Un reino de luz y sombras

Capítulo 14

Ya en mi cuarto me siento en la cama, con los nervios a flor de piel. El libro me quema en las manos, casi susurrándome que lo lea, que descubra lo que tiene que contarme.

Por otro lado, siento que al hacerlo traiciono al rey y, en cierto modo, también a Helena. Helena confía en Magnus, y yo confío en Helena. Tal vez haya verdades que el rey oculte a su pueblo por un bien mayor, por la convivencia, me digo.

Aun así, no puedo resistirme. Abro el libro.

Las primeras páginas están en blanco, desgastadas. Antaño, probablemente, estuvieron ocupadas por el nombre de su autor… hoy solo queda una mancha oscura, irregular, como si el tiempo —o algo más— lo hubiera borrado.

Mientras lo observo, me digo a mí misma que no puede hacer daño que una forastera como yo, alguien que no pertenece realmente a este lugar, lea unas cuantas verdades incómodas.

Nada cambiará.

Giro la página, no hay título. La tinta es irregular, como si no se hubiera escrito en el mismo momento, como un diario, o como crónicas narradas por distintos autores.

La oscuridad no llegó primero.

Fue nombrada después.

Antes de la luz, antes del reino, hubo equilibrio.

No era bueno ni malo.

Solo era.

Paso la página.

Cuando el miedo necesitó un enemigo, lo señaló.

Cuando la luz quiso gobernar, lo llamó sombra.

Y cuando el reino escribió su historia, dejó páginas en blanco.

Sigo leyendo, sin ser capaz de levantar la vista de las páginas.

No todos los que llegan lo hacen por llamado.

Algunos aparecen cuando el silencio ya no basta.

Frunzo el ceño. No parece importante… Al menos no aún. Paso las páginas finales. No están en blanco, pero tampoco contienen texto continuo. Hay símbolos repetidos —marcas curvas, casi lunares— y pequeños trazos que recuerdan a mapas incompletos, esquemas que no señalan lugares físicos, sino relaciones: entre luz y sombra, entre nombre y ausencia, entre vigilancia y olvido.

Cierro el libro con cuidado. Ahora lo entiendo. No es un volumen para leer en mi cuarto.
Es una invitación —o una advertencia— para volver a la biblioteca. Pero no será hoy. Dejo el libro debajo de la almohada, con miedo de que alguien pueda entrar en la habitación y descubrirme con él.

Apoyo la cabeza y me quedo dormida aún con las palabras resonando en mi cabeza.

Estoy tumbada sobre la hierba. No es el jardín del palacio, aunque se le parece. El césped es más oscuro, más espeso, y el aire huele a tierra húmeda. Sobre mí, las ramas de un árbol inmenso se entrelazan, formando un techo irregular por el que se cuela una luz suave. A mi alrededor, flores nocturnas de colores cambiantes brillan débilmente, como diminutas linternas vivas, y algunas parecen inclinarse hacia mí al ritmo de mi respiración. Es la misma sensación que tuve bajo el sauce, con aquella flor, sólo que multiplicada por miles.

Kael está a mi lado. No me sorprende verlo. En el sueño, su presencia tiene la naturalidad de algo que siempre ha estado ahí. Está recostado, con las manos entrelazadas sobre el pecho, mirando hacia arriba, como si observara algo que yo no alcanzo a ver.

Ninguno de los dos se mueve. El silencio no es incómodo. Es denso, lleno, como si el aire mismo contuviera secretos. Las flores nocturnas parecen pulsar ligeramente con cada latido de mi corazón.

—Ese libro no miente —dice de pronto, sin girar la cabeza—. Pero tampoco dice todo.

Su voz no suena como cuando hablamos despiertos. Es más baja, más cercana, más… íntima.

Quiero preguntarle muchas cosas. Por el libro. Por la biblioteca. Por él. Pero las palabras se quedan atrapadas en algún lugar entre el pensamiento y la garganta.

Giro la cabeza hacia él. Su expresión es serena. Durante un instante, tengo la certeza de que sabe que lo estoy mirando, aunque sus ojos sigan fijos en las ramas.

—Si sigues leyendo —añade—, ellos lo notarán.

—¿Quiénes? —consigo decir, o tal vez solo lo pienso.

Kael esboza una leve sonrisa, apenas un gesto.

—Los que creen que la historia ya está escrita.

El árbol cruje suavemente sobre nosotros. Una hoja cae y se posa entre ambos, justo en el espacio que no nos tocamos. Las flores nocturnas centellean como si entendieran la advertencia. Siento algo en el pecho, una presión suave, como si el sueño mismo me pidiera que recuerde esto al despertar.

Parpadeo.
Y el jardín desaparece.

¡Mil gracias por llegar hasta aquí! Si disfrutaste el capítulo, regálame un 'Me gusta' y guarda la historia en tu biblioteca para no perderte las actualizaciones. ¡Me ayudas a crecer un montón! 📖✨



#743 en Fantasía
#168 en Joven Adulto

En el texto hay: enemytolover, slowburn, romantasy

Editado: 08.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.