Un Regalo De Navidad

7

Emma

Mientras Lucas me abrazaba suavemente, sentí una calidez que no podía describir con palabras. Todo lo demás desaparecía: las luces, los villancicos, incluso la tensión de Edgar, se volvía secundaria frente a ese instante.

—Lucas… —susurré, apoyando mi cabeza en su pecho—. Me alegra tanto que estés aquí conmigo.

Él sonrió y dejó escapar un leve suspiro.
—Yo también, Gnomo —dijo, usando ese apodo mío que siempre lograba hacerme sonreír—. Contigo todo parece… más fácil.

Me reí suavemente, sintiendo un cosquilleo en el pecho.
—Eso es porque… —dije, bajando la voz y mirando hacia otro lado un momento—. Porque tú me haces feliz.

Lucas me estrechó un poco más entre sus brazos.
—Y tú me haces… entender cosas que creí imposibles.

Lo miré, sorprendida, y luego sonreí de manera traviesa.
—Como qué cosas?

—Como… que la Navidad no tiene que ser insoportable —dijo, con un pequeño tono divertido—. Que tal vez… solo tal vez, pueda disfrutarla un poquito, si estoy contigo.

Mi corazón dio un vuelco. Esa era la primera vez que lo escuchaba admitir algo así. No pude evitar acercarme más y besar suavemente su mejilla.
—Eso me gusta escucharlo —susurré—. Mucho.

Él rió suavemente y apoyó la frente contra la mía.
—Gnomo… —murmuró—. Solo prometo intentar… contigo.

Sonreí, apretando un poco más sus manos, sintiendo que no necesitábamos más palabras. La Navidad, con toda su pomposidad y luces, parecía menos intimidante. Porque estaba él a mi lado.

—Entonces… vamos a hacer que esta Navidad sea nuestra —dije con determinación—. Llena de risas, villancicos y tal vez un poco de locura.

Lucas me miró, ladeando la cabeza con esa expresión que siempre me hacía derretir.
—Con tal de que estés tú… sí, será nuestra.

Y mientras nos abrazábamos en medio de la sala, rodeados de luces y el suave murmullo de la casa, supe que esta Navidad sería diferente. No por los regalos, ni por los adornos, ni siquiera por los villancicos.

Sino por nosotros.

Mientras Lucas y yo seguíamos abrazados, sentí una risa suave detrás de nosotros. Edgar estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa traviesa que siempre parecía saber más de lo que decía.

—Sin duda alguna… ustedes hacen una linda pareja —comentó, dejando que sus palabras flotaran en el aire con una mezcla de diversión y picardía.

Me aparté un poco de Lucas, entre sorprendida y divertida, y le lancé una mirada mordaz.
—¡Edgar! ¿Acaso estás tratando de meterte donde no te llaman?

—Solo digo la verdad —respondió, encogiéndose de hombros—. Se les nota a la legua.

Lucas me tomó de la mano y me acercó de nuevo hacia él, apretando suavemente mis dedos. Yo me recosté en su hombro, disfrutando de la tranquilidad que me daba su cercanía, mientras Edgar se retiraba un poco hacia un lado, satisfecho con su comentario.

En ese momento, escuchamos las voces de nuestros padres desde la entrada de la sala. Lucas frunció ligeramente el ceño, pero su expresión se suavizó al verlos aparecer.

—Chicos —dijo mi padre, sonriendo—. Vamos a almorzar fuera. Queremos aprovechar esta hermosa mañana.

—Sí, la comida ya está lista —agregó la madre de Lucas, ajustando ligeramente su abrigo—. Todo está planeado; solo necesitamos que se unan a nosotros.

Lucas me miró y sonrió con suavidad.
—Supongo que es hora de dejar a nuestro Gnomo descansar un poco —susurró, bromeando mientras se acercaba a mi oído.

Reí suavemente y asentí, dejando que él me guiara hacia la salida. Sentí sus dedos entrelazados con los míos y una mezcla de emoción y calma se apoderó de mí.

Mientras caminábamos hacia la puerta, no pude evitar pensar que, por primera vez en mucho tiempo, esta Navidad estaba llena de risas, afecto… y de momentos que no quería que terminaran jamás.

Caminábamos hacia el auto, Lucas a mi lado con su mano entrelazada con la mía. No pude evitar sonreír mientras lo miraba de reojo. Su expresión era relajada, incluso divertida, algo que no veía a menudo en él.

—¿Vas a disfrutar de la comida o solo vas a vigilarme? —pregunté, con un tono juguetón.

—Ambas cosas —respondió, sonriendo levemente—. Pero más bien… disfruto de estar contigo.

Sentí un calor recorrerme el pecho. Rodé los ojos, tratando de ocultarlo, pero no pude evitar reír.

Al llegar al restaurante, nuestros padres ya habían encontrado una mesa amplia para todos. Nos acomodamos, y aunque había otras familias alrededor, Lucas y yo nos manteníamos cerca, hablando en voz baja y compartiendo miradas discretas que hacían que mi corazón latiera más rápido.

Edgar, sentado a unos metros, no perdía oportunidad de mirarnos con una sonrisa burlona. Murmuró algo sobre lo “perfectos que parecíamos juntos”, y Lucas lanzó una pequeña mirada de advertencia que me hizo reír silenciosamente.

—¿Ves? —susurré—. Ya nadie tiene dudas de que somos una pareja.

—Ni me importa —murmuró él, rozando mi mano bajo la mesa con la suya—. Mientras estemos juntos, el resto es irrelevante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.