Un Regalo De Navidad

8

Emma

Desperté con una sonrisa sin siquiera abrir los ojos.
Era 24 de diciembre.

La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío, sino uno lleno de expectativa. De esos que huelen a café recién hecho, a canela y a algo especial a punto de suceder. Me estiré en la cama y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la Navidad estaba exactamente donde debía estar: en mi corazón.

Me levanté despacio y, al abrir la puerta de mi habitación, vi luces encendidas en el pasillo. Pequeñas, cálidas. Sonreí aún más.

—Feliz Navidad… casi —murmuré para mí misma.

Bajé las escaleras y lo vi.

Lucas estaba en la sala, de espaldas, acomodando unos regalos bajo el árbol. Vestía un suéter oscuro —sí, un suéter navideño, aunque sencillo— y tarareaba muy bajito. Cuando se giró y me vio, se quedó quieto.

—¿Desde cuándo tarareas villancicos? —pregunté, apoyándome en la baranda con una sonrisa burlona.

Frunció la nariz, fingiendo molestia.
—No estaba tarareando… solo… pensando en voz alta.

Me acerqué a él y lo abracé por la espalda.
—Feliz 24 de diciembre, cariño.

Se giró y me rodeó con los brazos, apoyando su frente en la mía.
—Feliz 24, Gnomo.

La casa empezó a despertar poco a poco. Se escuchaban pasos, risas lejanas, el ruido de la cocina llenándose de vida. Pero en ese momento, solo éramos él y yo.

—¿Sabes? —le dije—. Siempre imaginé este día perfecto… pero nunca pensé que lo sería contigo.

Lucas me miró con esa intensidad que hacía que todo a mi alrededor desapareciera.
—Y yo jamás pensé que estaría esperando el 24 de diciembre —confesó—. Pero aquí estoy.

Sonreí y tomé su mano.
—Ven… hoy tenemos mucho que hacer.

Porque era Nochebuena.
Y esta vez, no solo era luces y tradiciones…
era amor, era esperanza, era nosotros.

Tomé la mano de Lucas y caminamos juntos hacia la cocina. Apenas cruzamos la puerta, el aroma a café recién hecho y pan tostado nos envolvió por completo. La escena era tan acogedora que mi corazón se apretó de felicidad.

Los padres de ambos estaban sentados alrededor de la mesa, desayunando tranquilamente. Mi madre hablaba animadamente con la mamá de Lucas, mientras su padre leía algo en el teléfono y el mío comentaba sobre el clima.

—Buenos días —dije con una sonrisa amplia.

—¡Buenos días! —respondieron casi al unísono.

Lucas saludó con un leve gesto de cabeza, pero pude notar que estaba relajado. Eso, para mí, ya era un pequeño milagro navideño.

—Siéntense —dijo la madre de Lucas—. Justo estábamos hablando de todo lo que hay que preparar para la cena.

Nos sentamos juntos, hombro con hombro. Lucas me sirvió café sin que yo se lo pidiera, y ese gesto tan simple me hizo sonreír.

—¿Listos para ayudarnos hoy? —preguntó mi mamá con una sonrisa cómplice.

—Claro —respondí enseguida—. Es Nochebuena, hay mucho por hacer.

Lucas asintió.
—Sí… vamos a ayudar con la cena.

Hubo un pequeño silencio sorprendido, y luego sonrisas. La madre de Lucas lo miró con orgullo.

—Me alegra escucharlo —dijo—. Será una noche especial.

Mientras desayunábamos, hablaban de recetas, de horarios, de quién se encargaría de qué. Yo escuchaba atenta, pero de vez en cuando miraba a Lucas. Él parecía tranquilo, incluso interesado, participando un poco en la conversación.

Pensé en lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo.

—Después del desayuno empezamos —dijo mi padre—. Esta noche todo tiene que estar perfecto.

Miré a Lucas y sonreí.
—Perfecto o no… será inolvidable.

Él me devolvió la sonrisa, apretando suavemente mi mano bajo la mesa.

Y así, entre café, risas y planes para la cena, comenzó oficialmente nuestra Nochebuena.

Después del desayuno, la cocina se transformó por completo. Los padres de ambos se pusieron manos a la obra casi de inmediato: ollas sobre la estufa, recetas abiertas, conversaciones cruzadas y risas que llenaban el ambiente.

—Emma, ¿me ayudas con las verduras? —preguntó mi mamá.

—Claro —respondí, arremangándome.

Lucas se acercó también, un poco indeciso, como si no supiera exactamente dónde colocarse. La madre de él lo observó y sonrió.

—Tú puedes ayudarme con esto —le dijo, señalando una bandeja—. No muerde.

—Eso espero —murmuró él, y yo no pude evitar reír.

Trabajábamos uno al lado del otro. Yo cortaba, él acomodaba, y de vez en cuando nuestras manos se rozaban. Cada pequeño contacto me hacía sonreír como tonta. Lucas fingía concentración, pero lo conocía lo suficiente para notar que estaba más pendiente de mí que de la comida.

—Nunca te imaginé ayudando en una cocina en Nochebuena —le dije en voz baja.

—Ni yo —respondió—. Pero… no está tan mal.




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