Lucas
Dos años habían pasado desde aquella Nochebuena que cambió todo. Y aquí estábamos, Emma y yo, nuevamente en una cena especial… pero esta vez era 31 de diciembre, Año Viejo.
La casa estaba llena de luces, risas y aromas familiares. Los padres de ambos habían preparado la cena con la misma dedicación de siempre, y Edgar, como siempre, no podía evitar hacer comentarios sarcásticos sobre nosotros. Pero ahora, todo era distinto: éramos más que novios; éramos compañeros, confidentes y cómplices.
Emma estaba a mi lado, radiante en un vestido rojo sencillo pero elegante. Su cabello caía suavemente sobre los hombros, y cada vez que reía, mi corazón se aceleraba como si fuera la primera vez que la veía.
—Lucas… —susurró, apoyando su mano sobre la mía—. ¿Te das cuenta de que dentro de unas horas será 2026?
—Sí —respondí, entrelazando nuestros dedos—. Y estoy feliz de recibirlo contigo.
La cena avanzaba entre anécdotas, brindis y risas. Los padres de ambos compartían historias del año que pasó, mientras nosotros recordábamos momentos pequeños que solo nos pertenecían a nosotros: la primera Nochebuena juntos, la sorpresa del amigo secreto, los fuegos artificiales…
En un momento, mientras todos se levantaban para el brindis, me incliné hacia ella.
—Gnomo… —susurré—. Gracias por estos dos años. Por enseñarme a disfrutar, a confiar, a amar…
Ella me miró, con los ojos brillantes y la sonrisa más dulce que jamás había visto.
—Y gracias a ti, mi Grinch… por hacerme sentir que cada día es especial.
Nos abrazamos mientras los demás levantaban sus copas. Afuera, comenzaban a escucharse los primeros cohetes que anunciaban la llegada del nuevo año.
—Cinco, cuatro, tres, dos, uno… —contaban todos—. ¡Feliz 2026!
Los fuegos artificiales estallaron nuevamente en el cielo, iluminando nuestras caras. Emma me miró, y sin pensarlo, me abrazó fuerte y susurró:
—Te amo.
—Yo también te amo, Gnomo —respondí, apoyando mi frente en la suya mientras los colores del cielo reflejaban la felicidad que sentía.
Ese momento lo supe con certeza: no importaba el año, ni las fechas, ni las tradiciones. Mientras estuviéramos juntos, cada celebración sería mágica.
Todavía sentados juntos después del brindis, los fuegos artificiales iluminaban el cielo y las risas de la familia llenaban la casa. Pero algo en mi pecho me decía que era el momento perfecto.
Tomé la mano de Emma con cuidado, y ella me miró, curiosa.
—¿Lucas? —preguntó—. ¿Qué pasa?
—Tengo algo para ti —dije, con un nudo de emoción en la garganta.
Antes de que pudiera reaccionar, me arrodillé frente a ella. La sala se volvió un poco más silenciosa; algunos familiares se acercaron, intrigados, pero respetando el instante.
Saqué una pequeña caja del bolsillo del saco y la abrí. Dentro brillaba un anillo sencillo, elegante, con un pequeño diamante que reflejaba la luz de los fuegos artificiales.
—Emma… —comencé, tomando suavemente sus manos entre las mías—. Desde que llegaste a mi vida, has sido mi alegría, mi fuerza, mi hogar. Has hecho que cada Navidad, cada celebración y cada día sean especiales.
Suspiré hondo, buscando las palabras correctas.
—No quiero pasar un solo día sin ti a mi lado. Quiero que seas mi compañera, mi amor y mi esposa.
Emma me miraba con los ojos llenos de lágrimas, sorprendida y emocionada.
—¿Emma… quieres casarte conmigo? —pregunté, con el corazón latiendo a mil por hora.
Ella se llevó una mano a la boca, incapaz de hablar de inmediato. Sus ojos brillaban más que los fuegos artificiales que explotaban afuera.
—¡Sí! —exclamó finalmente, abrazándome con fuerza—. ¡Sí, Lucas!
Sentí cómo la felicidad me desbordaba. Le coloqué el anillo en su dedo mientras todos los que nos rodeaban aplaudían y reían emocionados.
—Te amo, Gnomo —susurré, apoyando la frente en la suya.
—Te amo, mi Grinch —respondió ella, y por un instante, todo el mundo desapareció. Solo existíamos nosotros, el cielo iluminado y un nuevo comienzo que ya estaba escrito.
Después de que Emma dijo “sí”, todo se volvió un torbellino de risas, abrazos y felicitaciones. Mis padres y los suyos se acercaron, algunos con lágrimas en los ojos, otros dándonos palmadas de orgullo. Incluso Edgar, que no podía ocultar su sonrisa, nos abrazó a los dos.
Emma me sostuvo del rostro, mirándome con esa intensidad que siempre me deja sin aliento.
—Mi Grinch… —susurró, entre risas y lágrimas—. No puedo creer que dijiste eso justo en Año Nuevo.
—Tenía que ser perfecto —respondí, sonriendo—. No podía imaginar un mejor momento que recibir el año nuevo contigo y con nuestra familia alrededor.
Nos alejamos un poco y nos dirigimos al balcón. Afuera, los últimos fuegos artificiales iluminaban la ciudad, reflejando colores en sus ojos y en los míos.
—Mira —dijo Emma, apoyándose en mi hombro—. Todo es tan… brillante. Como este momento.