Me despierto tarde, como de costumbre. La luz de la fiesta agotó mis energías; el hecho de que apenas descanse durante la noche no ayuda a sentirme con fuerzas para afrontar los días en este lugar. Por el contrario, Helena parece llena de vitalidad, mucho más contenta que cuando vivíamos en el orfanato. Eso es lo importante. Por eso no le explico que no acabo de sentirme bien aquí.
—¡Elora! —exclama, pensando en la reina de Roma—. Anoche no te vi marchar y hoy no has aparecido para el desayuno. Te traigo algo de comer. Es hora de chismear.
El “chisme” era lo único entretenido que teníamos en el orfanato, por eso a Helena le encantaba contarme todo aquello de lo que se enteraba: si había algún asomo de romance entre nuestros compañeros, si habían visto a alguna de las monjas beber más de lo debido del vino sagrado…
Sonrío. Por fin una conversación normal, nuestra, como en los viejos tiempos. Me aferro a ella como si pudiera mantener a raya todo lo demás.
—Anoche, mientras hablaba con Ayla, vi a una pareja de nobles caballeros muy cerca el uno del otro. Uno le acariciaba la mano al otro sutilmente, mientras hablaban y tomaban canapés. Lo fuerte es que el noble que recibía las caricias es el marido de Lady Marwen, una sobrina lejana del rey Magnus. Parece que esos dos tienen problemas.
No conozco a esos nobles, pero disfruto de la conversación con Helena.
—Pero bueno —continúa—, todos los nobles que no viven en palacio se han marchado esta mañana, así que supongo que tendremos que esperar al próximo baile para ver cómo sigue la historia.
—Ayer vi un noble de pelo oscuro y ojos claros hablar con Ayla a la entrada del salón de baile —digo—. ¿Ese noble también se ha marchado?
Quiero saber si volveré a toparme con él en la biblioteca cuando vaya a investigar.
—Sí, creo que lo vi. Lord Valecross, ¿verdad? Es un noble muy guapo —me mira con la mejor sonrisa pícara—. Ayla me ha contado que se marchó esta mañana. Sabes, Ayla y él son del mismo pueblo. Es un pequeño territorio de la familia Valecross, en la frontera. Ayla ahora vive en palacio, pero se crió allí, en un pueblecito… Dunecross, creo que se llama.
Atesoro esa información. No sé por qué. No me importa, me digo. No pienso en ese baile, ni en esos ojos, ni en ese nombre que se me queda demasiado tiempo en la cabeza: Kael.
—¿Y qué tal Ayla? —pregunto, sin querer seguir hablando del noble—. He visto que sois muy cercanas.
Helena se sonroja. Por un momento duda sobre qué contestar.
—Eh… bueno. Ayla me entrena desde que llegué aquí. Somos algo así como amigas —mira hacia otro lado, avergonzada.
—Helena, sabes que yo te apoyaré en todo. Siempre, sin dudarlo. Decidas con quien decidas estar.
Espero que me crea. Ninguna de las dos tenemos experiencia en el amor, por lo que yo sé, y quiero que Helena sepa que puede contar conmigo para lo que sea.
—Ayla me gusta, pero… no sé. Apenas soy una recién llegada aquí y no tengo ni su estatus ni su poder. No creo que sepa siquiera que me gusta. No quiero que lo sepa. No estoy preparada para ser rechazada.
—Bueno, yo creo que sí se fija en ti. Además, estaría loca si no lo hiciera. ¡Eres la mejor! ¿Qué más podría pedir?
Sonrío. Me creo cada una de las palabras que le digo.
Helena me devuelve la sonrisa. Se siente bien este ratito de cuchicheos en mi cuarto: tan ordinario, tan intrascendente, tan nosotras… tan como siempre.
—Bueno, ¿y tú? ¿Qué estuviste haciendo anoche? —pregunta Helena—. Siento si te dejé sola. Luego ya no te vi, y el rey Magnus me explicó cuando fui a buscarte que te habías marchado a descansar, así que no quise venir a molestarte.
—No te preocupes, estuve comiendo y, bueno, ¡a un camarero se le cayó una bandeja! —rememoro aquel momento, las caras de alivio de los nobles al ver que la bebida se derramaba en el suelo y no sobre ellos—. Por poco le cae encima a una pareja vestida muy elegante, no creo que les hiciera ninguna gracia.
—Oh, vaya, no me enteré. Estaba con Ayla, y bueno… no me di cuenta —Helena se sonroja de nuevo—. ¿Conociste a alguien interesante?
Me siento incómoda. Interesante, yo no diría eso. Mi corazón se aceleró ante su tacto, ante su cercanía. Pero no, nada interesante.
—Bueno, ese noble amigo de Ayla me invitó a bailar —digo, intentando sonar casual—. Supongo que me vio sola y por cortesía.
Helena me sonríe más ampliamente.
—Ahh, así que tu pregunta de antes no tiene nada que ver con ese baile —dice, con la sonrisa cómplice de siempre.
Me muerdo el labio. Debo pensar rápido. “Nada que ver”, me repito mentalmente, intentando convencerme de que no siento nada.
—No, no… solo curiosidad —respondo, con voz tranquila—. Es solo alguien del baile, alguien que… bueno, simplemente conocí un momento. Nada más.
Helena me mira, no convencida, pero asiente.
—Mm, ¿seguro? Te pones un poco roja cuando hablas de él.
¿Roja? ¡Bah! No es nada, digo yo. Solo calor por la lámpara, por la emoción de la música, por… cualquier cosa menos Kael.