Muchas veces me pregunto si existe una realidad diferente a la mía. Acabó de llegar el mes de octubre, mi décimo mes sin empleo. Aclarando que el último fue de asesora de ventas en una tienda se zapatos la navidad pasada.
Tengo un título de historiadora y una especialidad en tecnologías educativas. Pero nunca he conseguido empleo en mi área de estudio; cabe aclarar que nunca fui una estudiante destacada, era del promedio. Sin embargo, eso no justifica que todos mis compañeros tengan un buen empleo y yo continúe de asesora de ventas, atención al cliente y esas cosas. No demerito ningún trabajo, es solo que deseo ejercer aquello por lo cual me apasiono.
Bueno, sé que hablar de la edad media, el imperio romano, la época de la violencia o la segunda guerra mundial no son temas que les interese a todos. Pero a mí sí. La historia es una forma de ver como el ser humano siempre se mete en problemas por causas tan cotidianas como la avaricia y el poder.
Por otro lado, quedé con papá para ir al médico. Es el único que le ve ventajas a mi situación de desempleo. Lo acompaño a casi todas las diligencias que no le gusta hacer, le hago las comidas y me encargo de la casa, mientras él y mi hermano Armando trabajan.
Soy una gran ama de casa que desea salir huyendo de la rutina doméstica.
Me dirijo al taller donde mi papá siempre tiene una sonrisa para todo el que llega. Creo que más bien gana dinero por divertirse, nunca lo escucho quejarse y va hasta los días de descanso si lo llaman por alguna emergencia.
Lo encuentro con la cabeza metida en el ventilador de un automóvil rojo, ¡Ay Dios, los autos rojos son mi delirio! Está explicando algo al dueño del vehículo y decido no interrumpirlo. Sentándome a esperar que se desocupen, saco una obra literaria que me estoy leyendo para no desesperarme ni mostrar en mi rostro otra derrota frente al gigante del empleo que no me dieron.
Escucho al cliente reír y me parece que suena a picardía. Su voz se pierde entre las explicaciones de la voz potente de mi papá. Tiene de esas voces de presentador de radio; de niña me gustaba escucharlo contar historias, me perdía en los sonidos de su voz. Voz que se apagó un poco cuando mama murió. Aunque el tiempo ha logrado restaurarla, en sus ojos aun veo la nostalgia. Sé que siempre la ha extrañado y me gustaría que un hombre me quisiera como papa amó a mamá. Pero eso es otro tema. No estoy para más lamentos hoy.
Cuando termina de explicar escucho que se acerca con su cliente, no deseo perder el hilo de lo que estoy leyendo, por lo cual no levanto la vista. Veo su mano posada sobre mi hombro, decididamente hasta allí llegaron Nastya y Josh. Los personajes de mi libro.
Levanto los ojos con una sonrisa muy practicada para saludarlo. Mi padre es una belleza en los 50, esa sonrisa cautiva. No puedo devolverle una cara triste, no. Mi papá debe ser feliz, aunque yo este frustrada.
- ¡Hola muñeca! - siempre me saluda igual- llegaste antes, dame unos minutos y nos vamos. Te presento a Peter- dice señalando al cliente con quien hablaba- tiene problemas con el ventilador de su vehículo. Me entretuve explicándole la situación; ya me cambio y nos vamos.
Allí estaba el dueño de la risa pícara. Un hombre joven de los que no puedes determinarles la edad porque se ven jóvenes con ojos viejos. Bueno no viejos de manera literal, sino de mirada experimentada, como si hubiese visto todo y ya nada lo sorprendiera.
Unos ojos azules intensos, un cabello plateado que le cae en el rostro y esa sonrisa de niño travieso. Decidí que era un hombre del cual uno no se puede fiar, por más bello que esté puede que sea de los que no se toma nada en serio.
Me saluda con una inclinación de cabeza. Un gesto medio anticuado que no termina de encajarme con esa sonrisa. Le devuelvo el saludo con la mano, arreglo mi bolso, me levanto para salir ya que mi papa seguramente se cambiará solo el bombacho de trabajo por unos pantalones con camiseta. Verifico mi teléfono porque sé que Cecil pronto me preguntará por la entrevista de trabajo. No lo ha hecho y guardo el móvil de inmediato. El cliente sigue de pie observando todo lo que estoy haciendo, no es una mirada que incomode es más como alguien a la espera de que se rompa el silencio por parte de su interlocutor.
- Regresé - dice papá de improvisto detrás de nosotros- Peter, debo ir al médico, ¿podrías regresar por tu auto en la tarde o quizá mañana? Es que debo aprovechar la compañía de mi hija mientras pueda, porque en cualquier momento la llaman a trabajar- es allí donde se me vuelve a encoger el corazón y bajo la vista, él sabe todas las ilusiones que me he hecho, pero no conoce los últimos resultados. Los ojos del muchacho se entrecierran un poco, creo que percibió mi gesto, aun así, no dice nada al respecto.
- No se preocupe señor, ya hoy no puedo regresar, lo haré mañana antes de irme al trabajo- luego se dirige a mí- hasta pronto Muñeca.
- ¡No, ese no es mi nombre! - le interpelo de inmediato- es la forma en que mi familia me llama, mucho gusto, Leya- le extiendo la mano.
- Mucho gusto Leya, Peter; te sienta a la perfección el apelativo de tu familia. Adiós.
Y se fue de inmediato. Lo observé con algo de detenimiento y papá se dio cuenta.
-¿Analizando al chico guapo?
- Papá eso es algo de lo que no hablaré contigo jamás.
- Pues el día que te guste alguien lo veré y me regodearé.
Así, entre la atronadora risa de él y mis permanentes quejas nos fuimos a la consulta donde el doctor nos leyó los resultados del electro, todo salió bien. De regreso a nuestra casa no lo dejé que abriera el taller. Realmente nuestra casa da con la parte trasera de este, si quisiéramos abrir una puerta sería una cuadra menos que andar de ida y regreso, pero perderíamos la privacidad familiar, ya que, conociendo a mi amado progenitor, se la pasaría atendiendo a todo el que se lo solicitara, solo de pura buena gente.
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Editado: 13.03.2026