Me muevo entre los estantes de la biblioteca con cuidado, cada paso haciendo crujir levemente la madera antigua bajo mis pies. Siento el libro oscuro entre mis manos como un talismán, como si en cualquier momento pudiera guiarme hacia algo más profundo, más oculto.
Mis pasos me llevan a través de las secciones más viejas de la biblioteca, aquellas que parecen olvidadas incluso por los encargados. La familiaridad me envuelve, como si estas paredes guardaran secretos que me esperan a mí sola. Sin pensarlo, llego al tapiz de la luna, el que me ha llamado en cada una de mis visitas.
Esta vez, al acercar la mano, atravieso los hilos entretejidos. Mi tacto no encuentra resistencia: el tapiz ya no es solo tela, sino un umbral que me invita a cruzar.
—Y si… ¿y si es como los portales de los que hablaba Helena? —pienso, conteniendo la respiración mientras paso todo mi cuerpo a través del tapiz.
Al otro lado, la biblioteca secreta me recibe con su penumbra. El aire huele a papel antiguo, a humedad y a tinta, con un silencio que parece vibrar. La luz es escasa, y cada sombra parece moverse por sí misma. En el centro, una mesa sostiene un libro abierto, cubierto de polvo como si alguien lo hubiera dejado apresuradamente. Al lado, folios con anotaciones rápidas y descuidadas, y una pluma descansando en un tintero ahora seco.
Al hojear las páginas, noto símbolos que parecen palpitar suavemente bajo la luz, y palabras que sugieren conocimiento oculto, apenas comprendido. Una sensación extraña me recorre: no estoy sola, aunque no veo a nadie. Como si la biblioteca misma estuviera respirando, observando, evaluando cada uno de mis movimientos. Un escalofrío me hace estremecer. Sé que no debería estar aquí, y sin embargo, no puedo dejar de avanzar, de leer, de buscar más.
No consigo entender las anotaciones, así que examino el libro con cuidado. El aroma a papel antiguo y cera de velas me golpea, mezclándose con una sensación de expectación que me hace estremecer. Las páginas están llenas de símbolos, diagramas y anotaciones en tinta negra que parecen moverse ligeramente bajo la luz de las velas.
Mientras leo, descubro que la sombra no es simplemente la ausencia de luz, ni un mal que pueda definirse con facilidad. Se habla de ella como una fuerza que rivaliza con el poder de la luz, en poder y pneuma, aunque también se menciona que pueden unir fuerzas y crear energía nueva. Se mencionan nombres antiguos de quienes la enfrentaron, pero también advertencias sobre aquellos que trataron de dominarla y fueron consumidos por ella.
Hay mapas incompletos que muestran regiones donde su influencia fue mayor, relatos de guerras que se desataron no por ambición ni venganza, sino por el miedo a lo desconocido que esta fuerza provocaba. Algunas páginas describen rituales y métodos para contenerla, sin prometer éxito, solo precaución. Entre los márgenes, una frase casi borrada me hace detenerme:
“Algunos aparecen cuando el silencio ya no basta, y otros sin saberlo, caminan donde no deberían.”
Paso página tras página, absorbiendo relatos y advertencias, preguntándome qué haré con este conocimiento y qué secretos oculta el palacio. La sombra es compleja, peligrosa…, y, de algún modo, más cercana de lo que debería.
De repente, escucho un sonido, parece provenir de la biblioteca que he dejado atrás al atravesar el tapiz. Sé, sin lugar a dudas, que este no es un lugar en el que me esté permitido estar. Me apresuro a recoger los papeles y guardarlos en uno de los bolsillos que adornan mi vestido holgado. Contengo la respiración, agudizando el oído para escuchar más allá, para poder salir de este lugar sin ser descubierta.
Cuando siento que es seguro, atravieso el tapiz rápidamente y me dirijo con pasos apresurados a una sección de la biblioteca más visible. Me esfuerzo en remontar una respiración calmada y cojo un libro cualquiera para simular interés en él. Guardo los folios entre sus páginas y me dirijo hacia la entrada.
Al pasar junto a las mesas, descubro a Kael sentado en una de ellas, repantigado con los pies encima de la mesa y la silla echada hacia atrás, en equilibrio. Lee un pequeño libro dorado, pero no alcanzo a ver el nombre. No me mira, así que paso junto a él. Creo que va a ignorar mi presencia cuando su voz atraviesa mis escudos:
—¿Encontraste lo que buscabas? —no es una acusación, pero hay un matiz burlón que me hace tensar los hombros.
—Sí, gracias —digo elevando el libro dorado para hacerlo visible, exculpándome de una lectura diferente—. ¿Y vos?
—Sí —responde, con una sonrisa ligera y satisfecha, mirandome a los ojos a través de la distancia. Hay un brillo travieso en sus ojos que me irrita—. No creí que una “forastera” como tú tuviera paciencia para libros polvorientos.
Me muerdo el labio. Su comentario me molesta y me hace querer refutarlo, pero no sé si vale la pena. Me doy cuenta de que esa es su forma de medirme, de provocarme sin decir nada directo.
Sin saber qué más decir, me alejo hacia la puerta. En ese momento, el Rey Magnus aparece en el umbral. Mi corazón se para. Sé, sin saber cómo, que sabe que alguien ha entrado en la sección secreta de la biblioteca. Ha venido buscando al culpable, pero somos dos personas aquí y tal vez tema equivocarse.
Le sonrío, fingiendo calma y naturalidad. Me mira con su mirada penetrante, que parece leer mi interior. Aún así, me devuelve una sonrisa calculada. Se acerca a hablar con Kael y yo aprovecho para salir de la biblioteca, andando lo más despacio que puedo, ansiando refugiarme en mi habitación.