Cae la noche en este lugar.
Ceno sola, en una esquina del comedor. Carne asada con verduras; la misma que se cocinó en las cocinas cercanas hace apenas unas horas. Como despacio, sin hambre real, mientras el murmullo del resto de la casa se diluye a mi alrededor.
Mastico la carne y recuerdo las palabras de las tres mujeres. Su desconfianza. La certeza de que no pertenezco aquí… aunque tampoco pertenecía al palacio.
En realidad, nunca he pertenecido a ningún lugar, y ese pensamiento me duele más de lo que esperaba.
El único sitio al que he sentido que pertenecía era al lado de Helena.
Y ahora, ni siquiera tengo eso. Justo cuando creí que la recuperaba, me la arrebataron de las manos.
Levanto la vista cuando una sombra se detiene frente a mí.
Iseva.
—Elora —dice con suavidad—. Acompáñame a dar una vuelta.
Asiento y me levanto. Camino a su lado, acompasando mis pasos a los suyos mientras cruzamos las puertas que dan al jardín. La noche lo envuelve todo con una calma espesa; el aire es fresco y huele a tierra húmeda.
—Este lugar —comienza Iseva— debes saber que es un refugio. Un refugio para quienes ya no tienen un hogar.
Hace una breve pausa antes de continuar.
—Y por eso es importante que siga manteniéndose en secreto.
Asiento despacio.
—Pero el rey… —me atrevo a decir—. El rey podría ayudar en aquellos lugares donde la vida parece estar extinguiéndose.
Iseva aparta la mirada. Su gesto es triste; tal vez disgustado por mi mención.
—Magnus… —murmura— no es quien tú crees que es.
No añade nada más. Caminamos unos pasos en silencio, y siento que esa frase pesa más que cualquier explicación.
Trago saliva y, reuniendo el valor que me queda, pregunto:
—¿Me permitirían escribirle una carta a Helena? Es la única familia que tengo. Al menos… me gustaría que supiera que estoy bien.
Iseva se detiene. Me observa durante unos segundos que se me hacen eternos. Luego me sonríe con una dulzura cansada, casi triste, y asiente.
—Puedes escribirla —dice—. Pero ten en cuenta lo que te he dicho, por favor.
Hace una pausa.
—Cuando termines, entrégamela. Intentaré hacerla llegar al palacio. Conozco a algunas personas allí.
No necesito preguntar a qué se refiere.
Se marcha, dejándome sola bajo la luna.
Me dirijo entonces a la biblioteca, dispuesta a escribirle a Helena. No quiero contarle demasiado. No quiero delatar este lugar ni a su gente, aun sin comprender del todo el peligro que eso podría conllevar.
Querida Helena:
Estoy bien. Me encuentro a salvo, aunque en un lugar diferente al que imaginamos. He descubierto que el mundo es más grande de lo que pensábamos, incluso más grande que aquel que tú empezaste a mostrarme.
No todo es blanco y negro. No todo es como nos lo contaron al principio. No todo lo que se oculta es maldad. No todo lo que parece seguro lo es.
Te echo de menos. Espero verte pronto.
Te quiero.
Elora.
Leo la carta varias veces. No he dicho nada que pueda comprometer este lugar ni a su gente. No he dicho nada concreto.
Aun así, las lágrimas me consumen.
Me siento sola, sin Helena, atrapada en un lugar que no conozco, en medio de una guerra entre dos bandos que ni siquiera entiendo por qué se enfrentan. Lloro sin intentar detenerme, sin fuerzas para impedir que las lágrimas sigan cayendo.
La biblioteca, de algún modo, me reconforta. Estoy sola. Aquí puedo permitirme sentir.
Al cabo de un rato, el llanto cesa. El agotamiento me vence y me quedo dormida sobre la mesa.
Me despierto sobresaltada, con la sensación de no estar sola.
Cuando abro los ojos, la carta ya no está sobre la mesa donde la dejé. Levanto la vista y me encuentro con una mirada hostil. Una mandíbula tensa.
Kael.
—Esa es mi carta —me enfrento a él.
—Sí, lo es —contesta, mirándome a los ojos. No hay burla ni triunfo en su expresión. Solo una firmeza triste—. Y no puede salir de aquí.
Hace una breve pausa.
—No va a salir de aquí.
Siento que el aire abandona mis pulmones. Una oscuridad me nubla la vista y el tiempo parece ralentizarse. La rabia ahoga mis sentidos y la sombra a mi alrededor se vuelve más espesa, como si respondiera a mi furia.
—No tienes derecho.
—Tampoco tú.
—Iseva me permitió escribirla. No decía nada peligroso.
—Decía demasiado.
Lo entiendo entonces.
No solo la ha cogido.
La ha leído.
—¿La has leído?
Kael guarda silencio unos segundos.
—Debes decidir si sigues escribiendo cartas…
—o si empiezas a entender qué es este lugar.