Un reino de luz y sombras

Capítulo 4

Al final consigo encontrar la habitación. Apenas llevo unos segundos explorando el lugar cuando llaman a la puerta con unos golpes precisos. Es todo el aviso que tengo antes de que Helena entre. Yo me siento en el borde de la cama, rígida, incapaz de tocar nada. Todo aquí es demasiado brillante, demasiado dorado.

—¿Probaste la tarta de tres chocolates? —pregunta con naturalidad, como si estuviéramos todavía en el orfanato.

No le respondo, aunque ella sabe que nunca rechazaría un dulce. Helena respira hondo, como si por fin fuera a quitarse un peso de encima.

—No se muy bien por donde empezar, pero… Como te dije antes, este reino y el reino humano están conectados por umbrales… como el que cruzamos hace tres días. Cuando atravesé el portal, el Rey Magnus supo de mi llegada, supo que alguien lo había cruzado. Me encontró mirando ese árbol sin entender nada de lo que había pasado —recapitula, sabiendo que necesitaré oírlo de nuevo, que todo me suena a locura—. Este mundo, Elora, es un mundo donde existe la magia. La llaman Pneuma. Está en todo ser viviente: plantas, animales, personas. Algunas personas pueden utilizarla y canalizarla; a esas se les llama portadores.

Los portadores de luz usan su magia para imbuir vida, curar heridas y transmitir calma en momentos de necesidad. Por otro lado están los portadores de sombras. En ellos, el Pneuma se transformaba en un poder oscuro y corrupto que iba pudriendo sus almas, hasta que su propia magia acabó con ellos. Por eso hoy en día solo existen los portadores de luz.

Hace una pausa, pensando por dónde continuar esta historia incomprensible. Yo no soy capaz de emitir sonido alguno.

—El Rey Magnus es un portador de luz, el más poderoso. Ha vivido cientos de años, ayudando a este mundo a sobrevivir, imbuyendo de vida campos y mares para sostener estas tierras y a sus habitantes. Él me trajo aquí y me instruyó en la historia de este reino. Me contó que mis padres murieron protegiéndolo de los insurgentes y que me dejaron en aquel orfanato para protegerme de la guerra que se libraba entre la luz y la oscuridad.

—Tienes que saber, Elora, que yo no quise abandonarte. Me vi arrastrada a este mundo y no sabía cómo volver a por ti. El rey me enseñó la existencia de los umbrales, me explicó que el umbral se había abierto para reclamarme, porque este es el mundo al que pertenezco. Me dio libros, me ayudó a aprender y, cuando por fin supe cómo abrir un umbral, estuve dispuesta a ir a buscarte —respira profundo—. Pero Magnus me avisó de que cruzar al otro reino era muy peligroso, que no podía ir a visitarte sin debilitar mi Pneuma. Así que decidí esperar. Esperar hasta que salieras del orfanato para poder traerte conmigo.

Vuelve a respirar antes de continuar; yo contengo mi respiración:

—Así que el día de tu cumpleaños decidí atravesar el umbral, aun sabiendo que podría debilitarme. Decidí traerte conmigo porque tú y yo somos familia —mira hacia un lado, con culpa en los ojos—. Cuando crucé sabía que Magnus lo notaría, pero confié en su bondad y en que te permitiría quedarte conmigo. El rey acudió cuando regresamos y tú… —palidece— tú te habías desmayado. Pensé que… —le tiembla la voz— pensé que mi egoísmo, al intentar llevarte a un mundo al que no pertenecías, te había matado. Magnus me ayudó a traerte aquí.

Finalmente sonríe débilmente. Después me da un abrazo rápido, señala el armario del fondo y añade:

—Aséate y cámbiate de ropa. El Rey nos espera.

Y se marcha, dejándome sola con mil preguntas que ahogan mis pensamientos.

Ya sola en la habitación, decido hacer caso a Helena y asearme. Al fin y al cabo llevo días durmiendo, no me he duchado y mi aseo en el orfanato nunca fue el más adecuado.

Al entrar al baño, lo primero que me llama la atención es el suelo de mármol claro, recorrido por vetas doradas que brillan como si la luz se filtrara desde abajo. En el centro, una bañera amplia tallada en un mineral traslúcido que no sé identificar: parece hielo inmortal o cristal vivo.

Las paredes, cubiertas de un cristal mate, exhiben grabados de estrellas que se iluminan suavemente al acercarme. Sobre un tocador de madera reposan frascos de vidrio —perfumes, aceites, esencias—, todos con un aroma dulce y ligero. Sobre ellos, un espejo grande, sin marco, refleja la luz como si fuera agua.

Al fondo, una amplia ventana muestra el jardín exterior, colocada estratégicamente para que la bañera quede oculta a cualquier mirada.

Después de un baño rápido —con el agua más caliente y limpia que he sentido en mi vida— me envuelvo en una toalla y regreso a la habitación. Mi ropa sucia no es una opción, así que reviso el enorme armario. En él cuelgan un sinfín de vestidos de diferentes tonos dorados y amarillos, colocados con precisión.

Escojo uno sencillo, de color amarillo pastel, pero a la vez muy elaborado. Parece hecho de niebla luminosa. Su falda, amplia y ligera, está formada por capas que se superponen como alas de un ave mística. La parte superior es un corsé adornado con un delicado bordado dorado, y la cintura la recoge un cinturón de hojas de oro tan finas que parecen reales. Los zapatos que escojo parecen tejidos en hilos de oro, con un suave tacón y diminutos diamantes que rematan el empeine, donde dos tiras de seda permiten ajustarlos al pie.

Cuando me lo pongo, me siento diferente. La tela suave contrasta con mi piel acostumbrada a prendas ásperas y baratas. El brillo dorado intensifica mi tono claro y hace que mis ojos grises parezcan aún más fríos, como si pertenecieran a mundos opuestos. Mis ojos, acostumbrados a la monotonía del orfanato, se sienten insuficientes frente a la luminosidad que me rodea.



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En el texto hay: luz y oscuridad, magia, slowburn

Editado: 23.02.2026

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