El aire fresco me recibe en cuanto dejo atrás el edificio. No hay muros dorados ni pasillos silenciosos; aquí el mundo respira de otra forma. El cielo comienza a aclararse y la luz del amanecer se extiende con cautela, como si también dudara.
Camino hacia el jardín sin un rumbo concreto. Necesito espacio. Silencio. Algo que no me mire esperando que encaje.
El rocío aún cubre la hierba, y mis pasos dejan huellas breves que desaparecen enseguida. El aroma de la tierra húmeda me resulta extrañamente reconfortante. Aquí no hay libros antiguos ni palabras que intenten definirme.
Me detengo junto a un pequeño estanque rodeado de plantas silvestres. El agua está quieta, apenas perturbada por una hoja que flota en la superficie. Me inclino y observo mi reflejo, fragmentado, irreconocible.
—Lo que buscas no lo encontrarás en un simple reflejo.
Me sobresalto y me enderezo de inmediato.
Iseva está sentada sobre una roca cercana, con las piernas recogidas y el cabello suelto, como si llevara allí un rato. No parece sorprendida de verme.
—Lo siento —dice—. No pretendía asustarte.
—No pasa nada —respondo—. Estaba… pensando.
Sonríe de lado, con su característica expresión dulce.
—Eso es evidente.
—Este lugar suele atraer a quienes necesitan ordenar lo que llevan dentro —comenta—. O aceptar que no todo puede ordenarse.
Guardo silencio.
—¿Vienes mucho por aquí? —pregunto al fin.
—Siempre que puedo. A veces necesito descansar del caos del mundo, ordenar mis pensamientos. Otras, simplemente, sentirme libre. —Hace un gesto vago con la mano—. Vengo a cuidar el jardín a menudo.
La observo mientras se agacha para tocar el agua con los dedos.
—La luz aquí es distinta —añade—. No pretende dominarlo todo.
Esa frase me atraviesa con una familiaridad inquietante.
—¿Dominar? —repito.
—Sí —asiente—. Hay lugares donde la luz convive con las sombras sin necesidad de borrarlas.
Siento un nudo en el pecho.
—A veces —continúa—, cuando uno llega a un sitio nuevo, cree que debe adaptarse por completo. Pero hay territorios que no están hechos para encajar, sino para resistir.
La miro. Hay algo en su forma de hablar que no busca impresionar ni advertir. Solo constatar.
—¿Y cómo se sabe eso? —pregunto.
Iseva se incorpora y me observa con calma.
—Cuando empiezas a sentirte incómoda por hacer las preguntas correctas.
El silencio se espesa entre nosotras.
—Ten cuidado, Elora —dice con suavidad—. No todo el mundo aprecia las grietas en el orden de las cosas.
—¿Y tú, las aprecias?
—Las grietas son por donde respira el mundo.
No sé si lo dice para mí o para sí misma.
Se aleja unos pasos, pero se detiene antes de marcharse.
—Si alguna vez sientes que todo te pesa demasiado —añade—, recuerda este lugar. Aquí no se espera nada de ti.
La veo desaparecer entre los árboles, dejándome sola junto al estanque.
El agua vuelve a quedarse inmóvil. El aire huele a hierba y a promesa.
Por primera vez desde la biblioteca, mi mente se aquieta.
No tengo respuestas.
Pero ya no me siento perdida.
Si sentiste la calma del jardín y las palabras que dejan respirar al alma, déjame un ❤ y acompaña a Elora mientras aprende a no perderse en el caos del mundo.