Cruzo las puertas sin saber a donde ir. Tengo frío aunque no se si proviene del exterior o es el miedo que me atenaza al ver la ciudad que me observa desde la distancia, silenciosa, expectante. Empiezo a caminar calle abajo, fiandome de mi intuición por no tener nada más en lo que basarme para empezar. Supongo que necesito un trabajo y un lugar donde dormir. Quizá Helena no esté tan lejos; quizá la encuentre.
Mis pasos resuenan en las calles empedradas, acompañados del silbido del viento. Me abrazo a mi misma para conservar el calor. Llevo treinta minutos caminando cuando, al doblar la esquina, unas manos me agarran por la espalda. Una mano se posa sobre mi boca, un brazo me rodea el torso. El mundo se vuelve pequeño, oscuro, no puedo emitir sonido alguno. No tengo tiempo de pensar, salvo una única plegaria: que Helena no haya sufrido el mismo destino.
Vaya desperdicio - dirán las monjas - dieciocho años cuidándola para que desaparezca en una calle cualquiera.
- Chica… - susurra una voz en mi oído - ¿No aprendiste nada allí dentro?
El tiempo se detiene, el brazo que me atrapa se torna en un abrazo desesperado. Esa voz, esa voz que conozco mejor que la mía. Esa voz que creía perdida para siempre.
Las manos me sueltan. Me doy la vuelta despacio, sintiendo que el corazón me late tan fuerte que podría romperme el pecho.
- ¿He-Helena? - susurro, casi sin aire - Estás aquí - Ella sonríe. Una sonrisa cálida, llena de vida, pero hay algo nuevo en su mirada, tras el brillo de sus ojos, algo que no sé descifrar … como si hubiera cambiado desde su salida del orfanato.
- Tu primer día fuera. Tu primer día libre ¿creías que te dejaría enfrentarte sola a un mundo que ni siquiera sabes por dónde empezar a recorrer?
- Yo… pensaba que… - me tiembla la voz - que si habías logrado sobrevivir ahí fuera, no volverías a por mi, no después de dos años. Que…
- Que te abandonaría - completa ella, frunciendo el ceño - Tú eres mi hermana. No necesitamos la misma sangre para eso. Te prometí que volvería. Y yo siempre cumplo mis promesas.
Algo dentro de mí se rompe y al mismo tiempo se recompone. Me lanzo a sus brazos, y ella me sostiene como si supiera exactamente cuánto lo necesitaba. No puedo evitarlo: me derrumbo. Las lágrimas que juré no derramar hoy empapan su hombro mientras mi corazón late contra el suyo, desbocado, aturdido, vivo.
Porque ahora mismo me siento pequeña, vacía, arrancada de todo lo que conocía. Pensaba que al cruzar esas puertas lo había perdido todo.
Pero aquí, envuelta en el abrazo de Helena, me doy cuenta de que no estoy tan sola como creía. Y que quizá… Quizá este mundo no sea tan implacable si la tengo a mi lado.
No tengo tiempo de pensar nada más. Helena, con la misma energía incansable que recuerdo tan bien, me toma de la mano y me insta a caminar - ¡Vamos Elora! - exclama.
Sí, Elora. Creo que nunca lo expliqué: el día que me encontraron, que nos encontraron en la puerta de ese orfanato, una extraña luz manchaba el cielo. Una luna imposible, inusualmente brillante, que llevaba días suspendida sobre el mundo como un presagio. Por eso me llamaron así. Elora, la noche hecha día.
—Tu nuevo hogar está esperando —añade Helena, tirando de mí con entusiasmo.
Me dejo arrastrar, porque la alternativa es quedarme quieta y dejar que el miedo me entierre. Caminamos a paso rápido en el caer de la noche, casi corriendo hasta que llegamos a la entrada de un parque.
Helena se acerca a un árbol, antiguo, robusto y majestuoso, susurra unas palabras que no logro entender y de repente, el árbol empieza a emitir una luz brillante.
Helena aprieta mi mano con suavidad, como si temiera que saliera corriendo, y me mira con esa mezcla de emoción y urgencia que tantas veces vi cuando planeábamos escaparnos a escondidas para ver la luna desde el tejado del orfanato.
—Confía en mí —repite ahora con más firmeza, como si pronunciara un conjuro.
La luz que emana del árbol no debería existir. Tiene algo vivo, palpitante, como si respirara. La corteza se abre con un crujido profundo y orgánico, revelando un hueco en su interior. No es un hueco normal: es demasiado grande, demasiado luminoso, y el aire alrededor vibra como si el mundo contuviera el aliento.
—Helena… ¿Qué es esto? —pregunto, sintiendo que mi voz es apenas un hilo roto.
—Tu nuevo hogar —responde ella con una sonrisa que no logra ocultar la sombra en sus ojos—. Nuestro hogar… si quieres.
La brisa cambia de dirección. Ya no huele a frío ni a la ciudad. Una fragancia cálida, dulce, de madera húmeda y hojas recién caídas se desliza desde el interior del árbol. Me acerco un poco más, casi sin quererlo. Algo dentro de ese espacio me llama, como si reconociera algo de mí que yo misma he ignorado toda mi vida.
—Helena… ¿cómo…? ¿Desde cuándo…?
—Desde que salí —murmura—. Desde que descubrí que lo que nos dijeron toda la vida no era del todo cierto. Ni sobre el mundo… ni sobre mi. No desaparecí, Elora. No me fui porque quisiera dejarte atrás. Me encontré con… esto.
- Hel… yo, yo.. no creo que… - murmuro de forma inconexa incapaz de encontrar sentido a la extraña luz.