Un reino de luz y sombras

Capítulo 20

Despierto en la austera habitación con la sensación de tener mil ideas arremolinándose en la cabeza. Las palabras de los libros regresan una y otra vez, insistentes, como un eco que no se apaga. No puedo dejar de pensar en todo lo que leí anoche, en esa necesidad casi dolorosa de entenderlo todo, de encajar las piezas que ahora parecen haberse dispersado dentro de mí.

No poder hablar con Helena no hace más que empeorar la situación. La echo terriblemente de menos, pero por primera vez no estoy segura de querer volver al palacio. A pesar de la forma en que llegué a este lugar, empiezo a comprender que allí tampoco era realmente libre. Entre aquellas paredes quedaban demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados silencios disfrazados de seguridad.

Aún no entiendo qué tiene todo esto que ver conmigo, ni por qué siento que cada descubrimiento me empuja un poco más lejos de la vida que conocía. Pero hay algo de lo que estoy segura: no quiero seguir viviendo sin comprender. No ahora que sé que existen verdades esperando ser encontradas.

Decido investigar este lugar. Quiero saber qué opciones tengo en caso de verme en la necesidad de escapar de aquí, así que, sin saber muy bien por dónde empezar, opto por explorar el exterior.

Salgo por lo que parece la parte posterior de la casa y me encuentro con un pequeño jardín resguardado por muros bajos de piedra. No es grande ni ostentoso; no parece hecho para impedir la entrada o la salida de nadie. Transmite una calma profunda, como si hubiera sido cuidado con paciencia durante años, a diferencia de la parte delantera de la casa. El suelo está cubierto de hierba irregular, suave bajo mis pies, salpicada de pequeñas flores silvestres que han crecido sin orden aparente.

Un sendero de losas desgastadas serpentea entre arbustos bajos y plantas aromáticas; al rozarlas, impregnan el aire con un aroma fresco y terroso. Cerca de una esquina, un árbol joven extiende sus ramas con timidez, sus hojas verdes meciéndose con la brisa. A su alrededor, la tierra está removida, señal de manos que aún creen en el crecimiento.

El jardín no busca impresionar. Es un lugar hecho para detenerse, respirar y escuchar el mundo sin ruido. Al pasear por él, siento como si el tiempo se detuviera; incluso mis pensamientos parecen moverse más despacio, con mayor cuidado.

Al observar el esmero que parecen dedicar tanto a este jardín como al interior de la casa, me pregunto si la apariencia exterior del lugar no estará pensada para despistar, para que nadie se cuestione qué existe realmente aquí dentro. Para proteger —u ocultar— a quienes se encuentran en su interior.

Al volver a entrar en la casa, me encuentro con Iseva. Parece ocupada transportando materiales de un lado a otro, pero al verme se detiene y me dedica su sonrisa genuina.

—Buenos días, Elora. Me preguntaba dónde estarías.

—Buenos días —respondo—. Solo estaba dando una vuelta por el jardín —me excuso, sin saber si mi salida estaba permitida. Al fin y al cabo, no estoy aquí por voluntad propia.

—Ya te dije que no eres prisionera. Puedes ir a donde quieras —hace una breve pausa, observándome con atención—. De todos modos, me alegra encontrarte aquí.

Deja los materiales sobre una mesa cercana y se limpia las manos con calma antes de continuar.

—Sé que tu llegada a nuestro hogar no ha sido la más adecuada —dice con suavidad—, pero me gustaría que supieras que aquí viven personas buenas. Personas que tuvieron que ocultarse porque eligieron no mirar hacia otro lado… porque decidieron no creer ciegamente en la versión oficial de la historia.

Sus palabras pesan más de lo que aparentan.

—Espero que nos des una oportunidad.

Sin saber qué responder, solo le dedico una tímida sonrisa. Iseva no insiste y cambia de tema.

—Bueno, Elora, debo continuar con mis tareas. Cualquier cosa que necesites, no dudes en buscarme; o puedes preguntarle a cualquiera de las personas que viven aquí. Siéntete libre de moverte por este lugar.

Iseva se marcha. Sigo recorriendo la casa, vagando por los pasillos sin un rumbo fijo. Llego a lo que parece la puerta de la cocina, guiada por un exquisito olor a guiso, y me adentro.

La cocina es amplia y sencilla, pensada más para alimentar a muchos que para resultar acogedora. Las paredes de piedra conservan el calor del fuego central, donde un gran caldero de hierro hierve lentamente, suspendido sobre las llamas. El aroma del guiso lo impregna todo: verduras, hierbas y algo más profundo, reconfortante, que recuerda a hogar incluso sin saber por qué.

Tres mujeres se mueven alrededor del fuego con una coordinación silenciosa, casi ritual. Una de ellas remueve la sopa con una cuchara de madera larga, con movimientos pausados y constantes. El vapor le envuelve el rostro y le humedece el cabello, pero no parece importarle.

La segunda está sentada en una mesa de trabajo, cortando raíces y hortalizas con precisión. El golpe seco del cuchillo contra la madera marca un ritmo irregular que se mezcla con el crepitar del fuego.

La tercera se encarga de los detalles: añade un puñado de hierbas secas, prueba el caldo con cuidado, ajusta la sal. Es la única que sonríe mientras trabaja; una sonrisa leve y concentrada, como si preparar la sopa fuera una forma de cuidar a todos los que habitan la casa.



#743 en Fantasía
#168 en Joven Adulto

En el texto hay: enemytolover, slowburn, romantasy

Editado: 08.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.