Un Regalo De Navidad

9

Lucas

Nunca pensé que diría esto, pero esa noche… me sentía en paz.

La cena terminó entre risas, anécdotas viejas y miradas que Emma y yo intentábamos disimular, aunque a esas alturas ya nadie se engañaba. Mi madre nos observaba con esa sonrisa que dice “ya lo sabía”, y el padre de Emma levantaba la ceja cada vez que nuestras manos se encontraban.

Cuando terminamos de recoger, salí al jardín para tomar aire. El frío nocturno me golpeó el rostro, pero no era desagradable. El cielo estaba despejado, y las luces de la casa se reflejaban en la nieve ligera que comenzaba a caer.

—Te escapas mucho —dijo una voz detrás de mí.

Emma.

—Costumbre —respondí—. A veces necesito silencio.

Se puso a mi lado, abrazándose los brazos. Sin pensarlo, me quité la chaqueta y la puse sobre sus hombros.

—Gracias —susurró—. ¿En qué piensas?

Miré al frente unos segundos antes de responder.

—En lo extraño que es todo esto —admití—. Hace unos días quería huir de la Navidad… y ahora estoy aquí, afuera, mirándola caer contigo.

Ella sonrió, esa sonrisa que me desarma desde que éramos niños.

—¿Eso es algo bueno o malo?

—Es… diferente —dije—. Y me gusta. Aunque me dé miedo.

Emma se giró hacia mí y me tomó la mano.

—No tienes que amar la Navidad de golpe, Lucas. Con que no la odies… es suficiente.

La miré. Tan cerca. Tan real.
Pensé en todo lo que había perdido, en lo que creí roto para siempre… y en cómo ella, sin forzar nada, estaba llenando esos espacios.

—¿Sabes qué es lo peor? —dije en voz baja.

—¿Qué?

—Que creo que siempre me gustaste. Incluso cuando fingía que no.

Sus ojos se abrieron apenas.

—Llegas un poco tarde —bromeó—. Yo llevo años sospechándolo.

Reí, negando con la cabeza.
—Eres terrible, Gnomo.

—Y tú ya no eres tan gruñón —respondió.

La acerqué con cuidado, como si el momento pudiera romperse si me movía demasiado rápido. Apoyé mi frente en la suya.

—Gracias —le dije—. Por no rendirte conmigo… ni con la Navidad.

—De nada —susurró—. Ahora ya somos dos contra el mundo.

La besé. Sin prisa. Sin dudas.
Y por primera vez desde que tenía quince años, la Navidad no me pareció una mentira.

Esa noche entendí algo simple, pero poderoso:
no era la Navidad lo que había cambiado…
era yo.

El beso apenas había terminado cuando escuché pasos detrás de nosotros. Me separé un poco de Emma, no porque quisiera, sino porque ya conocía ese sonido.

—Ajá… —dijo la voz de mi madre—. ¿Y ustedes cuándo pensaban decirnos que son novios?

Cerré los ojos un segundo.
Emma, en cambio, se rió.

Nos giramos y ahí estaban: mis padres y los de Emma, envueltos en abrigos, con tazas calientes en las manos y esas miradas cómplices que resultan imposibles de esquivar.

—No es lo que parece —dije por reflejo.

—Claro —respondió el padre de Emma—. Eso parecía exactamente a lo que era.

Emma apretó mi mano y dio un paso al frente.

—Somos novios —dijo con naturalidad—. Desde hace unas semanas.

Mi madre abrió la boca, sorprendida solo por un segundo, antes de sonreír ampliamente.

—¿Semanas? —repitió—. Y nosotros creyendo que apenas estaban empezando.

—Queríamos decirlo bien —añadí—. Sin ruido. A nuestro ritmo.

Mi padre asintió despacio.
—Eso es lo correcto.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… cálido. Familiar. Como si todo encajara por fin.

Entonces ocurrió.

Dong…
Dong…

Las campanadas comenzaron a sonar desde el reloj de la iglesia a lo lejos. Doce golpes firmes que atravesaron la noche.

Emma me miró con los ojos brillantes.

—Lucas… —susurró—. Es Navidad.

Sentí algo apretarme el pecho. Pero esta vez no dolía.

—Supongo que sí —respondí, y para mi sorpresa, sonreí.

—¡Feliz Navidad! —dijeron nuestras madres casi al mismo tiempo.

Emma se lanzó a abrazarme y yo la rodeé con los brazos sin pensarlo. Apoyó la cabeza en mi pecho y suspiró.

—¿Ves? —dijo—. No pasó nada malo.

—No —admití—. De hecho… pasó algo bueno.

Bajé la mirada hacia ella.

—Feliz Navidad, Gnomo.

Ella alzó el rostro y me besó, mientras las luces de la casa brillaban detrás de nosotros y las risas de nuestros padres llenaban el jardín.

Y en ese instante, supe algo con certeza:
si la Navidad tenía un significado…
estaba justo ahí, entre mis brazos.

Todavía abrazado a Emma, escuchamos un sonido lejano que nos hizo alzar la mirada. Luces comenzaron a danzar en el cielo nocturno: los primeros fuegos artificiales.

—¡Mira! —exclamó Emma, señalando las explosiones de colores—. ¡Es precioso!

Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el pecho. No solo era el cielo iluminado; era ella, su risa, su alegría… todo brillando más que cualquier fuego artificial.

—¿Los encendimos nosotros? —preguntó ella, con los ojos brillantes.

—Sí… y parece que el resto de la ciudad también —dije, observando cómo otros fuegos comenzaban a iluminar el horizonte.

Emma apoyó su frente contra la mía, y su voz tembló un poco, pero llena de emoción.
—Te amo, mi Grinch —susurró.

Mi pecho se llenó de calor. Sonreí ampliamente y la abracé más fuerte.
—Te amo, mi Gnomo —respondí—. Gracias por ser mi regalo de Navidad.

Ella sonrió, apoyando la cabeza en mi hombro mientras los fuegos artificiales seguían explotando en el cielo, reflejando colores sobre nuestras caras y nuestras manos entrelazadas.

Era perfecto.
Todo lo que había creído roto, todo lo que pensé que no podría disfrutar… desapareció.

Esa noche, bajo el cielo iluminado, con la nieve cayendo suavemente y el corazón latiendo con fuerza, entendí que los mejores regalos de Navidad no vienen envueltos en papel.
Vienen en forma de amor, risas y momentos que duran para siempre.

—Feliz Navidad, Gnomo —murmuré, besando suavemente su frente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.