Un reino de luz y sombras

Capítulo 9

Helena ha venido a traerme el desayuno hace un rato, al notar mi ausencia en el comedor. Me ha preguntado si quiero ir a entrenar con Ayla y con ella pero no paro de darle vueltas al sueño y siento desde aquí como si la biblioteca me estuviera llamando así que he alegado estar cansada; además, probablemente mi presencia en el gimnasio no sea bien recibida por Ayla.

Cuando Helena se marcha me dirijo hacia la biblioteca. Estoy nerviosa y no entiendo muy bien el porqué, porqué es una simple biblioteca, una biblioteca majestuosa y llena de libros, pero es la biblioteca del Rey, del palacio, no debe haber peligro en ella. Aún así, mi corazón se desboca al llegar a esas puertas de madera.

Entro en la estancia con paso titubeante, mirando hacia todos los lados, a todas las estanterías analizando las diferencias entre mi sueño y la realidad, observando detalles que pude haber pasado por alto la primera vez que estuve aquí.

La biblioteca es la misma… y no lo es.

La luz cae desde lo alto con la misma precisión medida, pero ahora noto que no ilumina por todo igual; hay zonas donde parece detenerse, como si evitara ciertos rincones. No es oscuridad, no del todo. Es una penumbra suave, deliberada.

Avanzo despacio. El sonido de mis pasos cambia según por dónde piso. En el centro del salón resuenan claros, firmes. Cuando me acerco a los laterales, el eco se apaga, como si el suelo absorbiera el ruido.

Paso junto a una estantería repleta de volúmenes dedicados a la luz: tratados sobre el pneuma, crónicas de reyes, victorias narradas con un mismo tono triunfal. Todos los lomos brillan, demasiado cuidados, demasiado alineados. Como si ninguno estuviera realmente usado.

Más adelant, descubro algo que no recordaba haber visto antes.

Un libro colocado al revés.

No es llamativo. De hecho, parece un error mínimo, insignificante. Pero en un lugar tan ordenado, tan perfecto, ese pequeño fallo me llama la atención. Me acerco… es un libro oscuro, en su lomo no se observa ningún título, nada que de una mínima idea de cúal es su contenido. Aún así, lo sé, sé que es el libro que sostenía aquel noble.

Me detengo antes de tocarlo. Una sensación extraña me oprime el pecho. No es miedo. Es una advertencia silenciosa. Retiro la mano. Sigo caminando.

Cuando más me adentro, más antigua parece la biblioteca. La madera de las estanterías se vuelve más oscura, más rugosa. Los libros aquí no tienen títulos dorados; algunos solo tienen símbolos grabados directamente en el cuero, desgastados con el tiempo, irreconocibles.

Me doy cuenta entonces de algo inquietante: no hay mesas en esta zona. Como si nadie se hubiera detenido nunca a leer aquí.

Al final de un pasillo estrecho, ese tapiz vuelve a llamar mi atención.

Es distinto a los demás. La primera vez que lo ví pensé que representaba la luz venciendo a la oscuridad pero hoy me permito observar con detalle. Aunque discreta, una media luna suspendida entre dos paisajes: uno bañado por la luz del día, el otro sumido en sombras profundas. La luna no pertenece del todo a ninguno de los dos. No ilumina… observa.

Trago saliva.

Me acerco despacio. Al hacerlo, noto que el aire se enfría apenas, lo justo para que se me erice la piel de los brazos. La luz de las lámparas cercanas parece debilitarse, como si este lugar no respondiera del todo a ellas.

Alargo la mano, sin tocar el tapiz, solo acercándola.

El corazón me da un vuelco.

La pared no está fría.

Retiro la mano de golpe, como si me hubiera quemado, aunque no hay dolor. Solo una sensación extraña, como si algo -o alguien- hubiera notado mi presencia.

Miro a mi alrededor.

La biblioteca sigue en silencio. Demasiado.

Entonces lo comprendo, sin saber cómo ni por qué: este lugar está preparado para no ser encontrado, recorrido. Aún así, me ha dejado llegar hasta aquí.

Doy un paso atrás. Luego otro. Mi respiración se acelera y decido marcharme antesde hacer algo imprudente, antes de que alguien me vea… o antes de que yo misma descubra algo para lo que no estoy preparada.

Cuando me alejo, tengo la impresión absurda de que las sombras vuelven a su sitio, de que la luz recupera su fuerza, de que la biblioteca finge ser solo una simple biblioteca.

Pero sé que no lo es.

Y sé, con una certeza que me pesa en el pecho, que cuando vuelva -porque volveré- ya no podré fingir que no sentí nada.

Salgo de la biblioteca sin mirar atrás. No corro, pero mis pasos son más rápidos de lo que pretendo, cómo si huyera de algo que aún desconozco. Necesito aire. Necesito espacio.

El jardín de palacio me recibe con una brisa suave. El cambio es inmediato. El sol se filtra entre los árboles altos, dibujando sombras móviles sobre los senderos de piedra blanca. Respiro hondo, llenando mis pulmones con el aroma húmedo de la tierra y las flores abiertas.

Camino sin rumbo fijo, dejando que mis pies decidan por mí.

La fuente murmura con un sonido constante y tranquilizador. El agua cae en pequeños escalones de mármol, clara, brillante. Me detengo junto a ella y observo mi reflejo temblar en la superficie. A pesar de que mi reflejo me muestra la misma imagen que aquella que observaba en el orfanato, me siento diferente, aún sin saber identificar en qué.



#1723 en Fantasía
#561 en Joven Adulto

En el texto hay: luz y oscuridad, magia, slowburn

Editado: 17.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.