Tras ese primer entrenamiento con el Rey Magnus, Helena ha vuelto a sus prácticas con Ayla, su tutora habitual.
Ayla es una joven que debe rondar los veinticinco años. Su estatura media y cuerpo ágil esconden una fuerza impresionante, fruto de años de entrenamiento y de su habilidad como portadora de luz. La piel morena está marcada por cicatrices que no intenta ocultar, y su pelo castaño, recogido en una trenza baja, enmarca un rostro serio y atento. Sus ojos ámbar, brillantes y penetrantes, parecen evaluar todo lo que cruza su camino: aliadas, enemigos o intrusas.
Cuando me ve cruzar la puerta de la sala de entrenamiento tras Helena, siento la intensidad de su mirada sobre mí. No hay hostilidad, pero sí juicio y cautela. Su observación constante me incomoda, porque parece percibir cosas que yo todavía desconozco. Helena se acerca a ella con pasos medidos, casi diferentes de los que recuerdo; la tensión entre ambas es palpable, como un hilo invisible que las une y las protege a la vez. No logro comprenderlo, pero me mantiene curiosa y cauta.
Al cabo de un rato, me marcho de la sala de entrenamiento. Decido dar un paseo por los pasillos de palacio. Ando sin rumbo cuando una puerta abierta llama mi atención. Entreveo estanterías repletas de libros. Me quedo quieta en la entrada, esperando escuchar algún sonido. Como no escucho nada, me atrevo a entrar.
La biblioteca me absorbe al instante. El espacio que se abre ante mí me obliga a alzar la vista; estanterías interminables se elevan hacia el techo. La luz cae desde lo alto en columnas suaves, iluminando mesas de lectura y filas de libros perfectamente ordenados. Nunca he visto tantos libros juntos. En el orfanato teníamos apenas una estantería torcida con unos cuantos volúmenes gastados. Aquí, rodeados del olor a papel antiguo y cuero curtido, los libros parecen intactos. Sus limos brillan con títulos grabados en oro que hablan de historia, de luz, de pneuma, de reyes, de grandes batallas y tierras salvadas.
Todo parece en su lugar, excepto yo. Me acerco a una de las mesas centrales y me siento. Respiro. El olor a papel antiguo es reconfortante; por primera vez desde que crucé aquel umbral entre mundos siento algo parecido a la calma.
Mientras recorro con la mirada las estanterías, noto algo extraño. No sé decir qué es exactamente, pero mi atención se detiene una y otra vez en ciertos puntos que no logro enfocar. Pasillos que parecen más estrechos, libros demasiado nuevos. Zonas donde la luz parece colocada a propósito para que la sombra no tenga cabida.
Me levanto y deambulo sin un rumbo claro, mi intuición me guía hacia un extremo de la sala, donde el silencio se vuelve más denso y la luz menos intensa. Tapices antiguos cubren la pared, representando escenas de luz venciendo a la oscuridad, una media luna en medio observando la escena. Un escalofrío me recorre la espalda.
Mi mano se acerca al tapiz, casi rozando la tela. Por un instante, la luz parece vacilar, centelleando como si hubiera perdido la batalla contra la sombra, aunque solo sea un instante. Y entonces, una voz corta y firme rompe el silencio:
- ¿Qué se supone que vienes a hacer aquí? - esa voz distante y autoritaria, de tono altivo que parece grabada en mi cerebro. De nuevo, cuestionando mi estancia en este lugar, como si supiera exactamente que soy una intrusa, que este no es mi lugar.
Me giro lentamente hacia la voz, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda, allí dónde puedo sentir que su mirada me atraviesa. Él me observa, sosteniendo un libro antiguo, oscuro, en la mano, un libro que parece diferente a los otros. La luz del ventanal juega con su pelo haciendo que el negro se vuelva más intenso.
Sus ojos azules me atraviesan con la misma autoridad de aquella vez, aunque también parecen curiosos, cómo si el encontrarme en este lugar no le disgustara del todo.
- Yo… no pensé que hubiera nadie en este lugar. Sólo quería descansar del ruido, de la luz que lo baña todo - tartamudeo, sin saber por qué siento que debo dar explicaciones.
Él ladea la cabeza, esbozando una sonrisa apenas perceptible.
—Tal vez aquí encuentres cosas que no querrías descubrir. Ten cuidado con lo que buscas, puede que no estés preparada para sus respuestas.
Decido retirarme. Mis pasos suenan demasiado altos en el silencio absoluto, mientras mi respiración se mezcla con el leve crujido de los pergaminos bajo mis pies. No sé qué buscaba él allí ni por qué estaba observándome, pero sé que su aparición no es casual.
Al llegar a la entrada, una voz cálida me detiene:
—Elora querida.
Es el Rey Magnus. Sus ojos dorados parecen evaluar si he encontrado algo, pero su tono es suave, sin reproche.
—Ma… majestad, solo estaba paseando por esta biblioteca… —me apresuro a explicarme—. De donde vengo, no hay apenas libros, y me gusta leer.
El rey sonríe levemente, dirigiendo la mirada hacia los rincones más alejados de la biblioteca, hacia aquel lugar donde me encontraba. Si ve a alguien más no da muestras de ello.
—Entiendo que la majestuosidad de nuestra biblioteca te haya cautivado. Si deseas, puedo aconsejarte alguna lectura sobre cualquier tema.
—Así lo haré, muchas gracias —respondo, y me apresuro a alejarme, mientras su mirada sigue mis pasos, dejando un rastro de misterio y cautela que me acompaña por los pasillos del palacio.