Un reino de luz y sombras

Capítulo 3

Me despierto sobresaltada, con los músculos entumecidos. La luz atraviesa mis párpados, obligándome a parpadear. El tacto bajo mis manos es cálido y suave, desconocido. Finalmente reúno el valor para abrir los ojos.

Un techo alto y majestuoso se alza sobre mí. No lo reconozco. Me incorporo lentamente y miro a mi alrededor.

Una habitación enorme. Ventanas inmensas bañadas en luz, una luz demasiado brillante, que contrasta con todo lo que conozco del orfanato. Al fondo, un armario tan grande que nunca conseguiría llenarlo. Todo es demasiado… perfecto. Demasiado extraño.

Aturdida, intento ponerme en pie justo cuando la puerta se abre y Helena aparece.

—¿Cuántas horas he dormido? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Qué era esa puerta? ¿Y ese brillo? —Las preguntas me salen atropelladas.

Helena simplemente sonríe. Cuando ve que por fin me detengo, suspira y se acerca.

—Elora… Has dormido tres días. Te desmayaste al cruzar el umbral. Supongo que fue demasiada luz para ti. Por eso te traje aquí. Esta es tu nueva habitación —exclama feliz—, al lado de la mía, en palacio.

La palabra “palacio” se clava en mi mente mientras observo el jardín: el césped tiene un verde que no he visto jamás, tan intenso que parece que la luz nazca de la propia tierra. Las flores de colores inimaginables, se mueven ligeramente, como respirando con la brisa.

Helena lo nota.

—Necesito explicártelo todo, pero primero… tienes hambre. Vamos a comer algo.

Descendemos por un pasillo de madera pulida y escaleras de mármol. Una mujer con uniforme crema nos sonríe:

—¡Helena! Ah, y… Elora, ¿verdad? El rey ha sabido de tu despertar. He preparado el cenador para vosotras.

Helena sonríe y me conduce al exterior.

—Ya verás, la comida de Gladis es magnífica. ¡Ojalá haya preparado su famosa tarta de tres chocolates!

¿Tres chocolates? ¿Acaso existen más de uno?

Llegamos al cenador, lleno de enredaderas de colores vivos, como si allí siempre fuera verano. En el centro, una mesa redonda, blanca, impecable, con dos sillas adornadas con telas vaporosas y flores amarillas. Encima, más comida de la que he visto en toda mi vida: zumo, pan, fruta, leche… y en el centro, una enorme tarta de tres tonos.

—¡Estamos de suerte! —dice Helena con una sonrisa radiante—. ¡Tarta de tres chocolates, la comida más codiciada del reino!

Mi estómago ruge, pero no soy capaz de probar bocado.

—Helena, necesito saber dónde estamos. ¿Qué es todo esto? ¿Dónde me he despertado? ¿Y por qué cojones es todo tan brillante aquí?

Ella entiende que no comeré hasta que hable.

- Como sabes, salí del orfanato hace dos años. Al salir no sabía a donde ir, así que dejé que mis pies anduvieran sin un rumbo fijo. Tenía miedo, no tenía a nadie, no tenía nada. Me aferraba a mi collar, al collar con el que llegué al orfanato buscando un camino que seguir. Entonces, llegué a este parque, a este árbol, como en trance, sin pensar en nada y vi una luz.. una luz imposible en medio de la noche. Me acerqué a ella y aparecí aquí, en este reino - Mientras habla no puedo dejar de notar pequeños destellos de luz que parecen seguir sus gestos; cada movimiento, cada palabra forman un patrón que mi mente apenas puede comprender.

- ¿De qué reino hablas?

- Esa luz que atravesamos antes de que te desmayaras Elora, era un umbral entre reinos: entre el reino de los humanos y el reino en el que nos encontramos: al que pertenezco. Cuando llegué aquí no entendía nada, el parque que hasta hace un momento era un parque otoñal, con árboles sin hojas, frío y oscuro bañado por la noche se transformó en un parque brillante, lleno de luz y de un aire cálido. Yo tampoco sabía que estaba pasando, cómo era posible aquel cambio. Entonces - hace una pausa, pensando en cómo continuar - entonces el Rey Magnus me encontró allí, mirando ese árbol fijamente, sin entender nada. Cómo tú ahora - me sonríe - Él me encontró allí, me trajo aquí, a su palacio, y me contó sobre mi historia. Me dió cobijo y me instruyó, me dio un hogar y un pasado.

- Elora, te lo contaré todo te lo prometo, pero antes, come. Yo tengo que hablar con el rey, vuelve a tú cuarto cuando termines. Te lo explicaré todo después - dice finalmente- ¡ah! y no olvides probar la tarta.

Helena se marcha, yo solo puedo asentir levemente.

Cuando desaparece por las enormes puertas del palacio, respiro hondo. Otro mundo, umbrales. Nada tiene sentido.

Decido probar la tarta, a pesar de todo. Tiene una pinta deliciosa, y mis años en el orfanato me enseñaron que la comida así no siempre está al alcance y… Dioses. Helena tenía razón: es lo mejor que he probado nunca. Tras tres trozos abundantes, levanto la vista.

Apenas quedan personas en este enorme jardín, nadie que parezca interesado en acercarse. Entonces veo a un hombre bien vestido salir por las mismas puertas por las que desapareció Helena. Desde aquí no lo distingo bien, pero camina con un aire enfadado, mirando a todos lados, decidido a marcharse. Hasta que sus ojos se posan en mí. Se detiene y cambia de dirección.

Lo observo mientras se acerca. Ahora, más cerca, es imposible no quedarme mirándolo. Es un hombre alto, de constitución fuerte sin llegar a ser corpulento, de piel clara, casi pálida, como si huyera del sol que baña este lugar. El pelo negro le cae en mechones suaves, contrastando con la blancura de su piel. Viste ropas elegantes, doradas, de múltiples capas de seda impecable; sus zapatos de piel están gastados, pero parecen valiosos. Sus ojos son azules, brillantes, empañados por una molestia que intenta disimular. Su boca es firme, casi desdeñosa.



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En el texto hay: luz y oscuridad, magia, slowburn

Editado: 23.02.2026

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