Unos enérgicos golpes en la puerta me despiertan. Helena entra en mi habitación tras ellos, sin esperar a que responda, tal y como tiene por costumbre.
—¡El! ¡Hoy hay una fiesta! —dice entusiasmada—. El Rey me ha dicho que vendrán algunos nobles a cenar y que se celebrará un baile. Quiere presentarnos como sus invitadas, así que ponte guapa —añade, casi gritando por la emoción.
En nuestra antigua vida solo podíamos soñar con bailes y vestidos, y me alegra verla disfrutar ahora de algo así.
—Yo… no sé si es buena idea. Creo que no encajo en este lugar, mucho menos en un baile de sociedad y… —empiezo a excusarme.
—Ni se te ocurra, Elora —cuando dice mi nombre completo, la cosa se pone seria—. El Rey nos ha invitado personalmente y, además, ¡es una fiesta! Por favor, vamos a ir y a bailar toda la noche. Toma, te traje un vestido.
Me tiende una caja de terciopelo con un lazo dorado y se aleja hacia la puerta.
—Ahora me voy, yo también tengo que prepararme. Arréglate; en un rato vendrá Gisela para peinarte.
Y se marcha sin darme tiempo a intentar explicarle que quizá sea una mala idea.
Cuando se va, dejo la caja sobre la cama y la abro. En su interior hay una nota y un vestido.
En la nota, con la caligrafía de Helena, se lee: «Este vestido te hará sentir parte de este mundo Elora».
El vestido parece hecho de la noche misma: un azul profundo que se oscurece hacia el borde de la falda, salpicado de pequeños destellos plateados que recuerdan a estrellas lejanas.
La falda, amplia y ligera, está compuesta por capas superpuestas de gasa y seda que flotan con cada movimiento, como si el vestido respirara. La cintura está ceñida con un cinturón de plata, finamente grabado con motivos de lunas y estrellas. El corpiño es elegante, adornado con bordados plateados que dibujan constelaciones sobre la tela, dejando los hombros ligeramente descubiertos. Las mangas, finas y transparentes, llevan hilos plateados entrelazados que captan la luz.
En la espalda, el vestido se abre en un escote delicado, cerrado con pequeños botones de cristal. Cada pliegue y cada capa están pensados para reflejar la luz de los candelabros del palacio, creando un halo alrededor de quien lo lleva.
Mientras lo observo, unos suaves golpes llaman a la puerta. Al darles paso, Gisela se adentra en la habitación. Me pongo el vestido y ella abrocha los botones de mi espalda con manos expertas. Luego me hace sentarme frente al tocador y comienza a trabajar en mi cabello.
Cuando termina, me miro al espejo. Contengo la respiración, pero mis dedos se mueven casi por instinto, tocando el peinado que ha creado con tanta delicadeza. Una trenza lateral cae sobre mi hombro como un hilo dorado; algunos mechones sueltos enmarcan mi rostro con sutileza. El resto del cabello está recogido en un moño bajo, suave. Inclino la cabeza y veo cómo mi cuello se alarga, elegante, con la marca de nacimiento oculta tras el recogido.
Me miro de nuevo. El cabello, tan cuidadosamente peinado, junto al vestido que Helena ha elegido para mí, me hacen sentir como si pudiera entrar en cualquier salón, enfrentarme a cualquier noble y seguir siendo… yo. El reflejo me devuelve mi propia mirada y, por un instante, me pregunto si alguna vez he sido realmente consciente de mí misma. Tal vez —pienso— esto sea solo un vestido, un peinado, un baile… y aún así, me siento más fuerte, más viva y, curiosamente, más preparada para lo que venga.
Helena aparece en el umbral cuando ya estoy terminando de arreglarme. Me quedo mirándola sin decir nada.
Su vestido es distinto al mío, pero igual de imponente. Luce tonos dorados y ámbar, profundos y cálidos. La tela fluida, casi líquida, cae ajustada a su cuerpo hasta la cintura, donde se abre en una falda amplia que se mueve con ligereza sin restarle fuerza. El corpiño se adapta a su figura con líneas limpias, dejando los hombros al descubierto. Bordados de luz recorren la tela en patrones irregulares, como si el vestido reaccionara a su pneuma sin necesidad de que ella lo invoque. La espalda queda parcialmente descubierta, cruzada por finas cintas doradas que brillan al moverse. En los brazos, lleva brazaletes sencillos de metal claro.
Su cabello rubio está recogido en una coleta alta, con mechones sueltos enmarcando su rostro. Cuando sonríe —esa sonrisa amplia, viva, imposible de ignorar— Helena no parece una invitada al palacio: parece alguien que siempre ha pertenecido a este lugar.
Recorremos los pasillos iluminados por candelabros y lámparas ornamentales. Los nobles pululan vestidos con elegantes trajes y vestidos; a algunos ya los he visto antes por el palacio, otros me resultan completamente nuevos. Reconozco a Ayla a pesar de que ha cambiado su ropa de entrenamiento por un vestido verde claro que acentúa cada una de sus curvas. Está hablando de forma íntima con el noble maleducado con el que me he cruzado dos veces, tres si sumamos que he tenido la desgracia de soñar con él.
Él le sonríe con una calidez que parece nacerle del pecho, y una punzada incómoda me atraviesa. Al parecer, sí sabe ser amable… con quien quiere.
Gira la cabeza y nuestros ojos se cruzan apenas un instante. Mi corazón se salta un latido. Siento que intenta observarme, leerme. Sigo andando, arrastrada por Helena. La música suave que proviene del salón se intensifica conforme avanzamos.