Desde la sombra del seto, Kael observa sin moverse.
La reconoce antes incluso de verla del todo. No por su rostro, ni por su forma de andar, sino por una sensación incómoda, casi errónea, que le aprieta el pecho desde hace días.
No debería estar aquí, piensa.
Elora se detiene junto al árbol más antiguo. Su favorito, el que usa con regularidad para sentarse a meditar bajo su sombra cuando el palacio le abruma.
No hay amenaza en ella, ninguna señal de poder… y sin embargo, algo en su presencia desajusta el equilibrio del jardín, como una nota mal colocada en una melodía perfecta.
Ha soñado con ella. Fragmentos inconexos: una biblioteca distinta, luz que no obedece, una marca curva en su cuello.
Aprieta la mandíbula. Los sueños no significan nada.
Cuando Elora gira la cabeza, Kael se funde un paso más en la sombra. Ella no lo ve. Pero por un instante, él tiene la extraña certeza de que algo en ella sabe que no está sola.
Finalmente ella se aleja y él se permite ocupar el lugar debajo del árbol y observar el suelo, a aquel lugar en el que Elora parece haber encontrado algo.
Una Lumina Noctis, una flor de la noche. Kael sabe que no puede ser casualidad, esa flor nocturna no se encuentra en el reino desde la desaparición de los últimos portadores de sombra y ahora…parece marcar la llegada del cambio. Una señal. Una advertencia. Un presagio.