Un reino de luz y sombras

Capítulo 17

Despierto con el cuerpo entumecido y la sensación incómoda de no saber dónde estoy. Tardo unos segundos en comprender que el movimiento que me mece no es un sueño: algo avanza bajo mí de forma irregular, como si el suelo respirara a trompicones. El traqueteo no sigue un ritmo constante. A veces parece detenerse, como si el carruaje dudara, y luego continúa con un golpe más brusco. Cada sacudida se me clava en los huesos.

Intento mover los pies y me sorprende comprobar que responden, aunque con torpeza, como si no terminaran de obedecerme del todo.

Me llevo la mano a la sien. El dolor no es agudo, sino espeso, persistente. No hay sangre. No hay señales de violencia.

Intento recordar el momento en que todo cambió. El último recuerdo nítido son aquellas palabras de Kael a Ayla, despidiéndose de forma familiar. Luego movimiento. Luego, nada.

Abro los ojos.

El interior del carruaje es estrecho y oscuro. Apenas entra luz por las rendijas de la madera, líneas pálidas que se deslizan por las paredes como cuchillas. Extrañamente, me siento más descansada que cuando dormía cómodamente en palacio; la falta de luz intensa me relaja y me confunde al mismo tiempo.

En el palacio siempre había ruido, incluso en la noche: pasos lejanos, murmullos, el zumbido constante de la luz. Aquí, en cambio, el silencio es casi total. Me envuelve como una manta áspera. Debería asustarme, pero no lo hace del todo. Hay algo en esta oscuridad que no me agrede.

Mis manos descansan sobre el regazo; no están atadas, pero se sienten torpes, como si el miedo las hubiera vuelto ajenas. Me duele la cabeza. No recuerdo haber perdido el conocimiento, pero algo en mi cuerpo me dice que el tiempo se ha doblado sin mi permiso.

Respiro hondo. El aire es frío y huele a cuero viejo y tierra húmeda.

Helena.

Su nombre me golpea con fuerza, más que el propio secuestro. Me incorporo de golpe, ignorando el mareo.

—Helena… —susurro, aunque sé que nadie va a responderme.

La cortina delantera del carruaje se mueve ligeramente. Ayla está ahí. No necesito verla para saberlo; su presencia es firme, inamovible, como una sombra que no se alarga ni se encoge.

—Si te mueves demasiado, te marearás —dice sin girarse—. No hemos ido tan lejos… todavía.

—¿Dónde está Helena? —pregunto, con la garganta seca y áspera—. Dijiste que me llevarías con ella.

Ayla suspira, como si mi pregunta fuera la más esperada y la más molesta.

—Helena está bien.

—No es una respuesta —insisto, el miedo dando paso a la rabia.

—Es la única que necesitas —replica, fría.

Aprieto los dientes. No me pertenece y, aun así, me siento atrapada por su autoridad silenciosa.

—¿Me has drogado? —pregunto de pronto, sin saber de dónde sale la pregunta.

Ayla no responde de inmediato. Escucho el leve crujido del cuero cuando cambia el peso de su cuerpo.

—Te hemos ayudado a dormir —dice al fin—. No eras consciente de lo que pasaba.

—Sigo sin estarlo —replico.

Esta vez se gira. Sus ojos no buscan intimidar, pero tampoco consolar. Me mira como si midiera la resistencia de un material antes de forzarlo.

—Eso es porque aún crees que la ignorancia te protege —dice—. No lo hace.

—¿De qué?

—De ti misma.

Trago saliva. Un escalofrío lento y frío me recorre la espalda.

—No me conoces —digo.

—Eso crees tú —responde de nuevo, y esta vez su voz suena cansada—. Créeme, Elora, si no te hubiéramos sacado de allí, ahora mismo estarías mucho más asustada de lo que estás conmigo.

—No puedes decidir sobre mí como si fuera un objeto —digo, con firmeza.

Ayla me lanza una mirada que no es odio, pero sí una mezcla de dureza y desdén.

—Eso crees tú —dice—. Y eso es lo que te hace peligrosa.

El carruaje reduce la velocidad. Lo noto más en el cuerpo que en los oídos. Finalmente, se detiene con un crujido prolongado, como un animal cansado. Ayla desciende sin mirarme y abre la puerta.

El aire exterior me golpea de lleno.

Estamos en un lugar apartado, rodeado de árboles altos que apenas dejan pasar la luz. No reconozco nada.

—Baja —ordena.

Obedezco. No porque confíe, sino porque no tengo alternativa.

El exterior se abre ante mí como un suspiro contenido. El aire aquí es distinto: más húmedo, cargado de hojas, de tierra removida, de vida que no se esconde bajo mármol ni oro. Los árboles se elevan altos, antiguos, y sus copas apenas dejan pasar la luz.

El palacio brillaba.
Este lugar respira.

Mis botas se hunden ligeramente en el barro. Hay huellas recientes, marcas de pasos que van y vienen. No es un lugar abandonado, aunque lo parezca. Es un lugar que no quiere ser encontrado.

Delante, una construcción de piedra casi devorada por la vegetación. Por fuera parece abandonada, pero las huellas recientes en el barro indican otra cosa.



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En el texto hay: enemytolover, slowburn, romantasy

Editado: 08.04.2026

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