerca de ti —admití.
Ella sonrió con ternura.
—Estábamos hablando, nada más.
—¿De qué? —pregunté, sin apartar la mirada—. ¿De qué hablaban tú y Edgar?
Emma ladeó la cabeza, divertida por mi tono.
—De tonterías —respondió—. Me preguntó cómo me sentía, si ya estaba mejor de la gripe, y luego empezó a hablar de sus viajes y de él mismo… mucho de él mismo.
Eso último me sacó una sonrisa involuntaria.
—Eso suena muy a Edgar.
—Exacto —dijo—. No tienes nada de qué preocuparte.
Apreté un poco más mis manos en su cintura.
—No es que desconfíe de ti… es que lo conozco a él.
Emma me miró con una mezcla de ternura y seguridad.
—Lucas, mírame —dijo.
Lo hice.
—Si alguien me gusta —continuó—, si alguien me importa… eres tú.
Sentí algo cálido expandirse en el pecho.
—Bien —murmuré—. Porque no pienso compartirte.
Ella rió suavemente.
—Celoso.
—Solo un poco —admití.
Emma se acercó más, apoyando la frente en mi cuello.
—Me gusta que te importe.
Y ahí, con sus brazos alrededor de mí, entendí que no era posesión… era miedo a perder algo que recién estaba empezando y que ya se sentía importante.
No la solté.
Y esta vez, no quise hacerlo.
Emma seguía abrazada a mí, con la cabeza apoyada en mi pecho y sus brazos rodeando mi cuello. Sentí la suavidad de su respiración y el calor de su cuerpo; un calor que parecía quitarme la rigidez de los últimos días.
—Lucas… —susurró, rompiendo el silencio que nos envolvía—. ¿Cómo te vas sintiendo con lo de la Navidad?
Le dediqué una mirada de medio lado, todavía un poco tenso, pero con un hilo de sonrisa escapándose sin que pudiera detenerlo.