Los días siguientes transcurren con relativa calma.
He sabido por Iseva que Kael y Ayla han vuelto al palacio. Al parecer, deben continuar con su fachada de nobles leales al rey Magnus.
Yo, por otro lado, me he permitido algo que no sabía que necesitaba: caminar sin rumbo. Conocer a la gente. Interactuar. Hacer tareas sencillas. Integrarme.
A menudo salgo al jardín en busca de Iseva. La ayudo a cuidar las plantas; recogemos fruta y verdura del huerto para surtir las cocinas. Hay algo profundamente tranquilizador en hundir las manos en la tierra, en sentir que el mundo funciona sin necesidad de grandes revelaciones.
En definitiva, los días son tranquilos.
Pero las noches…
Cada noche sueño con Kael.
Siempre está apoyado en el árbol centenario, el mismo que domina el claro al fondo del jardín. Observa las estrellas con el rostro tenso, los ojos cargados de algo que no alcanzo a descifrar: culpa, cansancio, soledad.
A veces cruzamos palabras breves, frases que se desvanecen al despertar. Otras, simplemente lo observo desde la distancia, como si existiera una frontera invisible que ninguno de los dos se atreve a cruzar.
No sé si son sueños.
O si es algo más.
Esa mañana me dirijo a la biblioteca.
He estado evitando el tema del pneuma. Evitando las sensaciones que recorren mi piel cuando me altero. Evitando los momentos en los que el aire parece volverse más denso a mi alrededor.
Intentando convencerme de que Kael podría estar equivocado.
De que todo lo que creía saber de mí misma no puede desmoronarse tan fácilmente.
Al cruzar el umbral, la familiar quietud me envuelve.
Como siempre, ciertos libros parecen atraer mi atención. No brillan realmente, pero la luz que entra por los ventanales se curva a su alrededor de forma peculiar, como si los eligiera. Como si me eligieran.
Un susurro sin sonido me empuja hacia ellos.
Intento ignorarlo.
No lo consigo.
Me acerco a la estantería y tomo el primero de esos volúmenes. La cubierta es oscura, desgastada por el tiempo. Paso los dedos por las letras apenas visibles en la portada.
“Portadores de oscuridad”.
El pulso se me acelera.
No debería estar aquí.
Y, sin embargo, nunca me había sentido tan cerca de algo que me perteneciera.
La evitación no ha hecho que estas sensaciones desaparezcan. Así que es hora de cambiar de estrategia. De empaparme de todo lo que pueda aprender.
Dudo apenas un segundo antes de abrirlo.
No encuentro relatos ni advertencias.
Las primeras páginas están organizadas con precisión meticulosa: diagramas simples, esquemas, observaciones anotadas en los márgenes con tinta oscura.
No es un libro de condena.
Es un estudio.
Paso la primera página.
“La manifestación del pneuma en forma de oscuridad presenta cualidades diferenciadas respecto a su expresión luminosa.”
Frunzo el ceño y continúo.
“Mientras la luz tiende a expandirse y proyectarse hacia el exterior, la oscuridad se repliega. No por debilidad, sino por naturaleza.”
Eso me obliga a detenerme.
Repliegue no es ausencia.
Es contención.
Paso la página.
“La energía luminosa responde con mayor facilidad a la voluntad consciente. Puede moldearse mediante disciplina y práctica repetida.”
Mis dedos se tensan ligeramente.
“La energía oscura, en cambio, no obedece de la misma manera. Reacciona al estado interno del portador. No se impone: emerge.”
Mi respiración se vuelve más lenta.
Emerger.
No dominar.
Emerger.
Sigo leyendo.
“La dificultad de control atribuida a los portadores de oscuridad no reside en la naturaleza corrupta del poder, sino en su vínculo directo con la identidad emocional del individuo.”
El pulso se acelera.
“Intentar forzar su sometimiento produce inestabilidad. La represión intensifica la respuesta. La negación fragmenta la manifestación.”
La biblioteca parece más silenciosa.
Recuerdo la oscuridad cerrándose a mi alrededor.
Mi miedo.
Mi rechazo.
¿Fue eso lo que la hizo crecer?
Paso otra página.
Un esquema compara ambas fuerzas:
Luz: expansión, orden, proyección.
Oscuridad: contención, introspección, absorción.
“La extrañeza percibida por los portadores de luz frente a la oscuridad no responde necesariamente a incompatibilidad, sino a incomprensión. La luz ilumina lo visible. La oscuridad revela lo oculto.”