El día siguiente a mi primer entrenamiento transcurre con calma. La luz del sol entra a raudales por las ventanas de la casa y el aire huele a tierra húmeda y madera. Todo se siente cotidiano; yo, sin embargo, me siento diferente. Me muevo por los pasillos con pasos cuidadosos, pensando en Kael, en su entrenamiento y en lo que aún me queda por descubrir.
Pienso en Helena, en el palacio, en el rey Magnus. Caigo en la cuenta de que ya no quiero volver; no quiero entender la historia como si la única realidad fuera la que se cuenta en los libros de palacio, lo que Magnus quiere que creamos. Quiero entenderlo todo: cómo funciona este mundo, quién soy en realidad.
Finalmente, mis pasos me conducen al jardín trasero. Entre plantas y arbustos que he ayudado a cuidar, encuentro a Iseva. Parece tranquila, ocupada en revisar la tierra y las pequeñas plantas aromáticas.
—Buenos días, Iseva —digo con suavidad.
Ella levanta la vista y me sonríe.
—Buenos días, Elora. ¿Cómo va tu paseo?
Me acerco un poco más, dudando.
—Quería preguntarte algo… si es que puedes responderme.
Iseva se incorpora, apoyándose ligeramente en la azada que sostiene. Su expresión combina curiosidad y calma.
—Puedes preguntarme lo que quieras.
Respiro hondo.
—¿Sabes… lo que soy?
Iseva me observa unos segundos antes de hablar.
—Sí —su voz es firme, pero serena—. Lo sabía desde que llegaste aquí, desde que Kael te trajo. Lo que eres… es raro, sí, pero no malo.
Siento un nudo en el estómago.
—¿Raro? —susurro—. No entiendo del todo…
Iseva deja la herramienta a un lado y se sienta en un tronco cercano. Me hago un espacio junto a ella.
—Mira, este lugar… no es un refugio común. Aquí viven personas que se han visto desplazadas de sus hogares, por la tiranía del poder, por su afán de destruir a gente como tú. Estas personas han aprendido a las malas a no creer en la historia oficial, a entender lo que en realidad ocurre en el reino.
—¿Hay más como yo? —pregunto con cuidado. He leído que los portadores de oscuridad son más raros, que la guerra con la luz acabó con ellos.
Iseva muestra una sonrisa triste.
—No, Elora, tú eres la única portadora de sombras que queda. Por eso eres tan importante. Puedes devolver al mundo el equilibrio que Magnus le ha robado.
Mi corazón se agita.
—Iseva, yo ni siquiera formo parte de este mundo… ¿cómo voy a conseguir eso? ¿Cómo siquiera voy a poder tomar parte?
—Todo a su tiempo, Elora —dice finalmente.
Me quedo en silencio, absorbiendo sus palabras. La luz del sol cae sobre nosotras, iluminando las hojas del jardín y el suelo que hemos cuidado juntas. No sé si creer en que tengo un papel en la historia, pero lo que sí sé es que quiero tener el control de mi vida, de mi historia. Nunca la he tenido, no realmente. Por eso… quiero entrenar.
Si sentiste el peso y la esperanza de descubrir quién eres, deja un ❤ y acompaña a Elora mientras empieza a tomar el control de su destino.